La historia de esta soflama atraviesa todo el siglo XX y adquiere un protagonismo intenso durante la Guerra Fría, pero su definición ha tomado varias formas desde entonces. El sociólogo James Davison Hunter argumenta que en un número creciente de “temas candentes” como aborto, tenencia de armas, privacidad, uso recreativo de drogas o censura, existen dos polaridades definibles. En sus palabras, la sociedad se ha dividido ante estos asuntos hasta constituir dos grupos contendientes, definidos no solamente por etnicidad, clase social o afiliación política, sino por cosmovisiones ideológicas. Hunter caracteriza esta polaridad como proveniente de impulsos opuestos: progresismo y ortodoxia. Sin embargo, otros observadores han adoptado la dicotomía con etiquetas diferenciadas entre "progresistas secularistas" y "tradicionalistas".
La batalla cultural se pierde en detalles aparentemente nimios, como cuando en una pizzería, un padre y una madre se sientan a una mesa y atienden absortos a las pantallas de sus respectivos celulares mientras su hijo menor, frente a ellos, mira la incambiada escena durante largos minutos de silencio.
La batalla cultural se pierde cuando se adoctrina y se impone una ideología sin ofrecer las herramientas pedagógicas fundamentales para formar sujetos libres.
La batalla cultural se pierde cuando una estadística confirma que cuatro de diez estudiantes universitarios no entienden el párrafo de un texto medianamente complejo.
La batalla cultural se pierde —como dijera Jorge Abbondanza— “cuando no se entiende que la verdadera distribución de la riqueza, más allá del bienestar material, es la riqueza educativa, cultural y moral; las cuales permiten tener una idea de los principios del relacionamiento y la coexistencia armónica con los demás. Nada de eso es excluyente con los subsidios económicos que se ofrezcan al bolsillo, sino en todo caso complementario y apremiante, porque sin esos respaldos no habrá planes asistenciales que valgan.”
La batalla cultural se pierde cuando los medios de comunicación, en el uso inalienable de su libertad y sus intereses económicos, se complacen en detenerse, sin ningún pudor, en el crimen y en el fútbol como los únicos dos ejes de la crónica nacional.
La batalla cultural se pierde debajo de la desidia administrativa y la indiferencia colectiva cuando mueren en un centro penitenciario reclusos carbonizados como consecuencia de un incendio no extinguido a tiempo.
La batalla cultural se pierde cuando se demora en denunciar y apartar de un partido político a un intendente departamental luego de haberse comprobado hechos delictivos vinculados a su gestión. Incidentes graves que desnudan el papel que el clientelismo y el desapego republicano juegan en ese continuo tráfico de influencias.
La batalla cultural se pierde cuando un diputado nacional depone sus fueros debido a un requerimiento de la Justicia —debido a hechos de corrupción que luego son confirmados por la Ley— y todos los correligionarios de su partido lo aplauden de pie (o lo reubican en la función pública u organizan caravanas de desagravio o lo retiran disimuladamente de la escena).
La batalla cultural se pierde cuando los ciudadanos, absortos en sus dilemas inmediatos, no reparan en la soberanía de nuestra nación ni en la suerte o desdicha a futuro que se corre con la gestión del agua, la tierra, la energía o nuestros puertos.
La batalla cultural se pierde en el momento en que una senadora de la República desprecia el voto de los habitantes del interior (voto adverso a su partido) afirmando que “es gente más conservadora y tiene un nivel educativo menor que el resto”.
La batalla cultural se pierde cuando, a la hora de defender a un artista cancelado por una administración municipal, los eventuales acusadores de ese hecho arbitrario no apoyan ninguna iniciativa de reclamo en favor del artista violentado en su libertad de expresión.
La batalla cultural se pierde, por tanto, cuando los productores de hechos culturales se subordinan al mandato de la corrección política, lo cual explica —en parte— aquella ausencia de respaldo.
La batalla cultural se pierde cuando una gestión municipal del interior del país decide desafectar el Departamento de Cultura, cerrar el museo departamental y dejar sin fondos a la actividad artística local.
La batalla cultural se pierde cuando un escritor justifica los agravios discursivos de un expresidente de la República en el entendido de que, debido a la historia de su accionar político, se ganó el derecho a proferir todo tipo de insolencias, volteretas morales y procacidades.
