Las diferentes guerras de aranceles que Estados Unidos ha llevado adelante tienen un caso peculiarmente interesante en Japón. Es que el país asiático tiene como sector principal de su economía el automotor, que está amenazado de fuertes aranceles por parte de Estados Unidos, lo que le significaría miles de millones de dólares de pérdida de ingresos. Y todo eso porque el país asiático no ha dejado entrar unas pocas toneladas de arroz estadounidense. La ecuación económica de la postura japonesa no tiene mucho sentido, pero lo que está en juego es el honor: el arroz es sagrado.
Mientras en mayo los productores arroceros de Uruguay cerraban una gran cosecha, con una fuerte incertidumbre respecto a los precios que recibirían en un mundo muy bien abastecido, los consumidores nipones llegaron a pagar 5.000 yenes la bolsa de cinco kilos de arroz, unos US$ 7 dólares o $ 320 por kilo. Aunque en julio ese precio bajó a 4.000 yenes, unos $ 280 por kilo, cuatro veces más que en Uruguay.
Algunos residentes se quejan de que los turistas, que llegan a Japón en cantidades récord, están aumentando la demanda. Las medidas proteccionistas han provocado esta enorme presión. Japón cultiva el 99% del arroz que consume, y la producción es muy vulnerable a las crisis. La mala cosecha de 2023 sigue afectando al mercado.
El gobierno prácticamente ha agotado sus reservas en un intento de estabilizar los precios. Según un informe de The Economist, el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca suele almacenar alrededor de 910.000 toneladas de arroz, equivalentes a uno o dos meses de demanda. Tras repetidas ventas este año, solo quedan unas 100.000 toneladas.
Japón protege con subsidios y aranceles altos, excepto un cupo de 100.000 toneladas. Impone una tasa de 341 yenes (US$ 2,37) por kilo para las importaciones fuera de cupo. De esa manera protege a más de 1 millón de productores y “no sacrificará el sector agrícola en sus negociaciones arancelarias con Estados Unidos”, declaró el 1 de julio su principal negociador, después de que el presidente Donald Trump se quejara de que su principal aliado asiático no compraba arroz estadounidense.
La crisis también revela problemas estructurales más profundos. A medida que el consumo de arroz comenzó a disminuir, impulsado por los cambios en la dieta y el freno en el crecimiento de la población, el gobierno tomó medidas para evitar el exceso de oferta. Se pagó a los agricultores para que planten menos, con el fin de estabilizar los precios.
Aunque se descartó oficialmente en 2018, la política sigue vigente gracias a los subsidios que alejan a los agricultores del arroz hacia alternativas como la soja y el pienso. Esto ha creado un mercado con poco margen de maniobra, en el que pequeños contratiempos provocan graves perturbaciones, afirma Honma Masayoshi, del grupo de expertos Asian Growth Research Institute.
Las declaraciones de Trump han sido cada vez más amenazantes, reprochando a los asiáticos por no dejar entrar el arroz estadounidense, mientras Tokio se esfuerza por convencer a Estados Unidos de que elimine un arancel del 25% sobre los automóviles japoneses y un arancel recíproco del 24% sobre otras importaciones japonesas.
El arancel recíproco ha estado suspendido hasta el 9 de julio, pero Japón aún no ha cerrado un acuerdo comercial luego de tres meses de negociaciones, y podría volver. Si bien el sector automotor es el principal empleador y exportador de Japón, el sector agrícola ha sido tradicionalmente importante en lo cultural, hasta casi religioso.
“He afirmado repetidamente que la agricultura es la base de la nación”, declaró el principal negociador comercial y ministro de Economía, Ryosei Akazawa. “En las negociaciones con Estados Unidos nuestra postura se mantiene inalterada: no participaremos en conversaciones que sacrifiquen el sector agrícola”, declaró, y añadió que seguiría negociando para proteger los intereses nacionales de Japón.
