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    Por qué Argentina tuvo un año de locos en 2025 y qué espera para 2026

    El respaldo de Estados Unidos suavizó la incertidumbre y moderó el shock político, pero no alteró el diagnóstico de fondo: a la Argentina le faltan reservas y la desconfianza del mercado continuó

    Columnista de Búsqueda

    Si un lector desprevenido ve una foto de la economía argentina a fines de 2024 y una actual, podría decir que el plan de Milei resultó un éxito y no sufrió ningún traspié.

    La inflación en la Argentina descendió de 117% anual a 30% (era de 200% cuando Milei asumió a fines de 2023), la economía creció alrededor de 4% y el gobierno fue revalidado en las urnas en las elecciones legislativas. La imagen gubernativa está en niveles parejos a los de principios de año. El índice de confianza de UTDT en noviembre se ubicó en el punto más alto desde febrero.

    Sin embargo, una lectura así del 2025 de Milei llevaría a una conclusión errónea sobre qué pasó durante estos 12 meses en la Argentina. A tal punto que el Milei que termina el año no habla de motosierra, el equipo económico lanzó un programa para acumular reservas contra lo que sostenía hasta hacía poco y Estados Unidos brindó un apoyo sin precedentes al país.

    Como decía el economista argentina Lucio Reca, “la Argentina no es un país cíclico sino ciclónico”, y la volatilidad sin lugar a duda fue la característica sobresaliente de 2025.

    El riesgo país hoy es más bajo que a principios de año, sin embargo, en el medio pegó un salto abrupto y llegó a 1.400 puntos. Lo mismo ocurrió con las tasas de interés e incluso con la actividad que llegó a desplomarse para luego recuperar.

    También el dólar, que en un momento llegó al techo de la banda (N.E.: en la Argentina rige un sistema de bandas cambiarias), vivió bajo tensión durante tres días en setiembre cuando el Banco Central vendió unos US$ 1.100 millones y pocas horas más tarde el Tesoro de Estados Unidos anunció una ayuda de una línea financiera (swap) que ayudó a descomprimir la corrida cambiaria.

    Sin duda que uno de los hitos económicos del año fue la salida del cepo en la Argentina. Desde 2019 pesaba una restricción sobre los argentinos para la compra libre de dólares. Finalmente, Milei levantó la prohibición en lo que fue la antesala de un nuevo programa que firmaron la Argentina y el Fondo Monetario. Como consecuencia de ello, y debido a la historia argentina de inflación alta y la desconfianza en el peso, las personas se abalanzaron sobre los dólares y compraron US$ 36.000 millones desde que se levantó la prohibición.

    El gobierno intentó que los argentinos utilizaran los dólares atesorados para consumir bienes y así dinamizar la economía. Eso mismo hicieron países donde funciona el bimonetarismo, como Uruguay o Perú.

    En la Argentina hay unos US$ 200.000 millones depositados fuera del sistema financiero. Sin embargo, las personas de aquí piensan tres veces antes de desprenderse de un dólar. De hecho, compran todo lo que pueden con sus pesos argentinos. Y así lo hicieron. Luis Caputo, el ministro de Economía, desafió a los argentinos este año cuando en una presentación respondió críticas acerca de que el tipo de cambio estaba retrasado. “Si querés comprar dólares comprá, campeón, no te la pierdas”. No lo hicieron.

    El segundo momento de estrés del gobierno surgió tras el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires. Fue adverso para Milei. El dólar escaló a $ 45 y el tipo de cambio quedó apenas 3% por debajo del techo de la banda ($ 1.425). Ahí vinieron esos tres días en los que el Banco Central vendió reservas.

    El respaldo de Estados Unidos suavizó la incertidumbre y moderó el shock político. Pero no alteró el diagnóstico de fondo: a la Argentina le faltan reservas y la desconfianza del mercado continuó a tal punto que Caputo no puede todavía volver a los mercados internacionales.

    Tampoco alcanzó con el repunte inesperado un mes después de las elecciones bonaerenses, en los comicios legislativos nacionales. Allí La Libertad Avanza se impuso con más holgura que en las presidenciales de 2023. Pero el riesgo país siguió sin perforar los 600 puntos y el Banco Central tuvo que introducir nuevas modificaciones en su esquema cambiario para seducir a los inversores.

