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    ¿Es demasiado tarde para salvar la democracia liberal?

    El libro de Daron Acemoglu es un llamado urgente a la acción en favor de una nueva política de prosperidad para todos

    Comentarista económico principal

    Daron Acemoglu, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), es el analista contemporáneo más influyente en lo que respecta a los vínculos entre la economía, la tecnología y la política. En 2024, ganó el Premio Nobel de Economía por su trabajo pionero en economía política, junto con dos de sus coautores: James A. Robinson, de la Universidad de Chicago, y Simon Johnson, del MIT.

    El libro más reciente de Acemoglu —¿Qué pasó con la democracia liberal?— es oportuno e invita a la reflexión. También es un importante llamado a la acción, y por buenas razones: las libertades, ganadas con tanto esfuerzo y tan valiosas, están ahora en riesgo. Este libro tampoco es una simple polémica; se basa en hechos.

    Sobre todo, el libro aborda preguntas fundamentales. ¿Qué es el liberalismo? ¿Por qué es tan valioso? ¿Por qué presenta conflictos internos? ¿Qué lo ha puesto en peligro? Y, sobre todo, ¿cómo podemos salvarlo?

    Su análisis de estas preguntas parte de un punto fundamental. A diferencia de muchos liberales partidarios del libre mercado, insiste en que “la democracia . . . no está en contradicción con las ideas liberales ni es un complemento, sino una parte integral de los valores del liberalismo”. ¿Cuál es, después de todo, el valor de la libertad de pensamiento y de expresión si no pueden tener ningún efecto político? La libertad, insiste, tiene que ver al menos tanto con la política democrática como con los mercados.

    Para aclarar su postura, distingue “tres vertientes”, o tradiciones intelectuales, del liberalismo.

    En el primer bando se encuentran los defensores “progresistas” de la libertad, entre los que destaca Jean-Jacques Rousseau con su concepto totalitario de la “voluntad general”. Acemoglu sostiene que Rousseau es el antecesor intelectual de nuestros “ingenieros sociales” contemporáneos, en particular aquellos que buscan imponer las normas culturales “correctas” a la sociedad. En el segundo bando se encuentra la tradición liberal clásica, cuyo defensor más influyente en tiempos recientes fue Friedrich Hayek. Esta tradición define la libertad como “no interferencia”, principalmente por parte del Estado.

    Acemoglu se sitúa en un tercer grupo, que los europeos llamarían “socialdemocracia”, pero que los estadounidenses conocen principalmente como “liberalismo”. La idea central aquí es la “no dominación”: si las personas no gozan de un grado de seguridad económica y protección frente a actores privados dominantes —a menudo depredadores— no pueden ser verdaderamente libres. Esto limitará entonces su capacidad para concebir nuevas ideas y hacer cosas nuevas, que son los motores del progreso.

    ¿Cuál es, después de todo, el valor de la libertad de pensamiento y de expresión si no pueden tener ningún efecto político? La libertad, insiste, tiene que ver al menos tanto con la política democrática como con los mercados.

    Para aclarar por qué esta libertad que él defiende es tan valiosa, Acemoglu plantea cuatro premisas y cuatro pilares construidos sobre ellas.

    Su primera premisa del liberalismo es la falibilidad: debemos creer y actuar basándonos en la convicción de que podríamos estar equivocados. Éste es el fundamento del aprendizaje. Su segunda premisa es que nuestro aprendizaje tiene sus raíces en la comunidad. La tercera es que, si permitimos el debate abierto y la experimentación, surgirá lo que él denomina una tendencia “suave” hacia la mejora del conocimiento. Su última premisa es que el conocimiento colectivo hace que la sociedad humana funcione.

    Su primer pilar, entonces, es la necesidad de experimentar. El segundo son las ideas relacionadas de la no dominación y el autogobierno. El tercero es el crecimiento económico. El crecimiento no lo es todo, pero si se gestionan los costos ambientales y sociales del crecimiento y se comparten ampliamente los beneficios, es la base del progreso social. El pilar final es el “comunitarismo suave”, con lo que se refiere a equilibrar los derechos de los individuos con los de las comunidades en las que están integrados.

    Sobre estos pilares, Acemoglu sitúa su gran idea del “liberalismo de clase trabajadora”. Este concepto, afirma, se basa en la experimentación y en las libertades de asociación y de expresión; desconfía del poder excesivo; recurre a la redistribución; permite que los menos favorecidos participen más plenamente; valora el crecimiento; busca proporcionar buenos empleos para todos; y valora la comunidad, la confianza y el intercambio de conocimientos útiles.

    Daron Acemoglu.

    Daron Acemoglu.

    El liberalismo, especialmente en su forma posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue un triunfo. Fomentó la ciencia, condujo a una expansión sin precedentes del conocimiento, apoyó el autogobierno democrático, creó servicios públicos exitosos, promovió la emancipación social y política y dio lugar a un aumento sin precedentes de la prosperidad.

    Sin embargo, por desgracia, la versión del liberalismo de Acemoglu no es ni remotamente perfecta.

    Algunas de sus dificultades recientes se deben a contradicciones inherentes. Acemoglu las resume como las “tres I: inclusión, ignorancia e intolerancia”.

    La inclusión consiste en incorporar a grupos anteriormente excluidos, como los pobres marginados, las mujeres, las minorías y los inmigrantes, al tiempo que se busca que los grupos ya establecidos se reconcilien con estos cambios en sus posiciones relativas. La ignorancia se refiere a lidiar con creencias ampliamente difundidas que son erróneas o, peor aún, incompatibles con la armonía social. La intolerancia es el mayor desafío de todos: ¿qué grado de intolerancia pueden (y deben) tolerar los liberales?

