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    Toma de decisiones políticas en Uruguay es “hostil a los expertos”

    Mientras en Chile el conocimiento “juega un papel clave”, a nivel local la democracia “es más participativa”, según un estudio académico que comparó el papel de técnicos en la elaboración de reformas en los dos países

    Juan Antonio Pizzi y Oscar Washington Tabárez, que tienen la última palabra en “la roja” y “la celeste” respectivamente, no fueron consultados, pero el papel de los técnicos en la toma de decisiones en Chile y Uruguay fue motivo de detallado análisis de un equipo de académicos. Claro que no en el fútbol, sino acerca de las políticas públicas.

    En efecto, una investigación realizada en el Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República y titulada “Regímenes políticos de conocimiento. Evaluando un nuevo concepto a partir de la comparación de Chile y Uruguay” concluyó que en Montevideo, salvo en materia tributaria, las decisiones importantes de políticas públicas se adoptaron al margen de equipos técnicos potentes, a diferencia de Santiago, donde hay menos participación de los ciudadanos y mayor peso de los especialistas.

    La investigación, dirigida por el profesor Adolfo Garcé y presentada esta semana, concluyó que influyeron los antecedentes de cada país, porque “la chilena es una democracia elitista y tecnocrática, que recela de la participación popular”, mientras que “la uruguaya es una democracia más participativa pero hostil a los expertos”.

    (Danilo) “Astori y todo su potente equipo de doctores en Economía no lograron llevar adelante reformas que consideraban fundamentales. Colocados en Chile, actuando con otro régimen político de conocimiento, hubieran podido llevar adelante, por ejemplo, la regla fiscal y el TLC con Estados Unidos. Hubieran tenido las manos más libres y gozado de más autoridad. En Chile, saber y poder van de la mano. En Uruguay circulan por veredas distintas”, añade.

    Según el trabajo, “la voz del ciudadano suele ser poco escuchada en Chile” y “la visión del experto se impone tanto en el gobierno como en el debate público”, al tiempo que en Uruguay “la ciudadanía tiene otros medios para hacerse oír”, porque los partidos han sido, desde el siglo XIX, “sensibles a sus demandas y preferencias”.

    Para explicar estos desarrollos diferentes, los autores buscaron referencias históricas. “La elite uruguaya no era menos afrancesada que la chilena. Sin embargo, optó por nutrirse de (Herbert) Spencer y no de (Augusto) Comte. Los acercaba al primero su visión evolucionista y los alejaba del segundo su dimensión autoritaria”, escribieron.

    En las conclusiones del trabajo, que contó con el apoyo de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad estatal, se afirma que “comparada con Uruguay, la democracia chilena revela todo su elitismo” y a su vez “cuando se compara con la chilena, la democracia uruguaya no puede disimular su secular indigencia técnica” y por lo tanto ambos países “constituyen buenos ejemplos de Regímenes Políticos de Conocimiento diferentes”. Mientras en el país trasandino el conocimiento “juega un papel clave” y “no se concibe un gobernante que no tenga una buena formación académica y que esté rodeado de expertos”, porque “el conocimiento legitima y empodera”, en Uruguay “el papel del conocimiento es secundario”.

    En Uruguay “no son necesarias las credenciales académicas para ocupar puestos de relevancia, ni siquiera en los cargos vinculados al gobierno de la economía” y la legitimidad descansa en otros pilares: la sensibilidad, la honestidad y la capacidad de representar.

    Garcé y los investigadores Camilo López, Lucas D´Avenia y Belén Villegas partieron de la base de que Uruguay y Chile, en contra de lo que afirma “el sentido común”, realizaron innovaciones significativas luego de la reinstalación democrática. En el caso uruguayo, aunque comparadas con las chilenas son “menos profundas”, se produjeron transformaciones en materia comercial, tributaria y educativa.

    Mientras que los economistas chilenos no solo fueron protagonistas en asuntos tributarios y comerciales sino también en educación, en Uruguay “los equipos tienen bajos niveles de formación académica” con “la única excepción a esta regla” en el caso de la reforma tributaria impulsada por “un equipo académico muy potente” del Ministerio de Economía.

    Los académicos estudiaron seis eventos de cambios en ambos países y concluyeron que en el caso uruguayo solamente la reforma educativa llevada adelante por Germán Rama durante la segunda presidencia de Julio Sanguinetti (1995-2000) y la tributaria emprendida por Tabaré Vázquez en su primer mandato (2005-2010) tuvieron un respaldo técnico sólido.

    El trabajo analizó el papel de los técnicos en la discusión del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, la Alianza del Pacífico, la Regla fiscal,  la Reforma Tributaria y las reformas en la educación.

    Tecnocracia y democracia. 

    El trabajo dirigido por Garcé explica que “la oligarquía chilena de principios del siglo XIX ya era, en cierto sentido, tecnocrática” y que desde los primeros tiempos de la independencia “la elite buscó asociar saber y poder”.

    Concluyeron por lo tanto que “Chile no precisa más tecnocracia. Necesita solamente más democracia” y a su vez “Uruguay no precisa más democracia. Necesita esencialmente más tecnocracia”.

    A nivel continental, afirman, “el principal déficit de la mayoría de los países latinoamericanos no es la falta de tecnocracia sino la debilidad de las instituciones que deberían empoderar a los ciudadanos”.

    Los investigadores sostienen que “la tecnocracia en América Latina ha tenido mala prensa, especialmente a partir de su asociación con los regímenes autoritarios de los sesenta y los setenta”. A partir de la comparación de Chile y Uruguay “queremos sumarnos a esa suerte de ‘tercera vía’ en construcción” porque, dicen, “es perfectamente posible construir un punto medio inteligente entre el polo de la tecnocracia pura (con ciudadanos excluidos) y el de la democracia pura (sin aportes de los expertos y de sus saberes) y que “es deseable, como pedía Aristóteles, mezclar la voz de los ciudadanos con la de los ‘sabios’”.

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