    La economía creció 4% en promedio este año respecto a 2024. Cuando se mide “punta a punta” el desempeño (de enero de este año a hoy), la actividad en promedio prácticamente no avanzó y si lo hizo, fue poco. ¿Por qué? Porque hubo sectores que lo hicieron muy mal (industria, construcción, básicamente) y otros muy bien (campo, energía y minería).

    El desempleo, por su parte, no se disparó como en otras épocas de ajuste o liberalización de la economía (por ejemplo, los años 90). Según el último dato del organismo argentino de estadísticas (Indec), la desocupación en el tercer trimestre cayó a 6,6% respecto al trimestre anterior y al mismo período del año pasado.

    ¿Hasta qué punto el gobierno de Milei está construyendo un proceso económico irreversible? ¿Acaso la desinflación, la desindustrialización, la mayor apertura de la economía llegaron para quedarse?

    Los cambios que atraviesan la estructura económica argentina en sectores como el energético y el minero, además del campo y las industrias del conocimiento, son globales. Sus industrias albergan empresas que requieren de mayor integración con el mundo y adoptar decisiones a gran escala para mostrar precios competitivos frente a sus pares globales. De hecho, hay firmas que necesitan ampliar sus mercados para dar el salto tecnológico.

    Desde ese punto de vista, las reformas que busca Milei servirían para que muchas de estas firmas se vuelvan más competitivas y la Argentina se integre más al mundo. Se trata de una de las economías más cerradas de la región.

    Desde ese punto de vista, revertir la desinflación y el ordenamiento que Milei logró hasta aquí sería costoso para cualquiera que asumiera su lugar porque podría dañar esta estructura económica que se perfila hacia el futuro.

    De todas formas, la respuesta definitiva a si el plan de Milei será o no desmantelado al día siguiente de que el presidente termine su mandato (2027 o 2031 si resulta reelecto) dependerá de los resultados que obtenga (o no) en estos próximos años. Y esto será fundamental.

    Uno de los aspectos salientes que marcó la vida política este año ha sido que los dirigentes con más empatía con el público fueron quienes supieron reconocer o hablar de problemas en concreto. No importa si se trata de políticos de izquierda o derecha, si se llaman Zohran Mamdani o Milei, sino que sepan dónde está el nervio o la fibra que atraviesa la decepción de las poblaciones con el establishment y las elites. En el caso del primero fue el costo de vida de Nueva York y en el segundo la tasa de inflación en la Argentina. Incluso Donald Trump cuando les habló a los trabajadores del Rust Belt de Estados Unidos, desplazados por la competencia china, no dudó en que la mejor herramienta para contar en público eran las tarifas a las importaciones chinas.

    Mamdani, Milei, Trump, todos se parecen en algo. Son todos políticos que, sin importar su ideología, demuestran una sensibilidad para hablar de los temas que importan.

    Un tema que concentrará las miradas del año próximo son las elecciones legislativas de Estados Unidos. ¿Cómo impactaría un revés de Trump en la confianza que los inversores tienen depositadas sobre la Argentina si el presidente de Estados Unidos se convierte en un pato rengo?

    La oposición demócrata ha hecho pedidos de informes al Tesoro de EE.UU. para que brinde más detalles sobre la ayuda que prestó a la Argentina. ¿Puede enfrentar riesgos de juicio político Trump en caso de ser derrotado en los comicios de 2026? ¿Cómo impactaría en la Argentina o en el compromiso de ayuda?

    El contexto económico mundial luce a favor de economías como la argentina y la uruguaya. La mayoría de los reportes anticipa un ciclo de recortes graduales de la tasa de interés de la Reserva Federal, un dólar más débil y precios buenos para las materias primas. Entre los riesgos, figuran el temor de un burbuja bursátil alrededor de las inversiones en inteligencia artificial y la geopolítica, de la mano de la tensión entre Rusia y Europa por el territorio ucraniano. También la relación entre Washington y Pekín. Feliz año, lector.

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