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En la literatura económica está bien establecido que el estatus socioeconómico de los niños se encuentre, en cierta medida, correlacionado con el desempeño de sus padres o las características del hogar de nacimiento. Sin embargo, existe relativa controversia sobre la magnitud de tal relación (¿cuánto?), su tendencia reciente (¿eran las sociedades menos móviles en el pasado?) y los mecanismos detrás de la movilidad intergeneracional (¿cómo?). ¿De qué forma aplican estas interrogantes para un contexto de shock como el que vivió Uruguay dos décadas atrás? En concreto, ¿cómo afectaron la crisis económica del 2002 y sus consecuencias en el empleo de los padres sobre la trayectoria laboral de sus hijos? ¿En qué medida el alto desempleo —de hasta 17% en aquel año— afectó la magnitud de la transmisión intergeneracional de ingresos?
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Un grupo de cuatro investigadores del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración y otro de la Universidad Autónoma de Barcelona estudió esto y publicó los resultados hace pocos días en un artículo de la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina. Su constatación fue que hubo una transmisión intergeneracional negativa y significativa del shock producido por la crisis de 2002, aunque al mismo tiempo se vio una heterogeneidad en el grado de movilidad salarial intergeneracional entre las cohortes de nacimiento —1966-1981 (30-34 años) y 1968-1983 (28-32 años)—.
Entre los padres hubo una caída de ingresos de aproximadamente 30% en el primer trimestre después del evento de desempleo. A partir del tercer trimestre posterior, tuvieron una rápida recuperación de ingresos hasta aproximadamente seis trimestres, cuando la mejora se moderó. Esos efectos para los padres podrían tener consecuencias para otros miembros del hogar a través de varios canales: menores inversiones en educación de sus hijos o entradas tempranas al mercado laboral de estos como estrategia de supervivencia del hogar. En ese sentido, la investigación halló una débil disminución en la movilidad relativa para las cohortes analizadas. En cuanto a la movilidad absoluta, los datos parecen indicar una mayor movilidad para las generaciones posteriores. El patrón es consistente con estos resultados al incorporar el ciclo de vida, el sexo de los hijos y criterios alternativos para definir los ingresos de los padres.
En cuanto al efecto del 2002 sobre los niveles de movilidad intergeneracional, los individuos que experimentaron un efecto negativo enfrentaron mayores reducciones en sus salarios, particularmente en el primer año después del shock. Adicionalmente, el impacto sobre las segundas generaciones fue negativo y depende de la posición de los padres y la edad de los hijos en el momento del shock. En este sentido, las consecuencias en la segunda generación resultaron mayores para aquellos hijos cuyos padres se ubicaban en la parte media y alta de la distribución del ingreso. Esto —explican Martín Leites, Tatiana Pérez, Xavier Ramos, Sofía Santín y Joan Vilá— podría ser consistente con el hecho de que el impacto adverso que enfrentan los padres disminuye el capital social, las redes y el capital específico de las familias. Pero además esto podría explicarse por un efecto mecánico, debido a que la movilidad relativa es mayor en la parte baja de la distribución.