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    domingo 09 de junio de 2024

    La inflación y el peronismo como modelo económico en el mundo

    “Me niego a que el peronismo arruine el motor económico de España”, dijo días atrás la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

    Lejos de la desembocadura del Río de la Plata y la indómita economía argentina, se hallan cada vez más vestigios de un ADN que caminó las pampas argentinas: la economía peronista.

    Díaz Ayuso rechazó de manera enérgica un proyecto de presupuesto para 2023 que prevé un gasto social récord, financiado en parte con un impuesto a las fortunas, y un crecimiento económico revisado a la baja. Lo comparó con las políticas de los gobiernos peronistas en la Argentina.

    “Nos va a llevar a la ruina. No el gobierno de las mayorías, no el de la gente real, el gobierno que primero crea la pobreza para luego crear dependencia del Estado. Es populismo fiscal. Le quitan el dinero a la gente para luego, como hacen los peronistas, repartirlo en pagas, ayudas, subsidios”, dijo.

    La desaceleración de la economía mundial y el aumento de la inflación desafían a las democracias no solo en la región sino en el mundo. Y cada vez más se escuchan declaraciones que bien podrían identificarse como economía peronista.

    La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki, culpó del aumento de precios de la carne a la “codicia” de las grandes corporaciones y las acusó de lucrar con la pandemia en medio de una inflación récord. “Esa es un área, una donde la gente va a la tienda y están tratando de comprar una libra de carne, dos libras de carne, 10 libras de carne. Los precios son más altos. Podría llamarlo codicia corporativa, claro”, dijo.

    Las razones que motivan estas reacciones pueden ser innumerables. Quizá haya algunas económicas. Veamos.

    Estados Unidos atraviesa el período de mayor inflación en 40 años. Europa, lo mismo. En ese contexto tanto las remuneraciones del trabajo como las del capital sufren rezagos. Joe Biden es el primer presidente desde los 70 que desde que asumió su cargo el salario del bolsillo de los estadounidenses ha perdido poder de compra bajo su mandato. Para las empresas empieza a registrarse una caída de los márgenes de rentabilidad después de haberse reestablecido tras la pandemia. Y la tasa de interés que paga un bono del Tesoro de EE.UU. no compensa la inflación anualizada (3,89% vs. 8%).

    En Europa, como Gran Bretaña, las exigencias son similares. Se suma el impacto geopolítico al estar cerca de la zona de la guerra entre Rusia y Ucrania: el aumento de los costos de la energía asfixia las economías de los hogares y sus líderes políticos se ven desbordados.

    Sergio Massa y Alberto Fernández, en la residencia presidencial de Olivos. Foto: AFP.

    Un número cada vez más creciente de gobiernos experimentan la idea de controlar los precios de la energía, algo que en Argentina inició el peronismo, como cuentan Gerardo Della Paolera y Laura D’Amato en el libro La economía de Perón: una historia económica (1946-1955). Gran Bretaña planea limitar los costos de energía para el hogar y pagar la diferencia entre el costo de la producción y las tarifas a través de subsidios, como hizo Argentina en los últimos 20 años. Alemania elabora planes para limitar el costo de electricidad y gas natural. La Unión Europea planifica redistribuir los beneficios de empresas energéticas y redistribuirlos a los consumidores. Y Naciones Unidas solicitó días atrás fijar precios máximos y gravar las ganancias extraordinarias para combatir la inflación.

    Lo que dice Díaz Ayuso sobre las consecuencias de estas políticas no se condice solo con la evidencia empírica en Argentina, cuyo producto bruto por habitante se encuentra estancado, sino también es lo que demuestran los manuales de texto.

    La literatura económica predice una caída de la oferta de un bien cuando se imponen precios más bajos que sus costos de producción y reposición. Al menos que la demanda también se vea reducida, a través del racionamiento, una brecha entre la oferta y la demanda puede crear faltantes.

    Además, hacer cumplir los controles de precios puede ser difícil y requiere de una gran burocracia. Las distorsiones no solo se acumulan en los balances de las empresas sino también en las conductas de las personas como las largas filas en las estaciones de servicio en los 70 en Estados Unidos o en Gran Bretaña.

    ¿Volverá algo de todo esto en el futuro inmediato?

    En Argentina es un escenario que cada vez se ve más. El gobierno anuncia un aumento en el precio de la nafta y se ven autos estacionados en filas para llenar el tanque de combustible la noche anterior. En los pasillos de los supermercados se ven personas que escogen dos o tres unidades de un producto porque saben que el mes que viene saldrá más caro.

