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    sábado 08 de junio de 2024

    'Guerra civil', última película de Alex Garland, muestra un Estados Unidos arrasado por el conflicto interno

    Esta alegoría distópica retrata el peor futuro posible para un país devastado por los excesos del populismo ultranacionalista

    Guerra civil (Civil War, Alex Garland, 2024) comienza con un plano cerrado del presidente de Estados Unidos (Nick Offerman), del que nunca se dice su nombre, mientras ensaya un discurso que está a punto de dar en la Casa Blanca. Habla de la muy cercana victoria de las tropas del gobierno contra los insurrectos estados de California y Texas, unidos contra la administración central. Acaba de producirse, dice, una batalla en la que su ejército obtuvo “lo que algunos llaman la mayor victoria militar en la historia de la humanidad”. La escena termina y no se vuelve a ver al presidente hasta los últimos minutos.

    Muy pronto nos enteramos de que no solo lo que afirma este presidente sin nombre no es cierto, sino que por el contrario las tropas rebeldes están a punto de atacar la ciudad de Washington y ganar la guerra. La acción salta a Nueva York, donde la fotógrafa de guerra Lee (Kirsten Dunst) y el periodista Joel (Wagner Moura) cubren los motines provocados por la falta de agua. Un policía antidisturbios golpea a otra joven fotógrafa, Jessie (Cailee Spaeny), Lee la protege y en ese momento aparece un loquito con una bandera estadounidense que lleva a cabo un atentado suicida y hace volar los camiones cisterna, a los policías y a los manifestantes. Lee sigue sacando fotos.

    Esa noche en el hotel donde se aloja la prensa, Lee y Joel hablan con Sammy, un veterano periodista del The New York Times con problemas de movilidad (Stephen McKinley Henderson), que logra que le confiesen sus planes: viajar por carretera hasta Washington y lograr una entrevista con el presidente, que lleva años sin conceder ninguna, antes de que sea derrocado y, nadie lo duda, ajusticiado. Sammy también logra convencerlos de que lo lleven en el viaje, al menos hasta el campamento rebelde más cercano a la capital: no puede ir más cerca porque no podría moverse en una ciudad en pleno combate, pero necesita estar lo más próximo posible al desenlace, porque tanto él como sus colegas son adictos a estar tan cerca como se pueda de las noticias. A la expedición se suma Jessie, que convence a Joel a pesar de la reticencia de Lee.

    De las conversaciones entre Lee, Joel y Sammy empieza a entreverse el panorama de lo que está pasando. Lo que se muestra es un futuro cercano, muy cercano, y para calcular qué tanto basta con escuchar el momento en que mencionan que el presidente está en su tercer mandato. O sea, culminó su segundo mandato constitucional y dio un golpe de Estado. Por lo tanto, se puede calcular que la acción transcurre dos mandatos y algunos años después de la siguiente elección estadounidense.

    El golpe presidencial destruyó la unión federal y propició la a primera vista muy improbable alianza entre el estado más liberal del país, California, y el más conservador, Texas, lo que en realidad tampoco es mucho más extraño que la alianza Estados Unidos–Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Gran parte del país permanece neutral, el estado de Florida está haciendo sus propios movimientos y algo pasó con Alaska, aunque no queda claro qué, pero al parecer ya no es parte de la nación. Luego del golpe el presidente disolvió el FBI y le dio libertad al Ejército para disparar contra ciudadanos estadounidenses dentro del territorio del país. Y un dato importante, Sammy les recuerda a Lee y a Joel que hay muy buenos motivos por los cuales no se le han hecho entrevistas al presidente: dentro de la capital a los periodistas se los considera enemigos de Estado y son ejecutados a primera vista.

    Sabiendo bien a qué se enfrentan, allá salen los cuatro a recorrer un país arrasado por la guerra, dividido en facciones que ni se conocen entre sí, repleto de combates entre milicianos, ejecuciones sumarias, atrocidades surtidas y masacres día por medio, donde las muertes se cuentan en millones. Lee y Jessie tienen mucho para fotografiar a medida que avanzan, y en el viaje la bisoña Jessie va aprendiendo el oficio y contagiándose de la adicción a la adrenalina (a medida que su vestimenta se vuelve más oscura) y Lee va desencantándose y perdiendo la pasión (a medida que su vestimenta se vuelve más clara).

