En Argentina es tiempo de inflación disparada, de gente rodando por los acantilados de la pobreza y del experimento de un economista libertario que pasó de panelista de televisión a la Casa Rosada y al foro de Davos. Parecen demasiados focos de atención pero, aún así, el fútbol nunca deja de estar en la agenda diaria, incluso en la del jefe de Estado. El asunto tiene lógica: la selección nacional, campeona del mundo y con Lionel Messi como un superhéroe de Marvel, actúa como el Ministerio de Felicidad del país, un reaseguro de triunfo posible en un contexto de derrotas diarias.
Aún inmerso en decenas de frentes de batallas abiertas –todas con final incierto–, el jefe de Estado, Javier Milei, volvió a la carga hace pocos días sobre un tema futbolístico que parece importarle mucho: el presidente insistió a inicios de enero en la posibilidad de implementar las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) en Argentina, una figura legal que –a diferencia de Uruguay– no está habilitada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), defensora impertérrita de las asociaciones civiles sin fines de lucro.
Según dijo Milei el domingo 7 de enero, “lo interesante de las SAD en el fútbol es que la inversión entra muy rápido. Porque es un negocio muy fácil. No hay que urdir una maquinaria enorme, porque construir una planta te puede demandar, no sé, dos años. Está la voluntad de inversión manifestada por Chelsea, en el caso de querer comprar a Boca, Racing, Newell’s, Lanús y Estudiantes”. Incluso Milei justificó que se trate, tal como quedó incluido en su mega decreto que luchará contra el Congreso y la Justicia, de un tema “de necesidad y urgencia”.
Ese aparente interés del Chelsea también había sido señalado en los días previos por la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, hincha de Independiente, que lamentó que el club inglés –también supuestamente– no se haya interesado en “comprar” su equipo, el Rey de Copas, el más campeón de América con siete Copas Libertadores pese a que la última que ganó fue en 1984 y que también perdió alcurnia a nivel local.
“Estoy bastante triste porque el Chelsea dijo que quería comprar seis clubes para generar las mejores escuelas de fútbol del mundo pero a Independiente no lo puso”, dijo Bullrich, como si le hubiese pedido un regalo a los Reyes Magos del fútbol y los camellos no se hubiesen detenido en Avellaneda –y como si las mejores escuelas del mundo fuesen propiedad de los europeos y no de los sudamericanos–. No pasaron muchas horas para que el presidente de Independiente, Néstor Grindetti, integrante de Juntos por el Cambio (el partido político cuya candidata presidencial en 2023 fue la propia Bullrich, de pronto reconvertida en funcionaria de La Libertad Avanza), hablara para contrarrestarla: “Lo que yo quiero es que Independiente compre al Chelsea”.
Pero pocos se tomaron el trabajo de rastrear dónde había surgido ese repentino interés del Chelsea. Como detectó el periodista Roberto Parrottino, en verdad nació como un rumor divulgado por un youtuber que sigue la información del Chelsea que después fue replicado a ambos lados del océano sin que fuera chequeado, tal como suele hacerse en las redes sociales. Copy paste. Retuit. De hecho, ningún medio de prestigio o de masividad en Inglaterra ni el propio club hablaron oficialmente al respecto, por lo que Milei y Bullrich se sumaron a un trascendido de redes sin ningún fundamento ni, tampoco, credibilidad: ¿De verdad Boca y otros equipos querrían ser comprados por el Chelsea? ¿Nadie tuvo en cuenta que en Argentina los clubes son mucho más que equipos de fútbol? O que, parafraseando al escritor español Manuel Vilas, son “sistemas de gravedad, masas gravitatorias de la vida”. O que, en días de verano, también son piletas para familias que no salen de vacaciones.
