“El arte es el mundo de las ideas, más allá de las tecnologías”, dice Fernando López Lage, pintor y curador uruguayo. Desde el otro extremo del espectro profesional, Alan Brande, experto en salud digital y CEO de una empresa de software médico enfocada en IA, lo expresa de otra forma: “La inteligencia artificial (IA) no va a reemplazar al médico, pero sí va a cambiar al médico que no la use”.
Aunque parezcan mundos lejanos, arte y medicina están siendo reformateados por una presencia cada vez más activa de esa nueva tecnología. Entre el temor a la obsolescencia, la fascinación tecnológica y el reacomodo laboral, la IA afecta a dos de los campos más simbólicamente humanos. ¿Qué significa crear, emocionar, diagnosticar o curar cuando una herramienta no humana puede hacer parte de ese trabajo? ¿Y qué pasa con los salarios, los derechos, la autoría?
Lo humano en entredicho
Para Marcelo Vidal, artista que firma con el apodo Chindogu y trabaja con sintetizadores, pantallas y sensores, la IA es una extensión. “Puedo llegar a caminos que antes me llevaban meses de investigación estética. Pero la obra sigue siendo mía”, señala a Búsqueda. Su temor no es al algoritmo, sino su uso empresarial: “Lo peligroso es que se use para pagar menos. Hoy podés acceder a imágenes sin contratar artistas”.
López Lage lo pone en perspectiva: “Cuando surgió la fotografía también hubo obras malas y buenas. La IA es una capa más. El artista que la usa bien es buen artista más allá de la IA”. Y agrega: “La IA compite con lo humano de igual a igual. Va a tomar datos de corrientes marinas, de la migración de las aves, de la fototaxis de las plantas. Va a dejar en offside a quienes dicen que solo sabe lo que le decimos los humanos”. Incluso la empatía, sugiere, podría ser replicada, así como existen fármacos para inducir estados emocionales, también podrían desarrollarse tecnologías capaces de simular o inducir respuestas empáticas.
Guido Iafigliola, artista digital y pionero en arte generativo, coincide en que el valor ya no radica en la herramienta. “Yo no sería artista si no existiera eso directamente”, señala a Búsqueda. Pero lo central, sostiene, es lo que uno tiene para decir. “Después de tantos años trabajando con máquinas, me doy cuenta de que no importa la herramienta. Lo que queda es lo que quise transmitir, las experiencias que me quedaron, el camino que recorrí”.
En el ámbito de la medicina, Brande proyecta un futuro cercano en el que los profesionales estarán asistidos por sistemas de IA capaces de detectar patrones clínicos sutiles —como alertar sobre la evolución negativa de un análisis de sangre— y actuar como copilotos en el proceso de diagnóstico. Pero no se trata de reemplazar al profesional: “La decisión final tiene que ser del médico. El peligro está cuando dejamos que la IA decida por nosotros. Ese es el verdadero riesgo”.
El precio de lo real
La IA está redefiniendo el valor del trabajo y la autenticidad. Brande lo dice sin rodeos: “En software, si no usás IA, no te contratan. En salud es un poco más complejo”. Aun así, los incentivos económicos no están alineados, plantea. “Los médicos mejor pagos deberían ser los más eficientes y empáticos a la hora de tratar a los pacientes, y eso te lo permite la IA”, señala. La ganancia más concreta, por ahora, es el tiempo: en muchos sistemas de salud, los médicos deben trabajar horas extra para documentar historias clínicas, una tarea que la automatización puede agilizar significativamente.
En el arte, el impacto es más difuso. Chindogu advierte que las plataformas desplazan a diseñadores, ilustradores y músicos. Pero también identifica un refugio creativo: “Lo que sí se puede potenciar es lo performático. La creación en vivo, la improvisación, la interacción con el factor humano. Ese contacto, para mí, mantiene su valor y quizás lo potencia”.
López Lage señala que “durante mucho tiempo fue el artista rey, la pieza única. Eso está en discusión”. Y propone una genealogía alternativa: “Amy Winehouse tuvo a Nina Simone antes. No le copió. Pero es parte de un sistema resonante. ¿Qué hace la IA? Lo mismo. El tema es que no nos gusta porque no es humano”.
Iafigliola también aporta una idea que trastoca el eje económico: “Estamos yendo a un mundo de costo cero. Antes hacer una canción costaba miles de dólares. Hoy cuesta casi nada. Lo mismo con las imágenes, las apps, el diseño. Todo tiende a valer cero”.
