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La inflación en períodos de 12 meses completó dos años seguidos por debajo del 6%, el techo de un rango —con un piso de 3%— que el anterior gobierno tenía como objetivo; los nuevos jerarcas del Banco Central (BCU) hablan de un 4,5% como meta. Pero los empresarios y algunos otros agentes estiman que los precios minoristas subirán este año más que eso. “Anclar” sus expectativas de inflación es un propósito incumplido para la autoridad monetaria.
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Un reciente documento de trabajo del BCU, titulado “Comunicación visual versus textual: impacto en las expectativas de inflación de las empresas y la credibilidad del Banco Central”, explora de forma empírica y con un enfoque causal el efecto que tienen diferentes formatos de comunicación —gráfico, texto simple o texto complejo— sobre las expectativas de inflación de las empresas uruguayas y su confianza en la autoridad monetaria. Sus autores son tres economistas de la propia institución, Miguel Mello, Jorge Ponce y Luis Rodrigo Arnabal.
La muestra incluyó unas 400 empresas del sector privado con más de 100 empleados, divididas en cuatro grupos. Uno actuó como control y los otros tres recibieron la misma información sobre inflación y política monetaria, pero presentada de forma distinta. El testeo se canalizó a través de la encuesta de expectativas que realiza el Instituto Nacional de Estadística.
Los resultados muestran que solo el grupo expuesto al gráfico redujo significativamente sus expectativas de inflación a 12 meses. Este tratamiento logró compensar aproximadamente el 82% del efecto de los “prejuicios” inflacionarios previos, lo que representa un impacto significativo para un cambio de percepción basado exclusivamente en la forma de presentar la información. El texto simple también tuvo cierto impacto, logrando una compensación del 77% del sesgo previo, aunque menor y más sensible a la forma de medir las expectativas iniciales.
En cambio, el texto complejo no solo fue ineficaz para reducir las expectativas de inflación, sino que deterioró la credibilidad del BCU: las empresas expuestas a ese mensaje mostraron menor confianza en que la inflación se mantenga dentro del rango en los próximos dos años.
El estudio destaca que, en contextos con niveles diversos de alfabetización económica, los mensajes técnicos pueden causar desconfianza. Comunicar en exceso puede ser tan problemático como comunicar poco. En cambio, mensajes simples y visuales logran mayor claridad, reducen la dispersión en las respuestas y mejoran la alineación con las metas del Banco Central.
Sin embargo, los efectos fueron transitorios: dos meses después del experimento, el impacto desapareció. Esto plantea un nuevo reto para la autoridad monetaria: cómo sostener en el tiempo una narrativa clara y creíble que ancle las expectativas.
Más allá de los matices técnicos del análisis econométrico, la recomendación general que se desprende del trabajo es claro: los bancos centrales que busquen alinear mejor las expectativas de inflación de empresas no especializadas con sus metas deberían priorizar mensajes visuales o simplificados, evitando las comunicaciones innecesariamente complejas, que, lejos de educar, pueden erosionar la confianza.