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    Literatura femenina: de lectoras a escritoras

    Buena parte de la mejor literatura argentina contemporánea esté escrita por mujeres

    ¿Fue primero la lectura y después la escritura? Me refiero a lo siguiente: desde hace mucho tiempo es sabido, por encuestas y observación de campo, que las mujeres compran más libros que los varones. Y desde hace bastante menos tiempo hay un auge muy valioso de libros de ficción escritos por mujeres, muchos con gran éxito. Por mencionar un caso, en Argentina, en la zona en que podemos llamar “literatura de calidad” (ahora algunos actores del campo editorial, como Planeta, la llaman “literatura literaria” —como si hubiera alguna literatura que no fuera literaria— imagino que queriendo diferenciarla de la “literatura comercial”), en esa zona, entonces, por amplia diferencia, los libros que más se venden están escritos por mujeres.

    Pero, antes de avanzar, retrocedamos un poco, a reformular la pregunta del comienzo. ¿Es que acaso antes las mujeres no escribían? La respuesta es obviamente negativa. Volviendo al caso argentino, la literatura de Juana Manuela Gorriti es una de las más grandes del siglo XIX, y Juana Manso no se queda atrás. Por toda América Latina, desde entonces y hasta bien entrados el siglo XX está lleno de inmensas escritoras, de Gabriela Mistral a Nellie Campobello, de Norah Lange a Delmira Agustini, o más tarde de Armonía Somers a Josefina Vicens, de Silvina Ocampo a Rosario Castellanos, la lista es inmensa, como la calidad literaria de esas y muchas otras escritoras.

    De ese contexto podemos extraer dos observaciones: en el siglo XIX e incluso en el XX muchas mujeres escribían, pero no publicaban. A diferencia de lo que fue pasando con el tiempo —hasta llegar a una exacerbación en el presente— en el que publicar —es decir, volverse público— se convirtió en algo deseado, reconocido y hasta prestigioso, en ese pasado para muchas mujeres salir del ámbito de lo privado, del ámbito doméstico, era visto como un desprestigio, una pérdida de los valores morales, una asunción transgresora del rol asignado a los varones. Muchas escritoras se ponían seudónimos de varón y hasta se vestían como hombres, como es el caso, entre otras, de George Sand, tal como relata en Mi vida, su autobiografía (al pasar, en Buenos Aires acaba de aparecer Ladies. Una antología de mujeres dandis, libro en el que se incorpora el capítulo en el que Sand cuenta cómo empezó a vestirse de varón y se rescata otras figuras femeninas que hacen una obra de arte de su propia vida). En una dirección complementaria, Silvina Bullrich en sus Memorias menciona que su padre se sentía avergonzado de que ella fuera escritora, de que publicara libros, de que expresara sus ideas en público. Si Flaubert decía que el escritor era “el idiota de la familia”, las mujeres que publicaban eran el deshonor de la familia, la falta de pudor y la vergüenza de muchos y muchas.

    Por lo tanto, muchas mujeres no publicaban, no se volvían públicas. Pero eso no significaba que no escribieran. En la división hogareña de los roles, a la mujer le tocaba lo íntimo, lo privado, lo secreto. Se desarrollaron entonces géneros como el diario personal, la correspondencia, las memorias. Muchos de esos textos, publicados años y años después de ser escritos —en general, después de la propia muerte de la autora— forman hoy parte del patrimonio literario de la modernidad con pleno derecho. Dicho de otro modo: lo que no tenían las mujeres escritoras era visibilidad. Invisibilizadas en el mundo doméstico y en la escritura íntima, sin embargo, eran bien visibles como lectoras. Volviendo a Flaubert, Madame Bovary, entre tantas otras cosas, era una lectora apasionada. Lo mismo ocurre con los personajes femeninos de Jane Austen. Son entonces testimonio de la fuerte relación de las mujeres con la lectura, que viene del origen mismo de la modernidad.

    En el presente, como un carretel que se despliega, llegamos a una situación maravillosa, un momento que bien podríamos llamar de esplendor, en torno a las cuestiones de género y su relación con la literatura. En la última década —y tal vez un poco más allá— no solo las mujeres son las principales compradoras de libros, sino que es innumerable la cantidad de mujeres que publican, y son las mujeres mismas quienes, como decíamos antes, las más vendidas —en particular, en la más interesante de las listas, la de “literatura de calidad”—. Eso implica que, de alguna manera, el principal público de las escritoras mujeres son las mujeres mismas. Esto, desde ya, no significa que no tengan lectores masculinos o que ellas no lean a escritores varones, pero sí que se ha desarrollado una amplia comunidad de mujeres que leen sobre todo a mujeres. Con esta magnitud este es un fenómeno relativamente nuevo y profundamente interesante al que, para comprenderlo, hay que ponerlo en relación con el auge de la sororidad, el mayor empoderamiento de las mujeres, el desarrollo político-cultural de los feminismos y la mirada igualmente política sobre las cuestiones de género. A la vez, y como era de esperar, el mercado editorial —gerenciado en su mayoría por varones— tomó nota de este fenómeno, con una perspectiva comercial evidente y por momentos liviana, que, al mismo tiempo que crea un problema —el de seguir distinguiendo la “calidad” entre tanto producto hecho solo para vender—, no cambia el carácter muy interesante del empoderamiento de las lectoras/escritoras en el campo literario.

    Es este un fenómeno global que ocurre en casi todos los mercados literarios. Pero, si hay un lugar en donde esta situación es dominante, es en Argentina. Hay que ponderar este hecho en un contexto en donde el empoderamiento de las mujeres en el espacio público argentino en los últimos 15 años ocupó un sitio muy destacado, sumamente original. De la aprobación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo a las grandes movilizaciones del Ni Una Menos contra los femicidios, desde la visibilidad de las cuestiones de género hasta su presencia militante en las nuevas generaciones, los feminismos (porque no hay un “único” feminismo) han sido tal vez la gran potencia crítica de la sociedad argentina contemporánea (hoy obviamente amenazados por el gobierno misógino y reaccionario de Milei).

    Entonces es en ese contexto de empoderamiento —que desde ya incluye al campo cultural— que hay que entender el auge de las escrituras de mujeres, que contienen ya hasta novelas escritas en lenguaje inclusivo. En Argentina, en la franja de la literatura de calidad, prácticamente no hay varones que vendan mucho. Sí hay varios de venta moderada o sostenida y, por supuesto, muchos muy prestigiosos y con amplia repercusión en el campo literario, sin ser grandes vendedores. Pero hoy en Argentina las mujeres comparten esos atributos (“prestigio”, “repercusión”, etc.) pero además le suman las cifras de ventas. Y su principal público son también mujeres. Pero no hay que pensar esta situación como un circuito cerrado, un núcleo endogámico o incluso como una postura de mercado. Al contrario, que buena parte de la mejor literatura argentina contemporánea esté escrita por mujeres (aclarando que no todas las escritoras mujeres que venden mucho son necesariamente buenas, pero sí varias de entre ellas) es, además de un acto de reparación histórica, un gesto de política literaria (y de política tout court) que le da al campo literario argentino una singularidad extrema. Ya no es posible una vuelta atrás sin las escritoras mujeres.

    (*) Escritor, editor, columnista del diario Perfil, sociólogo del Ecole de Haute Etudes de París y caballero de las artes de Francia.

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