Este fenómeno —en el que la producción digital se abarata a niveles impensados— pone en jaque no solo a industrias creativas, sino también al modo de valorar el trabajo artístico. “Lo que está en juego no es la creatividad, es la mediocridad, los artistas que repiten fórmulas, que hacen lo predecible son los más expuestos. La IA ya los pasó por arriba”. En cambio, sostiene que la creatividad humana es escurridiza y siempre habrá quienes usen estas herramientas para lograr resultados sorprendentes. No cree que la “inteligencia artificial sea tan poderosa como para acabar con eso y menos entendiendo que se necesita creatividad para hacerla funcionar”.
La discusión sobre el valor no es solo cultural, también es económica. “Vos tenés una prenda de alta costura hecha en Francia y otra casi igual hecha en Bangladesh por mano de obra esclavizada. ¿Quién decide qué vale más? ¿La IA? No. Es el sistema”, sostiene López Lage.
Brande, desde su área, complementa que “la IA puede reducir desigualdades en salud porque hace que la atención sea más barata, más accesible y más eficiente”. Pero alerta que “la regulación a veces desincentiva la innovación. En Estados Unidos, por ejemplo, cumplir con Hipaa (sigla en inglés de la ley federal que fija estándares para proteger la privacidad y seguridad de la información médica personal) encarece todo, pero también protege”.
Entre resistencia y expansión
La adopción de la IA no es automática. Brande lo resume así: “Siempre va a haber resistencia. Pero el médico que no use estas herramientas va a quedar atrás. No porque la IA lo reemplace, sino porque no va a poder competir”.
En el arte, la tensión es similar. “Hay quienes quieren sostener la idea del arte como lo que nos hace humanos, y otros que piensan que justamente eso es lo que habría que perder para vivir mejor”, afirma López Lage.
Desde su experiencia, Chindogu ve en lo híbrido un camino fértil: la inteligencia artificial le permite resolver procesos que antes requerían un equipo o recursos difíciles de conseguir. Sin embargo, para él, sigue habiendo una distancia clara: no quiere que la IA cree por él. “Creo que la IA no es buena ni mala. Pero hay que tener pensamiento crítico para no atrofiarse. Usarla está bien, pero hay algo en el proceso creativo, en las imperfecciones, esas cosas no tan lógicas, propias del ser humano, que enriquecen la obra”, reflexiona.
Iafigliola también propone un enfoque educativo, no punitivo: “Regular demasiado frena la innovación. En vez de poner barreras, deberíamos enseñar a usarla mejor. Uruguay tiene una oportunidad única para destacarse si apuesta por el talento y la formación”. Su metáfora de la IA como cantera de mármol lo resume bien: “Ya no picás la piedra. Pero sí decidís qué forma tiene, por qué la querés y para quién. El valor humano se desplazó al inicio y al final del proceso: al criterio. En entender para qué lo hacés y para quiénes lo hacés, ese es el gran diferencial”.
Desde el campo de la salud, Nicolás Nin Vaeza —médico intensivista, investigador y especialista en gestión sanitaria— subraya en diálogo con Búsqueda una diferencia clave: la medicina está hecha de grises, de cuerpos particulares, no de generalidades estadísticas. “No es una ciencia exacta. Y los márgenes de error que tolera la IA son más estrechos que los de la práctica clínica humana”, sostiene.
Su advertencia no es contra la IA en sí, sino contra su implementación sin marco ético ni comprensión del contexto clínico. Considera que esta tecnología, que “vino para quedarse”, es una “herramienta maravillosa, pero hay que utilizarla de una manera seria y éticamente correcta”. Nin Vaeza no cree que saque recursos desde el punto de vista asistencial, aunque en los procesos administrativos “es otro cantar; la automatización de cosas, obviamente, puede bajar fuentes laborales”.
La conversación no termina. “¿Qué es lo que quieren rescatar del humano? Este es un mundo con siete guerras. Preguntás a cualquiera si está a favor de la guerra y te dice que no. Y sin embargo, hay siete guerras. ¿Qué queremos salvar exactamente?”, plantea López Lage.
La IA no vino a responder esas preguntas. Pero sí a cambiar los términos en los que se formulan. Y en ese desplazamiento —entre la decisión médica, el collage generativo, la firma digital y la remuneración simbólica— se está jugando parte del futuro del trabajo, del arte y de lo humano.