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    Organizaciones sociales buscan apoyo para recuperar parte de las miles de toneladas de comida que se desperdician a diario

    Un proyecto de ley que prohibía a los comercios tirar alimentos en buen estado está “trancado”

    Las frutas y verduras con manchas en la cáscara, con deformaciones o con tamaños más grandes o más chicos de lo habitual, terminaban en las volquetas. Los comerciantes del Mercado Modelo sabían que, al final del día, eran productos que no iban a poder vender, porque aunque estuvieran aptas para el consumo, los compradores seleccionan sus alimentos, primero, por la estética.

    No solo se descartan alimentos por ese motivo. También por el propio ciclo de negocios del Mercado Modelo, que obliga a tirar mercadería vieja para liberar espacio a nuevos productos.

    Para evitar todo ese desperdicio de frutas y verduras en buen estado, en setiembre de 2016 cuatro estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales fundaron la Red de Alimentos Compartidos (Redalco). Se trata de un proyecto social que recoge las frutas y verduras descartadas por los comerciantes del Mercado Modelo y las reparte entre unas 80 organizaciones, entre las que se encuentran centros CAIF, escuelas, liceos, refugios y otros sitios a los que asisten personas en situación de vulnerabilidad.

    Las organizaciones que forman parte de la red pagan una contribución mensual de entre $120 y $150 por un cajón de 20 kilos de alimentos. El objetivo de esto es sostener el trabajo mediante un ingreso interno y no depender de “inyecciones de capital externo”, dijo a Búsqueda Marcel Birnfeld, uno de los fundadores de Redalco.

    Las frutas y verduras descartadas por el Mercado Modelo son solo un ejemplo de las miles de toneladas de alimentos que se desperdician a diario en el país.

    Todos los lunes, miércoles y viernes, un grupo de entre 10 y 15 voluntarios se reúne en el mercado a partir de las 7:30 de la mañana para recoger los alimentos descartados. Según Birnfeld, en cada jornada se recoge una tonelada y media de alimentos, que los voluntarios clasifican y distribuyen. Con esa cantidad de frutas y verduras, Redalco alimenta a un total de entre 4.000 y 5.000 personas.

    Las frutas y verduras descartadas por el Mercado Modelo son solo un ejemplo de las miles de toneladas de alimentos que se desperdician a diario en el país.

    En Uruguay se pierden un millón de toneladas de alimentos al año, lo que representa alrededor del 10% de los productos aptos para el consumo humano.El valor monetario de este desperdicio se estima en US$ 600 millones. Los datos se desprenden de un informe presentado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por su sigla en inglés) el 16 de octubre de 2017.

    El grupo alimentario que tiene el mayor desperdicio es el de los cereales: 25% del total. El segundo son los lácteos (20%), seguidos por la caña de azúcar (19%), los oleaginosos (15%), las frutas y hortalizas (12%), la carne (8%) y el pescado (2%).

    En Uruguay se pierden un millón de toneladas de alimentos al año, lo que representa alrededor del 10% de los productos aptos para el consumo humano.

    La FAO evaluó los motivos por los que se pierde esa cantidad de alimentos en Uruguay. En la etapa de “producción primaria y poscosecha”, los factores que más influyen son: un manejo incorrecto de los predios destinados a la producción vegetal y animal, el almacenamiento de los productos vegetales, la infraestructura vial y la cadena de frío en aquellos productos que la necesitan.

    En el procesamiento industrial se pierden alimentos, principalmente, por un “desaprovechamiento de subproductos comestibles”, un “nivel variable de tecnificación y automatismo, y el control de procesos según la escala industrial y el rubro”. Carencias en la infraestructura, en el mantenimiento y problemas logísticos y de gestión son los motivos por los que también se pierden alimentos en la etapa de distribución.

    Banco de Alimentos. 

    Desde 2012 existe otra iniciativa que se dedica a recoger y distribuir, principalmente, productos secos. Se trata del Banco de Alimentos, una fundación que surgió como imitación de un modelo italiano. Solicitan a las empresas que donen los alimentos que están próximos a la fecha de vencimiento y que ya no podrán ser comercializados, y luego los distribuyen entre organizaciones sociales.

