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En todos lados se habla de la película. En los periódicos, la televisión, las redes, en los lugares de trabajo, en las charlas familiares y hasta en las instituciones educativas. No se trata de una de superhéroes de Marvel ni una de Tom Cruise: es Argentina, 1985, la película que reconstruye el juicio a las Juntas Militares que se llevó a cabo bajo la presidencia de Raúl Alfonsín una vez terminada la dictadura militar.
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Protagonizada por Ricardo Darín y Peter Lanzani, dirigida por Santiago Mitre y con guion de Mariano Llinás (dos de los realizadores más talentosos de las últimas camadas del nuevo cine argentino), el film fue celebrado por recuperar un tema que las generaciones más jóvenes ignoraban. Ir en familia a ver la película se constituyó rápidamente en un nuevo rito cívico: los adultos rememoraban sus vivencias de aquellos días y los adolescentes descubrían un mundo que conocían tal vez de oídas.
La película, contra lo que pudiera creerse, es muy entretenida, la historia está muy bien narrada y es muy eficaz. Las proyecciones fueron acompañadas por aplausos y lágrimas y los testimonios volvieron a actualizar la piedad y la empatía con las víctimas. Todo esto, obviamente, no evitó que las objeciones a la reconstrucción histórica fueron muchísimas: los carteles del final (que no mencionan el indulto del gobierno de Menem a los militares juzgados), el hecho de convertir al ministro del Interior de Alfonsín en el villano de la película, la falta de mención al proceso que se llevó contra las cúpulas guerrilleras y la omisión de que el peronismo se opuso al juicio son tal vez los reproches que más se han repetido.
Siempre aclarando que la película es muy buena y que “ojalá gane el Oscar”. También se le reprochó que la figura de Alfonsín estaba ausente y que solo aparecía fuera de campo, disminuyendo su importancia histórica (se reúne con el fiscal Strassera, interpretado por Darín, pero las puertas se cierran y la figura del expresidente nunca aparece en pantalla). Sin embargo, podría argumentarse que los guionistas siguieron al Lukács de La novela histórica, que aconsejaba que lo recomendable es dejar a los grandes hombres en papeles secundarios, algo que también hizo Luchino Visconti en El Gatopardo, por mencionar al más grande director de filmes históricos. Y en este caso no es errado decir que ese lugar tras bambalinas que se le otorga a Alfonsín no lo empequeñece sino que da una idea muy contundente de su importancia (y de su conmovedora prudencia de quedarse al margen para que la protagonista sea la Justicia, y en este caso los fiscales, algo que subraya uno de los personajes).
Otros hechos más sutiles, sin embargo, como la inclusión de la palabra genocidio en el discurso del fiscal Strassera, que no está en su célebre alocución, no ocasionaron disputas y demuestran algo muy evidente: no se puede recrear un hecho histórico sin que se filtren las cosas que sucedieron en el medio. Por eso Walter Benjamin hablaba de “construcción” del pasado y no de “reconstrucción”.
Si bien Argentina, 1985 parece sorprendentemente reflotar el cine de los 80, con su ansia didáctica y sus dramas político-históricos, tal vez la diferencia está en que es menos oportunista. La noche de los lápices (sobre la tortura seguida de muerte de un grupo de estudiantes de secundario en La Plata), El caso María Soledad (sobre la chica violada y asesinada en La Rioja) o mismo La historia oficial tomaban temas que estaban en la primera plana de los diarios. En ese sentido una de las grandes virtudes de Argentina, 1985 fue que puso a todo el país a hablar sobre el juicio a las juntas y su significado histórico, social y político. La pregunta entonces, más allá de las virtudes narrativas del film, de su decisión de convertir el juicio en una épica fílmica y más allá también de sus intentos fallidos o no de reconstrucción histórica, es la siguiente: ¿por qué su proyección en las salas produjo este entusiasmo? ¿Qué fibra afectiva, intelectual o de la memoria toca esta historia y en qué sentido es necesaria para el presente?
La película fue recibida con mucho entusiasmo no solo porque es buena sino porque recupera una experiencia nacional que tuvo éxito, en un momento en que la Argentina está en una profunda crisis. El juicio fue pionero a escala mundial en relación con cómo juzgar los derechos humanos y el terrorismo de Estado y creó una instancia jurídica legítima para enjuiciar a los responsables de la dictadura militar y terminar con un extenso período de impunidad, amnistías y olvidos. El consenso (y orgullo) que causó el juicio contrasta con la situación actual en que la economía se degrada día a día y la legitimidad del Poder Judicial está puesta en cuestión. Este contraste es fundamental, porque la celebración de la acción de la Justicia también para algunos es parte del pasado.
En su último acto ante una multitud, la vicepresidenta de la nación sostuvo la tesis de que en Latinoamérica no hay más golpes militares porque esa función la cumple “el partido judicial”. Agregó que los jueces son “una rémora monárquica”, refiriéndose al hecho de que se trata de cargos inamovibles (omitió el hecho de que existen mecanismos institucionales para destituirlos como prevé la Constitución). Como en diciembre se espera el fallo del juicio que se supone será adverso, solo le quedan a la vicepresidente dos opciones: o desobedecer el fallo o reformar la Constitución (lo que no puede hacer por falta de apoyo político).
