Un debate permanente

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Nº 2140 - 16 al 22 de Setiembre de 2021

escribe Silvana Tanzi

El arte callejero y la arquitectura urbana conviven en una relación tensa y en un continuo debate. Cuando se tira abajo o interviene un edificio con historia, la polémica se reaviva, entonces ese lugar, en el que pocos solían reparar, adquiere protagonismo en las noticias y en las redes sociales. Es lo que sucedió cuando el Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) difundió en una carta pública su malestar y rechazo a la intervención del artista callejero José Gallino en una fachada lateral del Instituto de Profesores Artigas (IPA). A pedido de la Administración de Educación Pública (ANEP), Gallino pintó en forma honoraria el retrato del fundador del IPA, Antonio Grompone, al cumplirse 70 años de su creación (ver Búsqueda Nº 2.136).

“El asunto es gravísimo, más aún porque proviene de la autoridad. Y lo es no solo por su resultado, sino por su debilidad teórica: denota el desconocimiento absoluto de los valores de ese edificio singular y la incomprensión de los criterios proyectuales que presiden toda obra de arquitectura”, dice el comunicado, que usa un término polémico al decir que el retrato fue “perpetrado” en la fachada. El edificio, proyectado en 1937 por el estudio De los Campos, Puente, Tournier, fue declarado bien de interés departamental en 1995. El comunicado del Instituto de Historia fue respaldado por declaraciones de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay y del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos Uruguay), que trabaja en la protección y conservación del patrimonio cultural.

Los comunicados causaron tanta polémica como el propio retrato de Grompone, y también una serie de preguntas sobre los cambios en la ciudad, el valor artístico de la arquitectura y también de las intervenciones urbanas. Las respuestas no son unánimes y, seguramente, el debate permanecerá. Sobre estos temas, Búsqueda conversó con especialistas en la materia.

No todo es lo mismo

Richard Danta es profesor en el Departamento de Humanidades y Comunicación de la Universidad Católica, y está finalizando una tesis doctoral en la Universidad de Salamanca sobre la visualidad y la ciudad. Su foco está puesto en el tag, una de las formas del grafiti, la más contaminante y vandálica. Para Danta, a la discusión que se dio en torno al mural del IPA le faltó analizar la complejidad en torno al grafiti, que tiene que ver con las diferentes categorías de estas expresiones urbanas. “Si las discusiones no se ubican en un lugar conceptual se caen, porque el grafiti incluye aspectos técnicos, políticos e incluso discursivos en relación con el espacio urbano”.

Conviene refrescar la terminología en torno al grafiti. El tag es una firma ilegible, un garabato que se hace en forma anónima. Su intención es ir contra las normas y contra la propiedad pública o privada, por eso es ilegal. “Mi planteo es que la firma es como una marca del sujeto, no importa si es ilegible. En la ciudad se firma y se marca el espacio como propio y se viola el territorio ajeno. Claramente con el tag no hay una búsqueda estética. Es un acto político y de rebeldía, es el más subversivo de los grafitis. Es feo, tienen la tendencia a acumularse y es la única forma del grafiti que no ha sido cooptada por el arte”.

Otras expresiones son las piezas o bombas hip hop: palabras de un tamaño considerable que se escriben buscando una identidad gráfica. “No se acercan tanto al arte sino al diseño gráfico. Hay cuidado de la forma, de la armonía y  simetría, a veces van acompañados de elementos figurativos muy estilizados, por eso no son espontáneas”.

A veces las bombas llevan la firma de la crew, grupo de grafiteros. “Este tipo de grafiti fue uno de los que más se desarrolló en los 70 en Estados Unidos. Tuvieron contacto con artistas como Keith Haring o Basquiat, con quienes trabajaron en el filo, entre el arte más tradicional y el arte popular”.

El mural se diferencia de todas estas formas por su intención artística. “Es verdad que algunos murales pueden entrar dentro de la lógica del grafiti, pero están muy cercanos a las formas de las artes plásticas tradicionales. El mural no tiene una intención rupturista en la ocupación de espacios públicos ni tampoco en lo formal y estético. Requiere tiempo, destreza, tranquilidad y dinero. No es espontáneo y probablemente no sea anónimo, porque el muralista se considera artista, el grafitero de tags, no”.

Danta se siente molesto con la declaración del Instituto de Historia. Para él responde a una concepción del patrimonio como una reliquia. “Decir que el mural mancilla la cultura arquitectónica sinceramente es mirarse el ombligo. Llama la atención que se hable de ‘perpetrar’, cuando hay un esfuerzo y una búsqueda de técnica”.

En Uruguay el tag, las bombas y las leyendas están penadas por la ley de faltas. Para los edificios considerados patrimoniales hay dos formas de protección: la que otorga la Comisión del Patrimonio al declarar un bien como monumento histórico nacional, y la que dan las intendencias cuando declaran algún bien de interés departamental. Para modificar estos bienes se necesita tramitar un permiso.

Para Danta, no hay medidas adecuadas para combatir el grafiti, salvo proteger las fachadas con alguna pintura especial que no permita hacerlos. “En una época la Intendencia de Montevideo había puesto en el Prado unos paneles donde se podía grafitear. Era gracioso porque estaba grafiteada la base y no el panel. Generar esos espacios es no entender la lógica del grafiti. Capaz que lo aprovecha un muralista, pero la gracia del tagueo es violar la propiedad. Personalmente no tengo una postura sobre qué habría que hacer. De pronto hay que tener una serie de reglas, pero no pueden ser una domesticación. Si se piensa que con una persecución legal o práctica sistemática de limpieza se va a terminar el fenómeno, no se entiende la lógica de ese fenómeno”.