Raíces culturales
Introducido hace más de 2.000 años por inmigrantes llegados de la península de Corea, para Japón fue una revolución económica la invención del riego para la producción arrocera y, desde entonces, los agricultores tienen una fuerte influencia política. Son 1,5 millones de productores que trabajan un área que en promedio es de 0,6 hectáreas. Con menos de una hectárea plantada sobreviven a partir del alto precio y los apoyos estatales.
El arraigo del arroz es tal que en julio de 1918 un grupo de mujeres empezó a protestar contra los altos precios y la exportación de arroz de su prefectura. Los disturbios, desencadenados por los aumentos, que contrastaban con el bajo precio que recibían los productores, se extendieron por todo Japón. Fueron violentamente reprimidos por 100.000 soldados y terminaron con la caída del gobierno.
Este año el ministro de Agricultura tuvo que renunciar por una broma. Afirmó que no tenía que preocuparse por el precio del arroz, porque sus seguidores se lo obsequiaban. El público se indignó y optó por dejar su cargo.
A principios de este mes, el nuevo ministro de Agricultura, Koizumi Shinjiro, anunció medidas para impedir las compras especulativas de arroz para su reventa. A partir del 23 de junio, vender granos a un precio superior a su precio original de venta conlleva una pena de prisión de un año, o una multa de hasta 1 millón de yenes (US$ 6.900).
A las molestias que el alto precio causa a los consumidores se suman las inquietudes de los agricultores, que hace poco hicieron un desfile de tractores por el centro de Tokio, acompañados por miles de manifestantes. Muchos de ellos eran productores de arroz con mamelucos y botas de goma, que portaban pancartas que decían “Los agricultores son un tesoro nacional” o “Sin arroz no hay vida”.
Una combinación de factores, como el envejecimiento y los bajos ingresos, ha obligado a muchos a abandonar la agricultura, afirmó Kanno Yoshihide, un agricultor que organizó la protesta (denominada Revuelta Campesina Moderna). “Es la primera vez que salimos a la calle a tal escala”, afirmó.
El gobierno comenzó recientemente a liberar 210.000 toneladas de sus reservas de arroz de emergencia, en una medida sin precedentes para reducir los precios.
La causa original de la escasez fue el calor abrasador del verano de 2023, que dañó los cultivos. Dado que el arroz se cosecha una vez al año, se almacena y luego se distribuye gradualmente, el impacto ha persistido. La cosecha 2024 no solucionó la escasez. Los restaurantes, impulsados por el regreso de los turistas, se abastecieron. Y algunos hogares comenzaron a acaparar en respuesta a las advertencias sobre una eventual escasez.
Las tensiones geopolíticas han reavivado el debate sobre la seguridad alimentaria y cómo aumentar la baja tasa de autosuficiencia alimentaria de Japón, que se situó en tan solo el 38% en 2023, muy por debajo del 83% de Alemania. El año pasado un número récord de agricultores se declaró en quiebra o cerró sus negocios, según Teikoku Data Bank, un centro de investigación citado por The Economist. Más del 60% tenían 70 años o más.
Gran parte de las tierras agrícolas de Japón son montañosas y están fragmentadas, lo que dificulta una expansión eficiente por falta de escala. En condiciones de libre comercio, productores de menos de una hectárea de superficie difícilmente podrían persistir, algo inadmisible para la cultura nipona.
Con elecciones parlamentarias el 20 de julio, es muy difícil que el gobierno ceda a las presiones estadounidenses.
Japón muestra un problema por el envejecimiento y despoblamiento en las zonas rurales, junto con los problemas de una economía cerrada. Pero al mismo tiempo hay algo también profundamente interesante en el carácter sagrado que le asignan al cultivo, que, como en el caso del té, es mucho más que un alimento: es parte de la esencia nacional, de rituales y no está sujeto a negociaciones que tengan más de imposición que de cooperación.