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    jueves 20 de junio de 2024

    Monumento al hipocondríaco

    El viejo telón rojo del histórico Teatro Stella D’Italia ha dejado su lugar a uno nuevo, de color turquesa o verde agua, según el ojo que mire.

    Es un tono característico de uso hospitalario, de los que se usa para separar camillas en los blocks de las emergencias. Es el color omnipresente en esta sobresaliente puesta en escena de Sebastián Silvera Perdomo, cuyos detalles adelantó en una entrevista con Búsqueda publicada el 28 de julio. El tono indefinido entre celeste y verde está en el alucinante diseño de vestuario de Leticia Sotura (que incluye telones y ropa de cama), en la escenografía de Johanna Fonseca, en las luces de Nicolás Amorín y hasta en la utilería. Incluso en sitios inesperados como el respaldo de una silla de ruedas y en rubros ajenos al escenario, como el diseño de los afiches y del programa de mano. El cuidado en los detalles que tiene esta versión de  El enfermo imaginario, el canto del cisne de Molière que estrenó Teatro de la Gaviota, es —ya de por sí— digno de aplausos. Y es la razón por la cual esta reseña comienza por los rubros de diseño. En los últimos años la compañía fundada por Júver Salcedo ha recuperado el vigor, y con esta gran producción celebra sus 45 años en muy buena forma artística. En esta intensa temporada, albergó la Trilogía de la indignación, de la Comedia Nacional y estrenó con gran éxito una obra de Sergio Blanco (Slaughter).

    Es raro: en el año en que se cumplen 400 años del nacimiento del emblemático autor francés este es el único montaje de Molière en toda la temporada montevideana, lo que deposita toda la atención de la francofonía uruguaya en la vieja sala de Mercedes y Tristán Narvaja. Es usual por estos días ver la sala llena de numerosas comitivas de escolares y liceales, en funciones especiales por la mañana. Es que el teatro de Molière, con su voluminosa carga de ironía, grotesco y sátira sociopolítica conserva una inusitada vigencia. Ni que hablar de la empatía que produce ver una comedia que lanza dardos contra el sistema de salud y quienes lo utilizan para enriquecerse cuando venimos de atravesar una pandemia cuyas secuelas aún se padecen.

    Esta obra comienza bastante antes de que el espectador entre a la sala. La producción fotográfica promocional dedica un afiche individual a cada uno de los 11 intérpretes que suben al escenario, cada uno caracterizado en su personaje, con el maquillaje, peinado y vestuario. Gran trabajo de composición de Reinaldo Altamirano, que además congela la mueca histriónica que condensa el alma del personaje. Este despliegue plástico tiene otro punto muy alto en el vestuario, que incorpora un código cromático con raíces en la mitología construida a través de los siglos en torno a Jean-Baptiste Poquelin (para los amigos, Molière, nombre que en francés define a las piedras usadas para hacer ruedas de carros), y particularmente en torno a esta obra, la última que estrenó.

    Como es archiconocido, resulta que pocos días después del estreno, en 1673, el dramaturgo y actor se descompuso en plena representación de esta obra (padecía tuberculosis) y murió pocas horas después producto de una hemorragia pulmonar. Según trascendió, ese día Molière vestía ropas de color amaranto (rosado fuerte, cercano al fucsia) pero por una confusión idiomática en España se corrió la bola de que vestía ropajes amarillos, y por eso este color empezó a ser asociado a la mala suerte en las tablas ibéricas, costumbre que luego se extendió a varios países, Francia incluida. Por esta razón, esta puesta en escena de Silvera desafía a la yeta y usa el amarillo como el color predominante en las suntuosas prendas del protagonista (Fernando Amaral) y de los personajes que representan la enfermedad y el sistema médico. Del mismo modo, el verde agua característico es el tono base en los vestidos de Angélica (Agustina Vázquez Paz) y Cleante (Mathías Albarracín), la pareja protagónica de enamorados.

    La historia es muy sencilla: Argán, un viejo y acaudalado empresario, tacaño como el protagonista de El avaro, otro de los grandes clásicos del francés, es ante todo un irrefrenable hipocondríaco, trastorno que padece más que nadie su entorno cercano: su criada Antoñita (Cristina Cabrera) y su hija Angélica (Agustina Vázquez Paz). Es así que, con el objetivo de acceder a la mejor atención médica posible y a todas las medicinas que necesite, este viejo loco y manipulador, que cree estar muriendo cada cinco minutos, decide casar a su primogénita con el hijo de un conocido galeno, cuando ella en realidad ya ha puesto sus ojos en Cleante, el atractivo jovenzuelo. En tanto, su esposa Belinda (Gabriela Quartino), conspira con un escribano (que en esta versión es su amante), para que el anciano insoportable redacte su testamento y, luego de matarlo, quedarse con su dinero.

