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¿Existe una estética oficial de la era Milei o de la derecha global?
El gobierno argentino no tiene una política cultural explícita, pero sí encarna, en cambio, y de manera potente y evidente, un tipo de estética visible
Homo Argentum, la película elegida por Milei para ver con todos sus ministros.
Partamos de una pregunta, o, mejor dicho, partamos de preguntarnos si podemos plantear una pregunta: ¿es posible preguntarnos si existe una estética oficial de la era Milei, o, más allá, de la extrema derecha global? Nos preguntamos por la legitimidad de la pregunta porque puede parecer forzada o extrema. Pero nada más alejado de eso. La relación entre política y estética, entre Estado y cultura ha sido clave en la formación de imaginarios sociales a lo largo del siglo XX y XXI. Todos sabemos que hubo una estética oficial soviética (el realismo socialista), así como hubo una arquitectura fascista, e incluso nazi. Los gobiernos democráticos, obviamente, construyen una relación con lo estético y lo cultural por fuera de la dimensión totalitaria pero no por eso menos presente.
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En el caso argentino, en los 40 (con un revival en los 70) hubo una cultura y una estética peronista. El auge, en los 40 y mediados de los 50, de la radio y la naciente televisión fue una pieza clave en esa dimensión. Lo popular y lo masivo mediático confluyeron en un estilo bien marcado. A la salida de la última dictatura, a partir de 1983, de un modo más modesto, el gobierno de Alfonsín (que leía la idea de “batalla cultural” de Gramsci en términos socialdemócratas) impuso una estética que se evidencia en películas como La historia oficial (ganadora del Oscar en 1986), que daba cuenta de la interpretación que de la historia argentina tenía el alfonsinismo. Más tarde, el kirchnerismo intentó una alianza entre el peronismo y sectores progresistas —lo que se llamó transversalidad— y generó un tipo de estética en el que la tradición nacional y popular convivía con esos sectores provenientes del progresismo.
Llegamos finalmente al presente, al gobierno de Milei en Argentina, que es concomitante con varios otros gobiernos de extrema derecha global, comenzando por el de Trump en Estados Unidos. Pero mientras Milei se presenta, según su propia definición, como “un topo que viene a destruir el Estado desde adentro”, Trump mantiene un discurso de tipo nacionalista (o más bien chauvinista) que coloca al Estado en un lugar más prominente. Al intentar reducir el Estado al mínimo, el gobierno de Milei no tiene, casi, política cultural en sentido institucional. La Secretaría de Cultura es una entelequia, del mismo modo que las demás instituciones culturales pertenecientes al Estado. Esta decisión es acompañada por un marcado discurso de odio hacia los actores de la cultura, acusados de corruptos, ladrones o zurdos (como si ser de izquierda fuese sinónimo de ser corrupto o ladrón). No hace falta aclarar, además, que los miembros del campo cultural argentino no son solo de izquierda, los hay de todas las líneas e ideologías, incluso de derecha.
Ahora bien, al mismo tiempo que el gobierno argentino no tiene una política cultural explícita, sí encarna, en cambio, y de manera potente y evidente, un tipo de estética visible, reconocible (y reconocida) que hace sintonía con grandes sectores de población. Pero antes de avanzar con este tema —que es el nudo de este artículo— permítanme contar una anécdota que tiene el carácter de anécdota ejemplar: el presidente Milei vio la película Homo Argentum. Le gustó tanto que luego invitó (es decir, obligó) a sus ministros a verla junto a él (que la veía por segunda vez) en la residencia presidencial. Es cierto que el actor protagónico y los directores del filme manifiestan permanentemente un apoyo militante al gobierno. Pero no es solo por esa amistad ideológica que a Milei le encantó la película, sino porque el filme expresa una carga estética-ideológica que recorre buena parte de la sociedad. Así tituló el diario español El País la noticia: “Homo Argentum, la película que Milei muestra a sus ministros en su guerra anti woke”. La película es, para Milei, ante todo una máquina de guerra, y, precisamente como una máquina de guerra es que Milei concibe su relación con la cultura y la estética. La cultura es una zona a destruir. Lo woke (término que se impuso en Estados Unidos y que Milei reproduce en Buenos Aires sin éxito alguno: la palabra no penetró en la vida cotidiana) remite al progresismo, al pensamiento de la diversidad, la diferencia y la tolerancia, conceptos que Milei abomina uno a uno.
