La dolarización que prometió el presidente Javier Milei durante su campaña para la economía argentina luce más lejana. Cada vez más.
Un informe del Banco Central argentino señaló que el gobierno se encamina a la competencia monetaria; el término “competencia de monedas” está incluido tres veces en el documento y la palabra “dolarización” no se menciona
La dolarización que prometió el presidente Javier Milei durante su campaña para la economía argentina luce más lejana. Cada vez más.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn público, Milei no reniega de algún día llegar a adoptarla (aún), pero el contexto local e internacional ponen las cosas cada vez más difíciles.
Hace poco, el Banco Central publicó un documento en el que habla de una hoja de ruta para el dólar en la Argentina. Menciona un esquema de “competencia de monedas” y no el término dolarización.
Por otro lado, el dólar a nivel mundial se está apreciando y complica cada vez más a las economías que ya han dolarizado, como Ecuador o El Salvador.
Finalmente, el gobierno parece haber encontrado en el descenso de la inflación, de principio de año a acá, un bálsamo del cual será difícil desprenderse.
Con el salario promedio de los trabajadores formales en la Argentina cerca del nivel de la canasta básica de pobreza, la pregunta es: ¿a cuánto aumentaría la cantidad de pobres en el país si hoy se avanzara hacía una dolarización? ¿Tolera un gobierno incipiente como el de Milei un nuevo salto en los niveles de pobreza a medida que el recuerdo de la herencia de Alberto Fernández queda atrás?
Veamos.
Un informe reciente del Banco Central de la República Argentina señaló que el gobierno se encamina a la competencia de monedas. El término competencia de monedas está incluido tres veces en el documento y la palabra dolarización no se menciona.
Las autoridades económicas, en off the record, admiten incluso que la dolarización no está cerca y, para ellos, aunque no lo dirán nunca públicamente, no es ni siquiera una potencial línea de trabajo.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), por su parte, tampoco dirá públicamente que se opondrá a la dolarización si es el deseo de las autoridades, aunque antes preferirían evaluar cuáles son sus impactos y consecuencias. El staff del organismo todavía no recibió ningún pedido para hacer esas mediciones.
Por otro lado, hace poco, el ministro de Economía, Luis Caputo, directamente dijo que como el gobierno no piensa emitir más pesos, los argentinos deberán usar sus ahorros en dólares para pagar obligaciones tributarias en moneda nacional.
Es lo que muchos llaman “dolarización endógena”. Pero esa no es la operación original que el gobierno había prometido.
El segundo elemento que complica el plan dolarizador, como hicieron Ecuador o El Salvador, es el factor externo.
Hoy en día, el dólar se encuentra en su punto más alto a nivel mundial en 20 años (desde la presidencia de George W. Bush). Y los países que tienen sus monedas atadas al dólar, o, quizá peor, que utilizan el dólar en sus economías como moneda de circulación, resultaron perjudicados por este fenómeno. De hecho, la revista The Economist, en un reciente artículo, explica cómo Ecuador, Panamá y El Salvador se encuentran sufriendo por ello y, por lo tanto, aconseja que la Argentina no siga por igual camino.
La dolarización facilita una mayor integración económica porque disminuye los costos de transacción a la hora de comerciar, dice en su artículo The Economist. Pero si los productos que se ofertan no son competitivos, ya sea porque son más caros o de peor calidad, la dolarización hace más difícil aprovechar esas oportunidades. Un trabajo reciente publicado en Journal of Applied Economics halló que el dólar no logró mejorar el comercio en la región.
“Una política fiscal estricta se vuelve importante —dice el artículo— porque los países no pueden emitir para cubrir el agujero. Pero aún así en estos tres países que se dolarizaron los déficits se flexibilizaron y la deuda luce preocupantemente elevada. El FMI dice que la deuda de El Salvador es ‘insostenible’”.
¿Y entonces?
“Estas dificultades deberían hacer reflexionar a Javier Milei, el presidente de Argentina, quien hizo campaña para adoptar el dólar y cerrar el Banco Central —concluye la revista británica—, podría argumentar que al eliminar el déficit fiscal y eliminar regulaciones, está haciendo que la economía argentina sea lo suficientemente flexible como para beneficiarse de la dolarización. Y es ciertamente cierto que América Latina ha abusado de la depreciación de sus monedas para encubrir fallas en sus políticas. Pero la experiencia muestra que, lejos de ser una panacea, dolarizar puede terminar creando un castigo para uno mismo”.
El dólar a nivel global puede encarecerse cuando ocurre un cambio brusco en las tasas de interés en Estados Unidos. Una mayor retribución del dinero incentiva la entrada de capitales que buscan rendimientos más elevados y eso es lo que ha sucedido en Estados Unidos, llevando a apreciar su moneda con las consecuencias que ello trae, una menor competitividad para sus exportaciones.
Por supuesto que esto no significa que en el futuro el dólar no cambie de tendencia y adopte una más a favor del país.
La Argentina ató su moneda al dólar entre 1991 y 2002, un período en el que le sucedió algo parecido a lo que cuenta The Economist para estos tres países latinoamericanos hoy en día. El dólar se apreciaba y la industria argentina terminó en bancarrota. Justo cuando la Argentina abandonó la convertibilidad —en medio de un proceso de quiebras y rupturas de contratos que llevaron la pobreza a más del 50% de la población—, el dólar a nivel mundial empezó a depreciarse.
El problema que acarrean propuestas como la dolarización es que suelen adoptarse en plena emergencia (caso Ecuador o la híper en Venezuela) y son exitosas solamente para ese objetivo: la emergencia. Pero sus alcances para el crecimiento y desarrollo son limitados.
Cuando la dolarización ya se adoptó (o un esquema de tipo de cambio fijo), los países no tienen más que resignarse a esperar a que el dólar se deprecie y, de ese modo, obtener una ventaja cambiaria.
Por último. Es interesante detenerse un minuto sobre lo que ha dicho el candidato republicano Donald Trump en estos últimos días: en caso de ser presidente, dijo que quiere un dólar más depreciado, o sea, más conveniente para los industriales y las empresas de su país. Y, por lo tanto, de los países dolarizados.
En una entrevista que brindó a Bloomberg Businessweek, el expresidente cuenta cómo China y otros países (principales de Asia) producen muchos de los productos que Estados Unidos construía décadas atrás, y eso ha significado la pérdida de millones de puestos de trabajo.
Para Trump esto no ha sido más que producto de la manipulación de China de su moneda (yuan) y de que Estados Unidos no respondió de la misma manera (culpa a Barack Obama y a Joe Biden de ello, ya que en su gestión el dólar, efectivamente, ganó competitividad). Hoy las bicicletas en Walmart son más baratas, dice el candidato republicano, pero los buenos puestos de trabajo no están más. Se calcula que la manipulación cambiaria china le ha costado a Estados Unidos más de 5 millones de puestos de empleo y Trump hace foco en ello. Cuenta, además, que cuando era presidente, el CEO de Apple, Tim Cook, planteó en una reunión con él por qué los aranceles de las importaciones de China eran tan altos, y Trump le respondió: “Si no quieres pagarlos, puedes fabricar en tu país y pagarías menos impuestos”.
Argentina es un país pequeño y abierto al mundo. Lo que pase en Estados Unidos en los próximos meses y en 2025, será crucial no solo para la economía global, sino también para la local. Un eventual acuerdo con el FMI, la futura inserción en el mundo, son todas fichas aún en juego. Definir hoy la dolarización en medio de tantas incertidumbres locales como internacionales no parece ser la prioridad de Milei. Y no lo será.