    Como es marca registrada de Molière, el texto es una espiral perfecta de enredos, equívocos y secuencias delirantes, en este caso con el trasfondo crítico que señala como un problema para la sociedad que la medicina se aleje del concepto de servicio público y se transforme en una industria que concentra la riqueza en unos pocos dueños de patentes de medicinas y tratamientos, en detrimento de la enorme mayoría de los pacientes.

    Y La Gaviota triunfa en todos los rubros. Primero, por la escenificación en este hermoso teatro, que pese a estar muy baqueteado por su centenario trajinar de puestas y público es el mejor sitio de la ciudad (junto con el Solís y la Verdi) para representar un clásico que remite, como tantos, a ese concepto inoxidable llamado comedia del arte. Es más, sería glorioso recuperar este enclave como bastión del teatro clásico, con un buen festival internacional dedicado al género, a la usanza del festival de Almagro en España.

    Segundo, El enfermo imaginario cuenta con notables actuaciones: desde el vamos, Agustina Vázquez Paz sorprende con esa introducción en solitario, a telón cerrado, en la que introduce la historia con una breve y contundente alocución cantada. He aquí otro rubro fuerte en esta puesta: la banda sonora original, hecha de música instrumental y de varias canciones, compuesta por Mauricio Fernández e interpretada por una numerosa banda que incluye piano, contrabajo, batería y guitarra. Vázquez también encarna, junto con Albarracín, una de las escenas más descacharrantes de la obra, nuevamente en clave musical, al son de Te amo, te amo, te amo. La joven actriz dota de su propia impronta, llena de energía, ironía y chispa, a un personaje bastante insulso como Angélica, a la que eleva considerablemente en su potencial humorístico. Hay un gran trabajo gestual y en las miradas entre Vázquez y Albarracín, minimalista y sutil, que se plasma en escenas sumamente reideras.

    Y si de actuaciones hablamos, la labor de Amaral en la piel del viejo trastornado es sencillamente soberbia. Amo y señor del escenario, el hiperactivo actor (en estos días también dirige Doña Ramona) demuestra su gran carisma y su notable versatilidad para componer con calidad a este personaje total de la comedia clásica, que requiere además de grandilocuencia verbal un enorme despliegue físico. A su lado, y en el mismo nivel de calidad, tenemos una deliciosa Antoñita, rol ejecutado con gran picardía, ternura e inteligencia por Cabrera, una actriz de modos sinuosos, mandada hacer para este rol. Junto con Amaral y Vázquez conforman la base que sostiene la acción a lo largo de la hora y media de metraje.

    Según explicó Silvera a Búsqueda, la primera decisión que tomó para su versión fue eliminar la faceta de danza que tiene originalmente la obra, concebida por su autor como una comedia-ballet, para concentrarse en la dimensión teatral. Para Silvera, esta obra es “perfecta”: “Fue escrita hace 350 años y su vigencia es total. Solo tuvimos que trabajar en el léxico para actualizarlo con alguna cosita de hoy en día pero en sí la obra se mantiene entera. Molière critica el negocio de la medicina, algo que hoy en día está representado en las farmacéuticas, que mantienen su negocio desde hace muchísimo tiempo”. El director rescata la dimensión social de Molière, que “además de hacer teatro para las cortes también salió a la calle con su compañía para actuar en las plazas, para el pueblo. Quisimos trabajar sobre esos dos Molière”.

    El elenco (que completan Daniel Plada, Damián Barrera y Fernando Lofiego) acompaña acertadamente y la dirección de Silvera suma a la mencionada riqueza en los detalles, un gran dinamismo en la narración, que fluye a ritmo de vértigo, en un código expresamente antinaturalista, y que literalmente no da respiro. Silvera entiende que en esta pieza el vértigo es imprescindible. “El ritmo no puede caer en ningún momento porque si lo hace la misma obra te aplasta. Por eso es un clásico”, sostiene, y celebra la respuesta del elenco para poder hacerlo posible. “El trabajo fue muy duro, empezamos en abril y el equipo respondió”, dijo, sin ocultar su felicidad.

    Por todas estas razones, El enfermo imaginario es una verdadera fiesta de teatro que —no casualmente— provoca en el espectador una muy bienvenida sensación de bienestar. Las continuas carcajadas con aplausos y ovaciones a lo largo de toda la función así lo indican.

    Luego de la buena respuesta del público durante los tres primeros fines de semana, La Gaviota agregó cuatro funciones más, hasta el domingo 23: va los sábados a las 21 y los domingos a las 19, con entradas en Tickantel a $ 500.

    Vida Cultural
    2022-10-05T23:35:00