    Por supuesto que es falso decir que el mundo se ha peronizado como dice Díaz Ayuso. Hay diferencias sustanciales entre los problemas económicas que atraviesa Argentina y los de otros países, incluso los vecinos: la inflación argentina va rumbo a ser 100% anual para fin de año mientras que en el mundo, si bien es cierto que aumenta, es de una escala significativamente más pequeña.

    Otra diferencia es que en Argentina el ritmo al que los precios suben no parece estar bajo control.

    El último relevamiento de expectativas de mercado que publica el Banco Central señaló que la mayoría de los bancos y consultoras que elaboran pronósticos para la economía argentina esperan una inflación de 100,3%. Esto va en línea con lo que decíamos en esta columna el mes pasado, las posibilidades de bajar la inflación para la Argentina lucen remotas por tres motivos:

    —Porque el gobierno pretende bajar la ayuda a las familias para pagar las boletas de gas y electricidad y entonces el precio de la energía que se paga en Argentina aumentará.

    —Porque las expectativas de inflación van en aumento y los reclamos salariales de los sindicatos no ceden. En Argentina se registró un conflicto sindical de cinco meses en el sector de los neumáticos ante demandas crecientes de los trabajadores y restricciones más altas para las empresas.

    —Una inflación más alta ayudará al gobierno argentino a “licuar” el peso del gasto público en la porción total de la economía (38% del PBI).

    Para aquellos interesados en la vida económica y política de Argentina, si cruzan el charco verán una experiencia interesante en estos días, y es la proyección en cines locales de Argentina, 1985, una película del director Santiago Mitre que cuenta el trabajo del fiscal federal Julio Strassera y su equipo para llevar adelante el juicio que hizo un tribunal civil al gobierno militar que condujo el país entre 1976 y 1983 y terminó con su condena (pronto podrá verse en Amazon Prime Video).

    Argentina en los 80 logró encerrar a los militares pero no a la inflación.

    Uno de los libros que causó sensación el año pasado en Argentina fue también uno que habla de aquel año, 1985. Su autor, el politólogo Juan Carlos Torre, cuenta en Diario de una temporada en el quinto piso las idas y vueltas del equipo del ministro de Economía Juan Sourrouille con su presidente Raúl Alfonsín. Torre fue miembro del gabinete económico que aplicó un plan de shock para bajar la inflación y que, como se sabe, tuvo un éxito efímero.

    La obra de Torre cuenta las peripecias de aquel equipo económico, encerrado entre las miserias de los desafíos que implicaban bajar el déficit fiscal para emitir menos y estabilizar versus las demandas que enfrentaba el presidente no solo de una sociedad ilusionada tras la experiencia militar sino también de las fuerzas de seguridad e inteligencia que amenazaban con interrumpir el mandato constitucional del gobierno electo.

    Buenos Aires. Foto: AFP.

    La semblanza entre la Argentina de los 80 y la actual adolece de una diferencia no menor. Y es que en los 80 la inflación era un problema en todo el mundo y no estaba resuelto. Es verdad que los precios hoy vuelven a desafiar a los gobiernos en todas partes pero no en la magnitud que enfrenta Argentina.

    Las herramientas y soluciones de política económica que se están viendo en los bancos centrales del mundo, más allá de lo que dice Díaz Ayuso y las que propone Gran Bretaña o Europa, por ahora distan de ser soluciones peronistas en cuanto a su envergadura.

    Además, los bancos centrales han recogido el guante y presentan batalla.

    El economista argentino Roberto Frenkel, que ha estudiado el fenómeno inflacionario a fondo y desde hace décadas, escribió en un artículo reciente para la consultora Equilibra que “los bancos centrales, con la Reserva Federal a la cabeza, vienen elevando la tasa de interés en saltos sucesivos, aún sin efectos perceptibles sobre la inflación. No sabemos hasta qué nivel debería llevarse la tasa de interés para lograr efecto ni cuáles serán sus impactos financieros y reales. Hay muchas comparaciones con el shock antiinflacionario de Volcker, en 1981. ¿Volveremos a computar el índice de sacrificio? ¿Cuánto desempleo es necesario para desacelerar la tasa de inflación? Los bancos centrales están jugando su reputación y no tienen por ahora otro camino que aumentar las dosis del único remedio del que disponen”.

    Claro que habrá que ver si alcanza y es suficiente con la ortodoxia. El economista argentino Adolfo Canitrot dijo en su momento: “Para bajar la inflación soy monetarista, estructuralista y todo lo que sea necesario; y si hay que recurrir a la macumba también”.

    *El autor de esta nota es periodista y editor de Economía de Clarín. Especial para Búsqueda.

    Contexto argentino
    2022-10-12T16:45:00