    Al principio, su depósito era un apartamento pequeño y las donaciones eran escasas. En 2014, con la aprobación del Ministerio de Educación y Cultura, el Banco de Alimentos se transformó en fundación, y pudo tercerizar el aspecto logístico de su trabajo: recogida de alimentos en las empresas donadoras (Mondelez, Nestlé, Pepsico, entre otras), y transporte hacia el centro de distribución, que ahora es un espacio más amplio. En ese momento, las donaciones crecieron de forma exponencial.

    En sus inicios, el banco recibía un promedio de 40.000 kilos de comida y la repartía entre 34 organizaciones. Al pasar a un nuevo centro de distribución, su capacidad aumentó a 100.000 kilos y, según dijo a Búsqueda Dolores Corro, una de las voluntarias que llevan a cabo el proyecto, hoy ya son más de 150 las organizaciones beneficiarias.

    En los primeros seis meses de 2018, el Banco de Alimentos recogió 18.462 cajas de comida. Esta cantidad alcanzó para alimentar a un promedio de 25.000 personas.

    Con el crecimiento de las donaciones a la fundación se le hizo inviable asumir los costos del depósito y la distribución. Entonces los voluntarios decidieron solicitar a las empresas donantes una contribución de dinero. Al principio, hubo resistencia pero, al final, las empresas aceptaron.

    A fines de agosto, Corro asistió al Parlamento en representación de su fundación, para solicitar “algún tipo de beneficios para las empresas que se toman el trabajo de donar”. La voluntaria hizo hincapié en el esfuerzo que les genera a sus donantes preparar las cajas, cargar el flete y pagar un costo proporcional a la cantidad de cajas que entregan. “Si nosotros conseguimos que eso les salga más barato, van a donar más en vez de destruir”, afirmó Corro, y añadió que hoy casi no existe diferencia de costos entre donar y destruir.

    Desinterés en propuestas legislativas.

    El desperdicio de alimentos no es un tema exclusivo de Uruguay. Se trata de un problema “recurrente a escala global”, dijo a Búsqueda el diputado colorado Adrián Peña, quien en 2016 propuso un proyecto de ley para prohibir a los supermercados y otros establecimientos comerciales destinados a la venta de alimentos, a las empresas elaboradoras y las dedicadas a su distribución y comercialización, tirar o desperdiciar productos cuando aún estén aptos para el consumo.

    El proyecto establece que los comercios deberán donar sus excedentes de forma gratuita a bancos de alimentos u otras organizaciones “que den asistencia a personas en situación de pobreza o indigencia”.

    Pero el proyecto no tuvo demasiados avances. Si bien en un principio recibió “mucho apoyo” del PIT-CNT, el Partido Nacional e incluso de algunos legisladores frenteamplistas, Peña dijo que hoy está “trancado” en la Comisión Especial de Población y Desarrollo del Parlamento, donde fue tratado hace más de un año.

    La semana pasada, en una comparecencia en el Parlamento en la que participaron el Instituto Nacional de Alimentación (INDA) y la FAO, Peña volvió a poner su proyecto de ley sobre la mesa. De todos modos, no es optimista: “No tengo demasiada expectativa porque veo que ha habido desinterés en promoverlo”, dijo.

    Un proyecto de ley que prohibía a los comercios tirar alimentos en buen estado está “trancado”.

    Una segunda propuesta legislativa sobre el tema fue presentada hace poco menos de dos meses por la bancada oficialista, que apunta a “gestionar mejor los recursos y tratar de generar políticas desde el ámbito público para disminuir los desperdicios de alimentos, desde las diferentes directrices del gobierno”. A diferencia del proyecto presentado por Peña, este apunta a crear un comité regulador, junto con otros organismos. El nuevo proyecto ingresó en la comisión parlamentaria, pero aún no fue tratado.

    Según Birnfeld, la conciencia sobre el desperdicio de alimentos en Uruguay se está “construyendo de a poco”, de la mano de “las organizaciones sociales”.

    Corro, por su parte, opina que hay “voluntad” de mejorar o revertir la situación del desperdicio. “A la gente le hace ruido destruir alimentos, y más a los empleados”, dijo. “Lo ideal sería que no existieran bancos de alimentos. Que no se necesitaran porque no existiera la destrucción de alimentos”, añadió.