Pero además, en tiempos en los que no hay costo por decir lo que sea, nadie puede creerse que la llegada de dineros extranjeros al fútbol implicaría “un negocio muy fácil”, tal como dijo Milei. Justo el día en el que el presidente hablaba de esas supuestas recetas mágicas, los hinchas del Burgos, un tradicional equipo del Ascenso en España –con algunas temporadas en Primera–, lanzaban en el partido contra el Mallorca billetes falsos al campo de juego en protesta por la venta del club a un grupo empresario argentino –en España, salvo Real Madrid, Barcelona, Osasuna y Athletic de Bilbao, los clubes son empresas–. Según la cuenta de Twitter @FutboliPolitica, “en los billetes aparecía el rostro del empresario argentino Marcelo Fígoli, dueño de Alpha Media, un conglomerado de medios de comunicación y de Fénix Entertainment, productora de entretenimientos”.
En 2021, otro empresario argentino, Antonio Caselli –múltiple excandidato a presidente de River–, había abandonado al mismo Burgos con una deuda millonaria tras una experiencia fallida. Ya pasó tiempo pero, en el cambio de siglo, otros dos empresarios argentinos muy exitosos por fuera del fútbol como Daniel Gringbank y Marcelo Tinelli también tropezaron en su experiencia al frente de clubes en España, uno en el Leganés y otro en el Badajoz. Por cierto: Fígoli, Caselli, Grinbank y Tinelli intentaron hacer en España lo que no podían –ni pueden- en Argentina: comprar un club, gerenciarlo.
Pocos días después de la queja en el Burgos, el 16 de enero, la Fiscalía española pidió 12 años de cárcel para los empresarios Gino Pozzo y Quique Pina, dueños del Granada –actualmente en zona de descenso de la Liga–, por “controlar” el club andaluz para defraudar a Hacienda: la oficina anticorrupción los acusó de un “plan criminal” para “defraudar” millones con el traspaso de futbolistas. Diversos ejemplos de SA en España no son tan exitosos como suele creerse: el Málaga pasó en 10 años de los cuartos de final de la Champions League al fútbol no profesional, la tercera categoría, mientras que el Racing de Santander, histórico de Primera, todavía lamenta a los dos dueños exóticos que tuvo a inicios de siglo, el ucraniano Dmitry Piterman y el indio Ahsan Ali Syed.
Tal vez Milei insiste en que los clubes argentinos deban o puedan ser privatizados por su legítima fascinación por la Premier League, la mejor actual liga del mundo, en la que son aceptadas las inversiones árabes, estadounidenses o de donde sean, incluso marcianas. O, tal vez, por su pureza libertaria de desregularizar todo y más también. O por una devolución de favores a Mauricio Macri, su aliado en el balotaje para vencer a Sergio Massa. El expresidente de Boca entre 1995 y 2007 y de Argentina entre 2015 y 2019, ahora presidente ejecutivo de la Fundación FIFA, fue el primer puntal de las Sociedades Anónimas de este lado del Río de la Plata. Viene insistiendo y no le molesta fracasar: aunque Defensa y Justicia, en 1988 con la empresa “Excellens S.A”, fue el primer club que permitió la privatización, el hijo de Franco puede ser considerado el pionero. En 1993, antes de llegar a Boca y a la política, Macri fue recibido por Carlos Menem en la Quinta de Olivos para avanzar en su intención de comprar Deportivo Español y mudarlo a Mar del Plata. El voto de los socios del club “gallego”, que entonces estaba en Primera y ahora repta en la última categoría profesional, lo impidió.
Sin embargo, en aquella Argentina de Menem –el presidente más citado por Milei– hubo algunas hermanas menores de las SAD: los gerenciamientos. El entonces presidente de la AFA, Julio Grondona, se negaba a la privatización pero era disimuladamente más laxo con algunos de sus socios comerciales. El caso más insólito fue el de Argentinos Juniors, que hace 30 años, en la temporada 1993/94, le cedió el manejo de su plantel de Primera División a la mayor empresa vinculada al fútbol, Torneos y Competencias (una especie de Tenfield), y fue mudado a Mendoza, 1.000 kilómetros al oeste de su barrio, La Paternal. El experimento resultó un fracaso no sólo en lo deportivo sino en la aceptación popular: los hinchas de Argentinos no podían ni querían ir a Mendoza y los mendocinos recibieron con indiferencia a Argentinos.