    Sin embargo, los grandes problemas que ahora afectan a la democracia liberal no tienen su origen tanto en estas contradicciones de larga data sino en los enormes cambios en la situación económica relativa.

    Lo que Acemoglu denomina el “pacto industrial” —la industrialización masiva, el crecimiento económico, los sindicatos y los salarios altos y en aumento— ha sido el pilar de los sistemas políticos de los países de altos ingresos. Pero luego llegó la desindustrialización, una guerra contra los sindicatos y la caída de los salarios relativos de los trabajadores con menor nivel educativo. Al mismo tiempo, hubo una enorme expansión de las universidades y el surgimiento de una clase enorme de graduados, con valores diferentes a los de la antigua clase trabajadora, pero también con aspiraciones que la economía no podía satisfacer.

    Sobre todo, el libro aborda preguntas fundamentales. ¿Qué es el liberalismo? ¿Por qué es tan valioso? ¿Por qué presenta conflictos internos? ¿Qué lo ha puesto en peligro? Y, sobre todo, ¿cómo podemos salvarlo?

    Sin embargo, éstos no han sido los únicos cambios. También ha sido significativa la nueva política cultural y de identidad de la izquierda, que chocó con una política cultural y de identidad de la derecha en auge. Estas divisiones fracturaron la antigua coalición entre los graduados liberales y la clase trabajadora, con tendencias más conservadoras en el ámbito social, un proceso acelerado por la enorme expansión en el número de miembros del primer grupo.

    Para empeorar aún más las cosas, sostiene Acemoglu, especialmente en Estados Unidos, está el auge del sector tecnológico, con sus actitudes sociales y políticas elitistas y antidemocráticas. Pero la cultura del sector tecnológico, sugiere, no es tan importante como sus algoritmos, especialmente su impacto en la difusión de información y opiniones en las redes sociales. Ahora, además, también contamos con el impacto creciente y aparentemente incontenible de la inteligencia artificial (IA).

    El análisis que hace el libro de estos cambios económicos, sociales, culturales y tecnológicos es su parte más importante. Explica no sólo por qué se han ido desmoronando las antiguas lealtades a los partidos políticos, sino también el auge del populismo de derecha e izquierda.

    Todo esto se ve bastante sombrío. Entonces, ¿qué sugiere Acemoglu que se debe hacer dentro de su marco de “liberalismo de clase trabajadora”? Recomienda cinco conjuntos de medidas.

    En primer lugar, debería haber una “nueva comprensión del valor de la comunidad como nexo de autogobierno, experimentación e intercambio de información”. Esto incluiría un mayor recurso a las asambleas ciudadanas. En segundo lugar, debería haber un retorno a las ideas fundacionales del liberalismo: la libertad y la igualdad, incluyendo la limitación de las desigualdades opresivas. En tercer lugar, deberíamos elaborar “una narrativa unificadora que resalte los puntos en común entre las diversas comunidades”. En cuarto lugar, deberíamos crear “una agenda para regenerar la prosperidad compartida mediante la construcción de mejores instituciones y tecnologías que puedan generar abundantes y buenos empleos para trabajadores con diversas habilidades”. Por último, debe haber “un compromiso de brindar servicios públicos eficaces y ampliamente accesibles”.

    Me gustaría creer que tal regeneración de la política de mediados del siglo XX es factible. Por desgracia, no lo creo.

    Una gran dificultad es que las “comunidades” que él elogia son un arma de doble filo. Dividen con la misma frecuencia con la que unen. En las sociedades occidentales actuales, “multiculturales” e ideológicamente divididas, la lealtad a la comunidad suele ser un factor de intensa división.

    Otra dificultad es el poder aparentemente incontenible de los oligarcas tecnológicos, al menos en el mundo occidental. Nadie ha podido hasta ahora controlar los algoritmos que emplean ni las tecnologías que desarrollan, por muy peligrosas que sean.

    Otra posibilidad es que Acemoglu sea simplemente demasiado optimista respecto a nuestra capacidad colectiva para moldear la tecnología a nuestro antojo. En cambio, las nuevas tecnologías se desarrollarán de la manera que sus creadores consideren más rentable, como ha sucedido normalmente.

    La posibilidad más preocupante de todas es que el tren de su versión de la democracia liberal ya haya partido de la estación. Históricamente, casi todas las sociedades han funcionado ya sea bajo lo que Acemoglu denomina la “jaula de las normas” o bajo jerarquías opresivas que además imponen una desigualdad política, social y económica extrema.

    La industrialización cambió esto, ya que movilizó y organizó a la clase trabajadora. Ahora, a medida que la industrialización se desvanece, corremos el riesgo de volver a la autocracia o, como en China, de intentar adoptar la tecnología sin abrir la jaula autocrática.

    La pregunta más importante que este importante libro no logra responder es cómo, incluso si fuera realmente deseable, resurgirán las fuerzas políticas necesarias para lograr la restauración del liberalismo de mediados del siglo XX.

    La idea más importante de Karl Marx fue que la ideología política y el orden social son consecuencia de la tecnología. Su mayor error fue no comprender cómo la industrialización y el crecimiento ampliarían, de hecho, el poder político más allá de la “burguesía”.

    Sin embargo, ahora, en la era de la desindustrialización y la IA, parece que estamos llegando al final de esa era, tal como explica el libro de Acemoglu. ¿Es realmente posible restaurar la política de una era tecnológica y económica que está desapareciendo?

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