—Bill Gates plantea en su último libro Cómo evitar el desastre climático que la única forma de lograr cambios ambientales drásticos es que los países desarrollados consuman 100% de la llamada carne sintética. ¿Qué piensa sobre esas ideas?
—Bill Gates plantea en su último libro Cómo evitar el desastre climático que la única forma de lograr cambios ambientales drásticos es que los países desarrollados consuman 100% de la llamada carne sintética. ¿Qué piensa sobre esas ideas?
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Lo que creo es que esta discusión se viene o ya está, más allá de Bill Gates. Y lo que Uruguay tiene que hacer es ponerse a pensar en la respuesta a estas cosas; la reacción que se leyó en la prensa o en las redes a esa declaración de Gates fue básicamente un revoleo de poncho. No hubo discusión, hubo gritos; esa no es la estrategia.
Primero que nada, debemos medir el impacto de la ganadería en cuanto a emisiones de gases de efecto invernadero y, en función de eso, decidir cuál es la estrategia de inserción internacional y cómo queremos salir a vender nuestra carne. Más allá de la discusión que hay a escala internacional de cómo calcular el CO2 equivalente, pensé que ya teníamos claro el saldo neto de la huella de carbono y ese número es menos obvio de lo que creí.
—¿Ve a ese producto de laboratorio como una amenaza comercial para Uruguay?
—Hacer futurología me da como vergüenza y es difícil decir cuánta gente comerá carne natural y cuánta sintética. Es probable que la gente en general tienda a estar más sensible a la cuestión de las emisiones de efecto invernadero porque en un plazo —que puede ser mediano o largo— colocan al planeta en un estado que tendrá consecuencias grandes. El problema está.
Más que decir: “Nosotros no emitimos”, hay que medir y pensar la estrategia de inserción comercial del país para la carne. Uruguay tiene puntos de dónde agarrarse para decir que su producción de carne a pasturas es amigable con el medioambiente, en principio, y tiene condiciones para favorecer el bienestar animal y esas cuestiones que pueden llegar a preocupar al consumidor.
—Entonces, no considera necesarios cambios productivos, sino más bien pensar cómo se posiciona a la carne uruguaya. ¿Es marketing?
—Dentro del sistema de carne natural o de pasturas —llamémosle así— hay alternativas para reducir las emisiones de metano de los animales; son esas cuestiones que digo que hay que empezar a discutir.
También como país, si se incluye a la silvicultura, las emisiones pueden llegar a dar en negativo. Entonces, capaz es marketing, sí, pero es una estrategia de inserción internacional que debemos pensar y respaldar con evidencia científica.
Ahí aparecen cuestiones importantes. Una que va a formar inminentemente parte de mi trabajo —porque es uno de los compromisos de la ministra Arbeleche en la coalición de ministros de Finanzas— es incorporar al MEF más activamente en la determinación de las promesas, entre comillas, de Uruguay para la reducción de emisiones por el Acuerdo de París. Tendremos que reportar como máximo el año que viene, y ahí no podemos salir a decir cualquier cosa, debe ser algo compatible con lo que la comunidad internacional entiende que es la huella de carbono de la ganadería o lo que sea. O, si fuera el caso, presentar argumentos serios de por qué sería menor.
Porque después los créditos de carbono que vas a vender en un mercado que no es voluntario, como el europeo, tienen una determinada regulación y parámetros para las mediciones. Salir a revolear el poncho, como dijo el comunicado de Vaquerías del Este, no va a servir para mucho. La estrategia de defensa de la producción uruguaya tiene que estar basada en evidencia científica y argumentos sólidos, creíbles.
Por otro lado, Europa y Estados Unidos están activamente discutiendo mecanismos de ajuste de carbono en la frontera. La presidenta de la Unión Europea, en su mensaje del state of the union de diciembre pasado, dijo que tienen pensado contar con una propuesta concreta sobre el mecanismo para el 2021. No sé si van a llegar para este año y no creo que cubra todos los sectores, pero sí lo están pensando seriamente; de hecho, plantean el 2023 como plazo para implementar una versión del mecanismo. Se trata, básicamente, de cobrar una tasa a las importaciones que no le pongan un precio al carbón en origen o subsidiar a los exportadores de esos países con destinos a mercados que no le pongan un precio al carbono. Esta fue una de las razones por las cuales el gobierno uruguayo decidió ir por el lado del Imesi al CO2 en la reforma de los combustibles. Uruguay tiene una carga alta a los combustibles —el Imesi a secas—, pero no figura en los mapas de los países que le ponen un precio al carbono en general; no figura simplemente porque no se llama impuesto al carbono. Pensando en la inserción internacional y cómo nos van a tratar en la frontera, estratégicamente es un paso fundamental explicitar algo que ya tiene el país e incluso en niveles que no lo tienen ni Europa ni Estados Unidos. Si ese aprueba, nos colocaría con un amplio impuesto al CO2 en los combustibles. El potencial de imagen para Uruguay de este instrumento es gigante, en caso de operar ese mecanismo de ajuste en frontera por carbono que analizan Europa y Estados Unidos.
—¿La intención es que el impuesto a la emisión de CO2 recaude lo mismo que el Imesi actual o, ya que es alto, podría ser menos?
—Si fuera que se suplanta el Imesi viejo por el de CO2, se recaudaría lo mismo. Pero no está definido si va a ser el 100% que va a sustituir; la voluntad está más cerca de que sea del 100%, aunque eventualmente podría ser menos.