También está la posibilidad de mantener sus fueros (que la protegen de una eventual condena) y continuar con los ataques a la Corte Suprema y al Poder Judicial (o “partido judicial” como lo llama). El consenso que creó el juicio sobre el lugar de la ley y el Poder Judicial está hoy en cuestión como lo muestra la categoría de lawfare que muchos sostienen y que —pese a ser un tema muy presente en ciertos círculos políticos— no ha sido demostrada ni política ni mucho menos jurídicamente.
Esta diferencia entre 1985 y la actualidad me lleva a pensar que lo que se está poniendo en juego son los dos modos que, según mi punto de vista, se ha refundado la democracia en la Argentina: la republicana y la popular (sobre esto —debo aclarar— la película no se pronuncia y en su apertura narrativa admite interpretaciones muy diversas entre sí). Hacia fin de año, cuando el tribunal se pronuncie en la sentencia del juicio a Cristina Kirchner, esos dos modos de entender la política van a colisionar y van a repetir otra crisis.
La línea popular (que es denominada populista aún por varios de sus defensores) propone la primacía de lo político en beneficio de los sectores populares. Cuando los mecanismos institucionales impiden o perjudican este beneficio, deben buscarse otras soluciones que a menudo encabeza un líder. La estructura de poder —sostienen— es muy injusta y eso implica medidas excepcionales. Aunque no se salen del marco democrático, el autoritarismo y el personalismo suelen presentarse en las situaciones más conflictivas.
En La razón populista, Ernesto Laclau escribió que el populismo “es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal”. Es decir que para el sociólogo argentino (que fue muy influyente durante el gobierno de los Kirchner) el populismo es la posibilidad misma de fundación de lo político. Sin embargo, Laclau olvida que hubo una alternativa lo suficientemente poderosa que la película de Mitre rememora con emotividad: la fundación de lo político a partir de una interpelación jurídica. Podríamos llamar a esta línea republicana y considerar que, históricamente, la inició el alfonsinismo.
La primacía de la ley fue una construcción artificial en el caso del juicio a las juntas (una situación inédita exigió una solución novedosa) y se ideó con el objetivo de terminar con una sociedad anómica. Es cierto que la institución de la Justicia puede emitir sentencias injustas (es falible) pero si se respetan todas las garantías del proceso no habría por qué negarse a acatar sus fallos.
Dos imágenes fundacionales dan cuenta de esta diferencia y justamente la ausencia de Alfonsín en la película adquiere entonces otro sentido. Por un lado, la imagen del juicio en la que Alfonsín no aparece, pese a haber sido quien lo promovió. Como si su presencia en la sala hubiese sido una intromisión o una contaminación de la idea que él quería difundir. Por otro lado, el gesto de Néstor Kirchner de rodear toda la simbología de su gestión alrededor de su acción de bajar el cuadro del dictador Videla en la ex-Esma. Su presencia no es solo fundamental sino que con su “proceda” pone toda la maquinaria de la reanudación de los juicios a los militares en movimiento. Dos modos de ejercer el liderazgo: la impersonalidad republicana frente al personalismo de fuerte tradición en el peronismo.
El tema es que en el enfrentamiento ambas tendencias se encuentran muy degradadas o despojadas de la autoridad o prestigio que les sería necesario. El sector que se propone como republicano cuando estuvo en el poder cometió una serie de arbitrariedades (como las prisiones preventivas transmitidas por televisión o el uso indebido de los organismos de inteligencia) que difícilmente pueda decirse que han sido totalmente fieles a las garantías legales. El populismo, que tiene como objetivo la mejora de la situación de los trabajadores, tampoco ha ofrecido grandes logros y, como se sabe, la Argentina no crece desde 2010, mientras la pobreza crece día a día. Los niveles de informalidad son muy altos y eso vale tanto para la economía como para la Justicia, que todavía tiene altas dosis de anomia y corrupción.
En mi caso debo decir que la fundación que llevó a cabo el alfonsinismo me pareció una hazaña, sobre todo en sociedades muy proclives, como las latinoamericanas, a procesar todo en términos afectivos y a negar o despreciar las instancias relativamente impersonales y legales que suponen un sólido orden institucional. Sin embargo, más allá de adherir a una u otra postura, lo cierto es que el proceso democrático argentino muestra saldos muy negativos. La crisis argentina parece no tener fin. El 40% de pobres no son producto de un lado u otro de la “grieta” sino que ambos pueden atribuirse parte de la autoría. Tal vez el dogmatismo, la intolerancia, el autoritarismo sean las marcas más duraderas de una sociedad que solamente ve en el otro algo tan arduo de precisar políticamente como las malas intenciones.
La película de Santiago Mitre nos entrega un hecho heroico, un acontecimiento que en su momento tuvo que superar muchas resistencias pero que terminó creando un consenso sobre el pasado y las dictaduras que evitó los problemas institucionales que enfrentan hasta el día de hoy países como Chile o Brasil. Sin embargo, hay demasiadas cosas por resolver. En días en que la salida institucional y económica del país parece difícil, muy difícil, Argentina, 1985 nos entrega una historia que nos reanima, un legado valioso que podemos dejarles a nuestros hijos, justo cuando pensábamos que no teníamos nada para dejarles.
*Doctor por la Universidad de Buenos Aires, investigador de Conicet, profesor visitante en Stanford University, Harvard University y Universidade de São Paulo y escritor de numerosos ensayos sobre el cine argentino y latinoamericano