Entonces, ¿es posible pensar la destrucción sin construcción? ¿Milei destruye, pero no construye nada? Esa sería una idea absolutamente equivocada. Hay en Milei —y en las extremas derechas globales— una fuerte capacidad constructiva, y una igualmente fuerte capacidad para dar testimonio del estado estético de buena parte de la sociedad. Detengámonos un momento aquí. ¿Estado estético de la sociedad? ¿Qué significa esa frase? Para comprenderla, debemos remitirnos al concepto de estética social, formulada originalmente por el sociólogo alemán Georg Simmel a principios del siglo XX, y cuya tradición continúa hasta el presente. Por “estética social” Simmel entiende un modo específico de sociabilidad (el principio fundamental de lo social, en el que los individuos interactúan de forma mutua, influyéndose recíprocamente) y por lo tanto se enfoca en cómo las interacciones sociales y las formas de convivencia crean y son afectadas por la percepción y la sensibilidad. Para él, la sociabilidad es una acción recíproca que surge de intereses y crea mutua influencia. Simmel analiza fenómenos sociales, como la moda, el dinero y la vida, en la metrópolis para entender cómo estos dan forma a la personalidad y a las relaciones, integrando los contenidos (como los sentimientos) en estructuras sociales.
Milei logró entender, tal vez como nadie, el modo que adopta buena parte de la estética social en la Argentina contemporánea: la descomposición social. La crisis del lazo social. El auge del individualismo extremo. De la crueldad. De la pérdida en la confianza en las salidas colectivas a los problemas sociales. Milei es la expresión estética de ese estado de descomposición social. De putrefacción de una gran parte de las creencias que guiaron a la Argentina durante décadas, como precisamente la preeminencia de lo colectivo y la búsqueda de la justicia social. Homo Argentum es una película sobre el cualunquismo y el sálvese quien pueda (a favor de eso). Ya no hay lazo social solidario, ni ningún otro tipo de vínculo entre las personas que no sea la competencia, el engaño y la mentira. Es con esa estética social que Milei hace sintonía ideológica.
Al pasar, muy rápidamente, agreguemos que ese componente estético de Milei se apoya en varias instancias. Quisiéramos brevemente reparar en dos (aunque son muchas más). En primer lugar: una masculinidad que se percibe amenazada por el empoderamiento creciente de las mujeres, y que reacciona de manera agresiva y brutal. El antifeminismo del mileismo no es un dato menor, sino una parte central de esa estética neofascista que los caracteriza. La figura del león, como depredador, con la que se identifica (hasta en las canciones que se cantan en sus actos) expresa en realidad al macho asustado porque la mujer ahora tiene un poco más (solo eso: un poquito más) de poder. Ese sentimiento está muy expandido entre los varones jóvenes, a los que Milei representa con total naturalidad.
Dos: la timba financiera entendida en forma virtual, como el mundo de las plataformas y las criptomonedas. El affaire Libra no es tampoco un dato menor, sino otra pieza de la estética social de disolución de lo estatal y los valores que el Estado transmite (como el deseo, casi nunca cumplido, de igualdad). El auge de las apuestas virtuales (que ya es prácticamente una epidemia entre los adolescentes) es uno de los rasgos centrales del capitalismo neoliberal y de las extremas derechas globales. Los valores históricos del trabajo, de la movilidad social ascendente (en crisis desde hace décadas) son reemplazados por el de la ilusión del lucro rápido, sin ningún marco ético. Podría mencionarse varios otros aspectos que marcan lo social-estético en la Argentina contemporánea (muchos de ellos surgidos durante la pandemia, cuando tomó visibilidad el discurso de extrema derecha), pero nos detenemos aquí por razones de espacio.
Milei es obviamente un político, con su carga ideológica. Pero, ante todo, Milei es el nombre que expresa una estética social.