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    Hoy se ficciona, mañana no

    El director, guionista y novelista Alex Garlan se especializa en películas fantásticas o de ciencia ficción: Ex Machina de 2015, Annihilation de 2018 y Men de 2022, además de la serie Devs de 2020, todas con guion propio. Tanto en los films de su autoría como en los que guionó antes (originales o adaptaciones) las historias son complejas, profundas y por momentos confusas. Con Men pareció haber derivado por un rumbo peligroso: la película, alegórica y fantasmal, es directamente incomprensible si el espectador no conoce el significado de una talla en piedra que aparece de forma breve en una escena en una iglesia. O sea, Garland pareció subirse al vagón de los directores estilo Christopher Nolan, más interesados en demostrar su propia inteligencia que en lograr aproximar la historia a su público. Las claves de lo que pasa, parece decir Nolan en pomposidades sobrevaloradas como Interstellar o Tenet, las tengo solo yo y, si el pobre espectador no sigue mi discurso, él se lo pierde por memo. Por ese camino va Men.

    Por fortuna, no hay nada de eso en Guerra civil, que es lineal, clara y directa. Por un lado es una película sobre corresponsales de guerra, género con abundantes títulos para rememorar, el más célebre de los cuales es Los sonidos del silencio (The Killing Fields, Ronald Joffe, 1984). Hasta hay ejemplos hispanos, como Territorio comanche (Gerardo Herrero, 2014), basada en la novelización que hizo Pérez Reverte sobre sus propias experiencias cuando cubrió la guerra de Bosnia. Ejemplos sobran, y todos se basan en las mismas premisas: lo inhumano de cualquier guerra y el efecto que provoca andar caracoleando en medio de alguna de ellas en quienes la cubren para la prensa. En ese sentido, Guerra civil es un drama extremadamente realista.

    Por otro lado, se trata de una película acerca de la desintegración violenta de Estados Unidos. También hay ejemplos en abundancia, tal vez no tantos en el cine. Una película mucho más barata pero efectiva es Bushwick (2017), dirigida por Jonathan Milott y Cary Murnion, un ejemplo de signo opuesto a Guerra civil, sobre una milicia que ataca Nueva York. En literatura sí hay más ejemplos en libros que a veces terminan en la pantalla, como en el caso de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, cuya trama tiene como detonante justamente una secesión. Y eso si no se toman en cuenta la montonera inabarcable de películas, series y libros ambientados en la guerra civil estadounidense, la original de 1861. Porque lo que le da mayor verosimilitud a las ficciones sobre el tema es pensar que, si ya pasó una vez, qué impide que el asunto se repita. Estados Unidos es un país que pretende amalgamar realidades muy distintas, abismos económicos y sociales, historias regionales muy diferentes, filosofías casi incompatibles y desigualdades de todo pelo y color. Incluso, en su retorcida democracia, en la que el voto de cada ciudadano tiene distinto peso según en qué parte del país viva. ¿Qué impide que cualquiera de estas divergencias termine en vecinos saltando a la garganta de vecinos, además del FBI y el machaqueo permanente de consignas patrióticas que no resisten ni un minuto de análisis lógico? De momento, parece decir Guerra civil, casi nada. Un presidente autoritario, delirante, desapegado de los valores democráticos y hasta humanitarios, mentiroso, egocéntrico hasta la insania. Un Trump, digamos. O un Bolsonaro, o un Milei, o cualquier otro ejemplo de los que tanto abundan en la actualidad. Un presidente populista que pretenda imponer su propia realidad y que no tenga mayores pruritos en echar mano a la asonada, el golpe o la desmantelación del Estado como herramientas para lo que él considera su visión política. Un gobierno que se mueve en el límite de lo constitucional está siempre al filo de cruzar la frontera. Un paso en falso y hay millones de muertos.

    En la película, claro, no hay nombres ni alineaciones ni partidismos explícitos. Pero tampoco hay dudas sobre qué se quiere decir. Se escamotea toda identificación, pero no el mensaje. En definitiva, Guerra civil es una advertencia. Ojo con el populismo ultranacionalista. Ojo con la posverdad. Ojo con la persecución a la prensa. Ojo con el cuestionamiento a los poderes del Estado. Ojo con demonizar a la oposición, a los movimientos sociales, a todo lo que no esté alineado con el poder. Ojo con Trump, dice Alex Garland, pero la lista de nombres que podrían usarse en lugar de ese es larga y oscura.