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Las películas que narran procesos judiciales se han consolidado a lo largo de la historia como un género cinematográfico con identidad propia. Estas obras, centradas en los dilemas de conciencia de los jurados populares que deben tomar decisiones (como la icónica 12 hombres en pugna, de Sidney Lumet, o la más reciente Jurado nº 2, de Clint Eastwood) o en cómo el poder influye a menudo obstruyendo el cumplimiento de la Justicia (históricamente relacionado en el cine norteamericano con temas de racismo o con el peso de las corporaciones), comenzaron a incluir la perspectiva de género en el siglo XXI. Esta inclusión ha sido fundamental para desentrañar y criticar el funcionamiento de la Justicia institucional, muchas veces marcada por una visión sexista que ignora las diversas dificultades que enfrentan las mujeres. Un ejemplo emblemático es la vida de Ruth Bader Ginsburg, miembro de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, quien luchó por los derechos de la mujer a partir de una interpretación brillante de la letra de la ley. Sobre ella se han realizado un documental maravilloso (RBG, 2018) y una película de ficción menos impactante, On the Basis of Sex (2018), dirigida por Mimi Leder.
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En Argentina, el género no era muy frecuentado hasta que los estragos de la última dictadura militar dieron paso a varias películas ambientadas en tribunales, como El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, y Argentina 1985, de Santiago Mitre, que se centra en el Juicio a las Juntas y depende fundamentalmente de los acontecimientos en los estrados. El secreto de sus ojos gira alrededor de un femicidio y, en el caso de la película de Mitre, aunque no aborda la historia desde una perspectiva de género (ya que las víctimas podían ser hombres, mujeres, niños o niñas), el testimonio ficcionalizado de Adriana Calvo, interpretada por Laura Paredes, extrae toda la potencia de la vulnerabilidad de una mujer que además es madre.
Pero este año al menos dos películas argentinas exploraron las relaciones entre Justicia y patriarcado, narrando los avatares de la ley desde una perspectiva de género: Belén, de Dolores Fonzi, y La mujer de la fila, de Benjamín Ávila. Ambos films están basados en hechos reales. La mujer de la fila, con una actuación notable de Natalia Oreiro, cuenta la historia de una madre cuyo hijo, un adolescente, es arrestado por un delito que supuestamente cometió. Al principio, la madre piensa que se trata de un error, pero, poco a poco, comprende que su hijo se ha relacionado con malas compañías y que no es tan inocente como pensaba. Un acierto de esta película es que, aunque se basa en una historia real, no separa la ficción del documental, como suelen hacer las películas “basadas en hechos reales”, y mezcla ficción y testimonio, recreación y documental. En una escena, Andrea, el personaje de Natalia Oreiro, dialoga con familiares de personas presas, y así comparten sus experiencias y las vejaciones que enfrentan en un sistema penal que las somete a situaciones extremas (además, claro, de la mirada social que parece no creer ni en la rehabilitación y que es impiadosa al juzgar las faltas de los otros). De esta manera, la identificación que el espectador tiene con el personaje de Natalia Oreiro (bastante fluido y naturalizado por el carisma de la actriz y porque se trata de una ficción) es trasladada a una zona más ardua para el espectador: identificarse con las mujeres reales que enfrentan una situación extrema y que podría pasarle a cualquiera (ese parece ser el fondo aleccionador de la historia narrada por Ávila).
Belén, candidata argentina al Oscar por Mejor película extranjera, narra la agonía de una joven tucumana (cuyo nombre se mantiene en el anonimato), encarcelada y juzgada por haberse practicado un aborto en el baño de un hospital. Interpretada por una excepcional Camila Plaate, la protagonista, a quien se le asigna el nombre de Belén para proteger su identidad, encarna una combinación perfecta de vulnerabilidad y fortaleza, lo que la convierte en un símbolo de lucha con el que el espectador se identifica de inmediato. El film presenta varios puntos de vista: el de Belén, el de su abogada Soledad Deza (interpretada por Dolores Fonzi) y el de los colectivos feministas de pañuelo verde, símbolo de la lucha por la legalización del aborto. Esta narrativa coral evidencia cómo la lucha por las reivindicaciones feministas requiere del esfuerzo individual, la prensa, la política, la militancia y, sobre todo, la transformación de la Justicia.
