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    A veces llegan cartas del asteroide B-612

    Cada tanto el viento separa de los desechos verdaderas confesiones del pasado, como una carta de amor de una mujer rechazada que firma simplemente “Yo”, se muestra ferviente lectora de El Principito y le pide a su amante: “Me encantaría que me domesticaras”

    Columnista de Búsqueda

    Este gusto por andar levantando papeles del piso es algo más que curiosidad. ¡Y cuántas cosas tira la gente! Además de plásticos, se descarta lo que ayer fueron deseos. El contenedor es un espejo descarnado de nuestro tiempo. A veces aparto una hoja manuscrita de los trastos y ahí mismo la leo. “¿Se le ha perdido algo, señora?”, me han preguntado con cierta frecuencia. “No, no”, respondo, y me voy despacio.

    Es que hay manías inconfesables. Así como los paleontólogos entrenan el ojo para descubrir fósiles, yo aprendí a ver de lejos una postal contra las baldosas. Si me atrevo a levantarla, voy directo a lo que me interesa: el reverso. Observo la armonía de la letra, los sellos, y trato de componer en mi mente la figura de quien la escribió. Son escritos viejos. En general, de gente que ha muerto. Los dolores que un día lastimaron ya no duelen y pasado un tiempo prudencial alguien da por cerrada la herida, la mete en una bolsa negra y la lleva al contenedor. Pero en este país, por más que anudes la bolsa, la basura camina lejos.

    Después de una lluvia larga conviene recorrer el barrio con la mirada atenta. El mal tiempo favorece la purga de los roperos y las nostalgias se descargan más rápido cuando sale el sol. El resto lo hace el viento del sur. Los papeles se van por las suyas, golpean contra los muros y al final caen exhaustos.

    Mi vicio es vichar a hurtadillas la vida escrita por otros. Hace unos días encontré en la vereda una carta de amor. La trajo la última tormenta. Era, es, porque aún la tengo, la carta de una mujer rechazada que firma simplemente “Yo”, como si fuera única en el mundo. Ha sido una lectora ferviente de El Principito. Cree de verdad en la filosofía del viajero del asteroide B-612 y, abrazada a las palabras del personaje, emprende la reconquista del amante. Con una letra exquisita, sobre un papel ilustrado con motivos infantiles, “Yo” escribió a Jorge el 9 de setiembre de 1984 lo siguiente:

    No sabes cuántas veces viene a mis pensamientos el diálogo del zorro y del principito. Me encantaría que me domesticaras, que pudiéramos crear lazos porque si tú me domesticas tendremos necesidad uno del otro. Entonces serás el único del mundo para mí y yo seré para ti la única en el mundo. Porque si tú me domesticas mi vida se iluminará. (…) Vuelvo del sueño y te pido que si en estos días te das cuenta de que me querés, que puedo ser algo en tu vida (aunque ya me has contestado que no), que me domestiques. (…) Yo te amé, te amo, estoy dispuesta a cambiar, no depende de mí, depende de ti y luego de los dos. Solo te pido que si todavía no tenés tu vida resuelta, me sepas perdonar, me domestiques, y si la tenés resuelta no me mientas y me lo digas.

    Carta-de-amor

    El Principito fue un libro ineludible para mi generación (en orden decreciente le seguía El lobo estepario de Hermann Hesse). Venerado como un mito moderno por la mayoría y denostado por unos pocos escépticos, no hubo manera de esquivarlo. Hasta quienes decían no leerlo lo leyeron. La frase “Lo esencial es invisible a los ojos” la veíamos en las puertas de los baños y ni que hablar en los pósteres de las galerías. El fracaso de aquella prédica idealista contra la obsesión de la riqueza hoy está a la vista. Se siguen acumulando estrellas. Por lo demás, leído en clave feminista, domesticar suena terrible. Al parecer, se trata de una sutileza de la traducción. En francés el verbo es apprivoiser, que significa en sentido figurado algo así como “ganarse la confianza o familiarizar”. Claro, “quiero que te familiarices conmigo” carece de la fuerza de “quiero que me domestiques”. Ni parecido.

    Las cartas olvidadas, perdidas, conservan con más intensidad los trazos del pasado, errores y virtudes. Durante la pandemia, Cecile Filippi, una mujer que trabajaba en un centro de reciclaje en el sur de Francia, encontró 200 cartas escritas por un combatiente de la Segunda Guerra Mundial. Iban dirigidas a mademoiselle Aimée Randonnet.

    “Cuando veo transcurrir días tan bellos, en los que podríamos pasar nuestra juventud tranquila, me parece que es más que sangre lo que pierdo, mi pequeña Aimée, no puedes imaginarte cuánto miedo me da y qué harto estoy de estar aquí”, escribió el soldado.

    Cecile Filippi, en vez de incinerar el paquete con las 200 cartas, puso un aviso en las redes sociales y logró devolverlas a la familia. Más concretamente, a las hijas de Aimée, que eran también las hijas de Pierre, el soldado de esta historia.

    A mí me gustaría hacer lo mismo, devolver la carta a su dueña o su familia para que la arrullen en la tibieza del hogar y le den un final más digno. Pero todas somos “Yo” y no sé cómo buscarla. Por ahora, la conservo entre las páginas de una vieja edición de El Principito hasta que llegue el día de limpiar el ropero. Su destino, si no hay noticias de la dueña, será el fuego. Una carta de amor no merece morir en la basura.

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