Streetart.uy

Manuel Rivoir es gestor cultural, educador y divulgador de arte urbano. En los últimos años ha llevado adelante el proyecto streetart.uy, un mapa interactivo del arte urbano del país. “En 2013 con las redes sociales surge el street art vinculado al street art hunter, el cazador de murales. La gente sale a la calle, ve un mural, un grafiti o una pintada, lo caza y lo sube a las redes sociales con su hashtag donde hay un consumo masivo. El muralista termina de pintar y hace lo mismo”.

Rivoir recuerda que en Uruguay hubo una larga trayectoria de muralismo vinculado a la arquitectura, empezando por Joaquín Torres García. “Estaban promovidos por una ley que incentivaba a que las construcciones incluyeran obras artísticas. Eso se vio reflejado en muchos edificios de apartamentos, de galerías, hospitales, que tienen obras artísticas”. También recuerda el desarrollo en las llamadas “ciudades museo”: “El puntapié inicial fue en San Gregorio de Polanco. Se entendió que el arte no estaba reservado solo a museos sino en la calle. Después siguieron otras ciudades como Rosario, en Colonia, y la villa 25 de Agosto, en Florida. También ahora Mercedes se está posicionando como una de estas ciudades”.

Para Rivoir el paisaje urbano es todo: la arquitectura, los monumentos, los espacios verdes y también los murales y los grafitis. Y considera valiosa la discusión que se dio a partir del mural en el IPA. “Es importante que haya surgido la carta del Instituto de Historia de la FADU porque su objetivo es velar por el interés arquitectónico. La carta dice que la arquitectura no es un lienzo, y estoy de acuerdo, pero tendríamos que volver a aquella cooperación entre muralistas y arquitectos”.

Montevideo tiene una legislación mucho más leve en cuanto al grafiti y los murales que la que existen en otros países. Rivoir comenta que cuando se realizan festivales y vienen artistas urbanos del exterior quedan asombrados por poder pintar en cualquier muro de la ciudad. En otros lados está prohibido o hay que tramitar muchos papeles como lo hacen los organizadores de festivales.

“Están las condiciones dadas como para dialogar, pero tal vez quien no está tan contemplado es el ciudadano que no pertenece al mundo de la academia, de los artistas ni de las instituciones, y a veces es el más afectado. Hay que ponerse en el lugar del vecino que abre la ventana. Lo que vemos modifica nuestro humor, hace que queramos o no a la ciudad, en cierta forma modifica nuestro comportamiento. He conversado con muralistas que sí incluyen y trabajan con los vecinos cuando van a hacer un mural y son permeables a sus comentarios”.

Para Rivoir, el street art es una forma de valorar a los artistas y a su obra, pero no como una nota de color. “Lo primero que tienen que reconocer eso son las instituciones públicas. Que los llamados a concursos de murales no terminen siendo para darle color a la ciudad. A veces no hay tanta diferencia entre un artista tradicional, con estudios y academia, y un muralista callejero que ha participado en festivales de renombre, que tienen talleres. Lo que sucede es que el artista callejero no busca ese reconocimiento. Justamente, lo que hago con street art es mostrar cómo la obra habla por ellos”.

¿Es gris?

Al arquitecto Ricardo Beheran no le gusta nada cuando se dice que Montevideo es una ciudad gris. “Por un lado, porque si fuera gris, sería parte de su identidad. Por otro, porque no es cierto, Montevideo no es gris, hay tonalidades y matices, hay ocres y sepias. No es una ciudad uniforme”. Beheran es integrante de Icomos Uruguay y hasta abril fue su presidente.

El arquitecto también recuerda la experiencia de San Gregorio de Polanco cuando el taller de Clever Lara hizo sus intervenciones. Lara había estudiado arquitectura y los murales estaban pensados como un aporte armónico con los edificios. Un ejemplo fue el de la iglesia de San Gregorio, una capilla muy sencilla. El taller usó colores pastel suaves y le creó una fachada estilo románico, con un patio ficticio como si fuera el claustro de una iglesia. La pintura está de acuerdo con el edificio y no es nada agresiva con el entorno”.

“La arquitectura tiene un componente de arte y otro de uso. Ese uso hace que sea factible de ser modificada. La cuestión es con qué criterios se modifica. Esos criterios deberían seguir el lenguaje arquitectónico y la lógica con la que fue proyectado el edificio”, dice Beheran. También recuerda que la arquitectura siempre estuvo relacionada con las artes plásticas y sobre todo con el muralismo. “Niemeyer en Brasil incorporaba obras de Cavalcanti, a escultores, a muralistas. En Uruguay tenemos el ejemplo de Vilamajó, que pintaba él mismo murales en los edificios que construía”.

Beheran trabajó muchos años como arquitecto del Codicen y no se asombra de que ANEP no haya pedido autorización para el mural en el IPA, porque se maneja con autonomía y no suele pedir permisos, tampoco para construir. “Entre que la ANEP no quiere complicarse con trámites, y la Intendencia no quiere pelearse con la ANEP, es una tierra de nadie”.

Para él, los muralistas deberían entender la lógica de la arquitectura. Tal vez los artistas callejeros sienten que es su lógica la que no se entiende. Posiblemente la distancia entre unos y otros esté más cerca de lo que piensan.

Vida Cultural
2021-09-16T00:21:00