Una de las grandes innovaciones de los movimientos surgidos con la consigna “Ni una menos”, que lucha contra la violencia de género, ha sido desenmascarar las relaciones entre la Justicia institucional y la justicia cotidiana, así como entre los códigos legales y el patriarcado, y entre la ley y la cultura. Esta transgresión, cultivada en la literatura y las artes, ha revelado un núcleo machista y un papel de las mujeres como objetos de deseo cosificado. Varios escritores han sido revisados desde esta nueva perspectiva, lo que ha llevado a la lucha por una revisión tanto de la naturaleza de las leyes como de los jueces que administran la justicia, promoviendo la inclusión en el código penal de términos como femicidio y violencia de género y revisando conceptos como patria potestad.
Basada en un libro de Ana Correa, Belén añade otro elemento a esta lucha al desarrollarse en Tucumán, una provincia del norte con un fuerte carácter simbólico debido a numerosos acontecimientos históricos que han tenido lugar allí: desde la declaración de la independencia en 1816 hasta el título Tucumán arde de 1968, el evento artístico-político más importante de la historia del arte argentino; desde el llamado Operativo Independencia, en el que el ejército combatió al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), hasta el caso Marita Verón, una joven capturada por una red de trata, y el del exgobernador José Jorge Alperovich, acusado y condenado por la violación de su sobrina.
Embed - TRAILER - La Mujer de la fila - Natalia Oreiro, by Benjamín Avila - 2025
Aunque las luchas se dan a escala nacional (y Belén muestra la importancia de nacionalizar el caso), en algunas provincias del norte deben luchar con la estructura persistente del cacicazgo y clases dirigentes muy conservadoras. En noviembre, en la provincia de Chaco, se llevó a cabo el juicio por el femicidio de Cecilia Strzyzowski, que resultó en cadena perpetua para la familia Sena, vinculada al poder político del exgobernador Jorge Capitanich. Este fallo fue celebrado por colectivos de mujeres. Es verdad que acá no se trataba de grupos feministas (el pañuelo rosa reemplazó al verde), pero el fenómeno tiene las mismas raíces: el funcionamiento de estados provinciales muy autoritarios con sociedades conservadoras y prácticas violentas que descargan su represión sobre varios sectores de la población, entre ellos, las mujeres.
Belén traza una genealogía de las luchas del pañuelo verde y conecta su caso con la legalización del aborto, que finalmente se logró en 2020 tras numerosas votaciones frustradas y marchas multitudinarias. La película de Fonzi, casi con un enfoque pedagógico, expone las luchas diarias por desafiar prejuicios sociales y denuncia una insidiosa campaña mediática y judicial que utiliza la culpabilización como su arma más poderosa. No solo se las considera culpables, sino que muchas veces llegan a creer que son responsables o cómplices de lo que les ha sucedido. La valentía de esta joven, cuyo nombre se desconoce, radica en su decisión de luchar hasta el final para demostrar su inocencia, y encuentra la solidaridad de una abogada (Soledad Deza) que ha navegado por los laberintos de los tribunales y comprende cómo opera el sistema. Para desarmar el sentido común instalado de que Belén es culpable, la abogada debe ir a la televisión a discutir y enfrentarse también al sistema de salud: “Llegué al hospital a que me ayudaran —dice Belén en un momento— y terminé presa” (en la misma línea está la película 26 noches de Daniel Hendler). La eficacia de Belén está en que apela a los sentimientos y a la militancia, pero no deja de investigar los funcionamientos de un entramado institucional que lleva años y que todavía sobrevive. Escenas como las del accidente del auto de la abogada muestran que no solo se trata de un alegato político, sino de entender las relaciones entre ser mujer, la ley y la subjetividad en una sociedad que, en la repartición de atributos, fue particularmente cruel con el que alguna vez se denominó “sexo débil”.