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El combo está armado con paquete, moña y todo: serán siete libros de género negro escritos por la autora británica J. K. Rowling, que seguramente después se lleven al cine. Fueron siete también los libros de la saga de Harry Potter, con los que la imaginativa autora despertó gran entusiasmo e incluso obsesión, que se extendieron aún más cuando se adaptaron al cine. Ahora se editó en castellano El gusano de seda (Salamandra), la tercera novela para adultos de J. K. Rowling y la segunda con el seudónimo de Robert Galbraith, basada en las desventuras del detective Cormoran Strike. La primera novela fuera de Harry Potter fue Una vacante imprevista y la segunda, El canto del cuco.
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Hay algo de fascinante en esta mujer. Desde sus libros y la repercusión que logran, hasta su vida y su forma de encarar las cosas. Se lleva mal con la prensa, por la superficialidad con que un día dicen algo sobre ella y su capacidad como escritora, y al día siguiente comentan lo contrario. Rowling cree en Dios y pertenece a una Iglesia, pero resolvió dejar esto en el fondo del armario de su vida para no avivar los prejuicios de sus lectores juveniles. Así como dejó en la penumbra su nombre real, para disimular su sexo.
Su verdadero nombre es Joanne Rowling. Antes de publicar Harry Potter y la piedra filosofal, la editorial Bloomsbury le sugirió cambiarlo para que los varones no tuvieran reparos en comprar historias de escobas voladoras y seres mitológicos de una mujer. Decidió entonces usar la J de su nombre y agregar la K de Kathleen, como su abuela paterna.
Además de fantasiosa, la Rowling es millonaria y solidaria. Por un lado, amorraló millones de dólares gracias a su buen amigo Harry, cuyas historias se tradujeron a 73 idiomas y vendieron unos 450 millones de ejemplares en más de 200 países. Y por otro lado, tiene una firme lucha contra la pobreza. Al ser hija de madre soltera, decidió formar parte de la asociación benéfica One Parent Families, que brinda asistencia a familias monoparentales. Colaboró a su vez con Sarah Brown, esposa del ex primer ministro británico laborista Gordon Brown, redactando un libro de cuentos para esa asociación.
Ahora sabemos que esta mujer de cabellos rubios y lacios y dulces ojos claros es capaz de describir uno de los asesinatos más atroces, morbosos y sanguinolentos, como sucede en El gusano de seda. Espera hasta la página 154 para dar el golpe de gracia (la novela tiene 542 páginas). Hasta ahí, Rowling carretea el relato, lo lleva tranquilo, demorándose en pintar a Cormoran Strike, un detective taciturno y enorme al que le falta un tramo de la pierna derecha (perdida en Afganistán) y es hijo casi no reconocido de una estrella de rock.
Se percibe el disfrute de Rowling al contar las penurias emocionales de Strike —a veces incluso de manera jocosa— y al dibujar una leve tensión erótica entre el respetuoso detective privado y su secretaria, Robin Ellacott.
Después de resolver un caso que le dio gran notoriedad pública, Strike está un poco aburrido de trabajar para empresarios ricos que son presa de infidelidades o traiciones financieras. Un poco por ese motivo, al final acepta el caso de Leonora Quine, una mujer desaliñada, una mosquita muerta que llega a su oficina pidiéndole que encuentre a su marido en fuga: el escritor Owen Quine, un tipo que cuando se enoja suele esconderse en algún hotel.
Strike empieza a investigar siguiendo la rutina para estos casos, hasta que descubre una extraña trama tejida dentro del ambiente editorial londinense y un misterioso libro inédito donde Quine se burla y coloca en estrambóticas situaciones sexuales a editores y colegas escritores.
Rowling describe fiestas editoriales y los singulares personajes que las pueblan, atrapados en diálogos forzados, irónicos e hipócritas. Cada tanto, la escritora apunta observaciones agudas que avivan la novela: “Actualmente, Quine pertenece a la categoría de ‘escritores buenos de tan malos que son”, comenta uno de los editores investigados por Strike.
En un plano paralelo corre la vida amorosa fracasada del detective, a quien su hermana le presentaba “mujeres que parecían los saldos de una web de contactos”. Y hay buenos apuntes sobre la complicada naturaleza humana: “Curiosamente, Robin no era dada a las críticas ni a los silencios condenatorios; era la única mujer de la vida de Strike que, al parecer, no tenía intención de mejorarlo ni de corregirlo. Él sabía por experiencia propia que a menudo las mujeres esperaban que interpretaras sus enormes esfuerzos por cambiarte como una prueba de lo mucho que te amaban”.
Lectora de autores de género negro como Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Dorothy Sayers, para el primer libro de esta saga detectivesca, El canto del cuco, Rowling y sus editores se valieron del misterio como estrategia de marketing. Fue el periódico The Sunday Times que reveló que el autor Robert Galbraith era en realidad la Rowling. Casualmente, el dato “se dejó caer” en la discreta red Twitter. Dicen que uno de los abogados de la escritora filtró el dato de la identidad en una reunión donde estaba la mejor amiga de su esposa, Judith Callegari, que, como no podía ser de otra forma, fue y lo reveló en Twitter. Y, como no podía ser de otra forma, apenas unas horas después las ventas de El canto del cuco habían crecido.
En los agradecimientos finales de El gusano de seda Rowling señala una clave importante de sí misma. Le agradece a su “incomparable” editor David Shelley, quien es un “INFJ” igual que ella. La llamada a pie de página define la sigla como Introversion, Intuition, Feeling, Judging: introvertido, intuitivo, emocional, calificador, uno de los tipos de personalidad según el test Myers-Briggs. Mucho de lo que hacen y dicen sus personajes tiene que ver con intuir lo que el otro piensa, encerrarse en unas emociones más o menos torturadas y tratar de entender el mundo a través de juicios intuitivos y emocionales.
Es un placer que una escritora maneje los tiempos narrativos de tal forma que quien lee queda atrapado en el juego de dejarse distraer un rato con la tristeza de Strike o la pobre vida de su secretaria, que está de novia con un patán, hasta que la Rowling pega un par de giros inesperados en el relato que funcionan como zarpazos de sorpresa o impacto. La Rowling es una crack y sabe demostrarlo.