También en aquellos años el Exxel Group hizo un experimento con Quilmes y le fue mal. Pero sobre todo estuvo el caso en que Grondona y el poder político y judicial permitieron la privatización de un Racing que se estaba yendo a la B. Nadie puede negar que el comienzo de Blanquiceleste fue positivo: Racing salió campeón después de 35 años. Y tampoco nadie puede negar que el final de la empresa, ya en 2008, fue negativo: con el equipo en Promoción, Blanquiceleste abandonó Avellaneda por la puerta de atrás.
Pero esas medias verdades –o mentiras a secas, conscientes o no, como el supuesto interés del Chelsea– también pululan del otro lado del mostrador. Aunque la AFA de Claudio “Chiqui” Tapia resiste el intento privatizador de Milei y de Macri, algunas semillas de SAD conviven directa o indirectamente en el fútbol argentino actual. Se trata de una realidad incómoda que el resto de los clubes prefieren invisibilizar. ¿O acaso Deportivo Riestra no subió de la D a la A movilizado por el dinero de una empresa privada y a la vez se posiciona en contra de las SAD? ¿Y no pasa lo mismo, en menor escala, con el otro ascendido, Independiente Rivadavia de Mendoza, respaldado económicamente por un empresario de medios? ¿Y Talleres de Córdoba? ¿Cuáles son los límites alrededor de su presidente, Andrés Fassi, a la vez integrante –hasta 2022 al menos– del grupo Pachuca de México y de otros clubes? ¿Y cuánto tiempo permitió Defensa y Justicia la injerencia de una empresa externa al club? El tema es más confuso porque son cuatro casos de éxito deportivo. Por cierto, ¿no hay también clubes, en especial del Ascenso, que son administrados como feudos cuasi privados por los mismos dirigentes desde hace años y en los que ganar una elección para las listas opositores se trata de una misión imposible? ¿El club sería “de los socios” también en esos casos?
También es interesante que quienes se posicionan ideológicamente en contra de las SAD –basándose en que los clubes argentinos, a diferencia de los ingleses, actúan además como tejidos sociales de una sociedad al borde de la quiebra– silencian cualquier posible crítica a la AFA. Más allá de su exitosa gestión en las selecciones, Tapia también permite torneos de 28 equipos en Primera y de 38 en Segunda, cambios permanentes de reglamentos y decisiones que favorecen más a los dirigentes que a los clubes. Pero el combo completo en contra de las SAD parece que no permite señalizarlo: sería algo así como ser cómplice de los intentos privatizadores de Milei. Eso es también un fútbol rioplatense que no puede sostener a sus mejores jugadores: Valentín Barco dejó Boca y fue al Brighton por una cláusula muy económica (10 millones de euros), Claudio “Diablito” Echeverri se irá de River al Manchester City por menos de la cláusula, 20 millones, e Independiente tiene problemas con su nueva joya Sub 17, Santiago López.
Hay muchas razones para entender esa fuga en masa de las principales figuras, desde mala praxis dirigencial hasta leyes de la FIFA que juegan a favor de los futbolistas y los clubes compradores, pero nunca estaría de más recordar lo que dijo Claudio Borghi hace poco: que un dueño de un club chileno le reconoció que jamás invertiría en las divisiones inferiores porque “en tres años me voy, ¿para qué pondría dinero?”. En cambio los clubes argentinos en manos de sus socios, que estaban antes de nuestros abuelos y seguirán después de nuestros nietos, siempre sacarán un nuevo fenómeno. En todo caso, la batalla final por las SAD acaba de comenzar en Argentina.
*Colaborador de El País de Madrid y autor de diversos libros, como El partido. Argentina vs. Inglaterra 1986.
Contexto argentino
2024-01-24T19:07:00
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