La batalla cultural se pierde cuando se utilizan distintas varas, parámetros y valores para medir el cohecho y la connivencia. (El tristemente célebre “roba pero hace”).
En suma, la batalla cultural se pierde cada vez que se realiza una “carrera de peores” y solamente se condenan las debilidades del “otro”. Esto se forja bajo la tutela de una memoria que selecciona y recorta las acciones perpetradas en desmedro del cuerpo social, según lo ejecuten propios o ajenos.
La batalla cultural se pierde, como afirmara el cineasta brasileño Glauber Rocha, en el mismo momento en que se confunde populismo con cultura popular.
La batalla cultural se pierde cuando comienza a extinguirse la crítica especializada; un eslabón imprescindible entre los artistas y el público aficionado.
La batalla cultural se pierde cuando importa más el porte de genitales del artista que su propia obra. O lo que es igual: la “visibilidad” física y sexual del autor es más relevante que toda su producción simbólica.
En consecuencia, la batalla cultural se pierde el mismo día y en el mismo momento en que se empiezan a dinamitar los conceptos de sexo, género, especismo, autopercepción etaria, arte y cultura.
Como contrapartida, la batalla cultural se pierde cuando no hay resistencia alguna a la cultura globalista que ordena cuándo, cómo y por qué se deben cancelar artistas y obras de arte —de cualquier época— que puedan mancillar el relato hegemónico.
Si bien un idiota no deja de ser idiota por ser famoso, la batalla cultural se pierde cuando la presencia del artista es suplantada por la popularidad del idiota.
La batalla cultural se pierde cuando se protege o se alienta el vandalismo de las pintadas callejeras a monumentos patrimoniales en el entendido de que quienes ejercen “ese modo de expresión” lo hacen a partir de un derecho político legítimo.
La batalla cultural se pierde cuando las personas que dicen salvaguardar toda forma de proteccionismo y defensa a los más desposeídos alientan el consumo de géneros musicales que fomentan el acoso, el consumo de drogas y la violencia.
La batalla cultural se pierde cuando el secretario general de un partido político rinde alabanzas a la historia de un guerrillero latinoamericano, el cual llevó adelante juicios sumarios y fusilamientos a sus adversarios cautivos o derrotados.
En este sentido, la batalla cultural se pierde cuando se separan las dictaduras buenas o “democracias diferentes” de las dictaduras malas, las “hambrunas inevitables” de las hambrunas criminales, los “fusilamientos inapelables” de los fusilamientos genocidas, la “represión policíaca adecuada” de la represión fascista, los “desaparecidos necesarios” de los desaparecidos como consecuencia del terrorismo de Estado.
Por lo mismo, la batalla cultural se pierde cuando se justifica o se condena una represión gubernamental de acuerdo a las banderas que portan las tanquetas de guerra. Al mismo tiempo, se sugiere que parte de la responsabilidad de los muertos la tienen los civiles que se exponen delante de ellas.
La batalla cultural se pierde cuando un ex vicecanciller justifica la relación con “gobiernos ideológicamente afines” y pocos ciudadanos reparan en los regímenes de esos países o reflexionan sobre los significados de esa aparente afinidad.
La batalla cultural se pierde, en definitiva, cuando desaparece el espíritu de servicio de un gobierno y en su lugar se promueve el deterioro de los principios que sostenían la honorabilidad de sus gobernantes.
La batalla cultural se pierde cada vez que perdemos la memoria de nuestra historia y nos acostumbramos a la ausencia de reflexión profunda. Eso es determinante para que la amistad entre los sujetos que piensan distinto quede sumergida bajo un mar de eslóganes, chicanas y crecientes visos de reproches y deshonestidad intelectual.
Así, la batalla cultural se pierde cada vez que el sentido crítico agoniza bajo el peso de la reacción automática y los barnices de la mística.
Habida cuenta de un listado que promete ser inagotable, al final del día todos seremos víctimas y obligados a ser victimarios de una batalla cultural que difícilmente tendrá vencedores.
Especial para Búsqueda.
Oscar Larroca es artista visual y ensayista.