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Acaba de aparecer en Buenos AiresNo entender, la autobiografía póstuma que Beatriz Sarlo dejó escrita justo antes de morir, el 17 de diciembre de 2024, a los 82 años. El libro narra básicamente la infancia y los años de formación de quien fue, sin dudas, la intelectual argentina más destacada desde el regreso a la democracia, en 1983. La trayectoria y la obra de Sarlo nos invitan a pensar en ella, o mejor dicho, no pensar en Sarlo, sino pensar a Sarlo. Pensar su trayectoria como un modo de testimoniar acerca de una época que se termina. Porque con Sarlo se va un tipo de figura intelectual que ya casi no existe más (o que existe de modo residual o marginal). Sarlo llegó a ser una gran intelectual pública. Una figura de referencia omnipresente en el espacio público. Y eso, sin perder jamás un ápice de complejidad intelectual o de sofisticación teórica. Sarlo no era una intelectual mediática, o una ensayista de divulgación, o menos aún una opinóloga de los medios de comunicación. Era una intelectual que tomaba la palabra pública y su voz tenía un inmenso alcance, que llegaba tanto al mundo intelectual y académico, como al universo político, al periodismo y los lectores curiosos en general.
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De alguna manera, entonces, fue la última intelectual argentina (y tal vez latinoamericana) del tipo que los franceses llaman “Maître à penser” (maestro pensador), esa clase de figura que tiene una línea que conduce a la academia, al saber riguroso, al curso profesoral; y otra línea que lleva al espacio público, a la toma de palabra sobre temas culturales y políticos con gran llegada a los lectores y a la comunidad toda. Ese fue el tipo de gran intelectual propio del siglo XX, y es esa figura que, pasadas ya las primeras dos décadas del XXI, parece estar llegando a su fin. De hecho Sarlo los admiraba: admiraba a Pierre Bourdieu y a Walter Benjamin, a Susang Sontag y a Roland Barthes, entre muchos otros. Se sentía parte de esa tradición, heredera de un legado.
Otro tanto podría decirse de Horacio González, tal vez el otro gran intelectual argentino contemporáneo de Sarlo, muerto un poco antes que ella, en 2021, durante la pandemia de Covid. González fue, al mismo tiempo, antagonista y referente para Sarlo. Una, ella, no peronista, no kirchnerista, progresista en clave socialdemócrata. El otro, González, director de la Biblioteca Nacional durante todo el kirchnerismo, anclado en la tradición nacional y popular, de una prosa oscura frente a la claridad de la de Sarlo.
Las preocupaciones de Sarlo eran varias y entrelazadas: una, pensar la política. Otra, pensar la literatura. Otra más: reflexionar sobre los cambios culturales. Esos tres temas centrales, entre otros más, aparecían, en mayor o menor medida, en todos sus escritos. Y en todos, además, hay un tema que los atraviesa, el gran tema de Beatriz Sarlo: La Argentina. Los mismos temas que atraviesa la obra de González. Solo que en dirección opuesta. No obstante, cuando murió González, Sarlo escribió: “Éramos criollistas. Nos interesaban los mismos temas y los dos trabajamos en ese campo amplio y difuso de la historia cultural, literaria y política del Rio de la Plata. No coincidíamos sino en la pasión argentina”. Sarlo fue una especialista en cultura argentina, política argentina y literatura argentina. Y, al mismo tiempo, fue profundamente cosmopolita (tal vez allí se esconda algo de lo poco virtuoso que tiene la Argentina, cuando funciona bien: una mezcla exacta de pensamiento nacional y formación cosmopolita). Sarlo, como decíamos, encarnó, por última vez, la figura del gran intelectual. Nunca salió de ellos. Pero ese no salir implicaba que los usaba para pensar “el acá”. Lo que pasaba en su “acá”, en Argentina. En estos últimos 40 años, no hubo tema de debate cultural y político importante en que Sarlo no haya intervenido significativamente. Su palabra ocupaba un lugar central, incluso para discutirla, criticarla o hasta para ironizar sobre ella (la ironía fue, tal vez, el gran rasgo ausente en su obra, hasta que en sus últimos años empezó a ironizar sobre ella misma, demostrando tener un sentido del humor brillante, muy alejado de su imagen de profesora rigurosa, que tuvo durante décadas).
Buena parte de esas intervenciones la expresó en Punto de vista, la revista que dirigió entre 1978 y 2008. Decir 1978 no es un chiste: en plena dictadura genocida, Sarlo decide sacar una revista cultural de tono crítico. Antes, desde fines de los 60 y hasta mediados de los 70, había militado en diversas organizaciones de izquierda, incluso maoístas. Muchos de sus compañeros fueron desaparecidos, y otros tantos se marcharon al exilio. El campo intelectual quedó fragmentado, disminuido, estallado, diezmado. Sarlo, primero en la clandestinidad y luego en la superficie, decidió, con gran riesgo, quedarse en Buenos Aires. Y con un grupo de intelectuales (en contacto con otros que estaban exilados, en especial en México) decidió crear Punto de vista que, en sus 30 años de duración se convirtió en la revista cultural más importante de su tiempo en Argentina y, me animaría a decir, en América Latina. Antes, o al mismo tiempo que sus decenas de libros, no sería exagerado decir que Punto de vista fue la gran obra de Sarlo.
Punto de vista, junto con otras revistas de la época, como La ciudad futura (cuyo primer número salió en 1986, ligada a un grupo de intelectuales, entre ellos Sarlo, que se nucleaba en torno al Club de cultura socialista) fueron también las grandes revistas de la transición democrática y de los cambios políticos que allí se encarnaron. Ese es otro dato no menor en Sarlo y en el grupo de intelectuales con los que intervenía: el fundar un pensamiento sobre la democracia. La democracia, como teoría política pero también —y sobre todo— como forma de vida, no había estado demasiado presente en la Argentina de los 60 y 70. Una parte muy importante de los intelectuales pensaba la política en términos revolucionarios (ya sea desde el marxismo, el peronismo de izquierda u otras tendencias). Y del otro lado, los militares y la opinión pública antiperonista recurría a golpes de Estado permanentes. Entre ellos el de 1976, el más violento de todos, el más genocida en la historia argentina y de América Latina. La democracia, de un lado y del otro, era conceptualizada no como un tema central sino, en el mejor de los casos, como una transición (ya sea hacia la Revolución, o hacia otro golpe de estado militar). Con la derrota de las organizaciones revolucionarias, en un grupo de intelectuales, entre ellos Sarlo, apareció un pensamiento de la democracia como un valor en sí mismo. La democracia como una forma de vida y un modo de organización social y político positivo. Sarlo ocupó un lugar central en ese nuevo pensamiento, que dura hasta el día hoy (o, tal vez, que duró hasta el día de hoy: actualmente en Argentina el gobierno de Milei viene a discutir esos consensos, y los riesgos de un nuevo neofascismo están a la orden del día). Rápidamente Sarlo se posicionó en una opción de una izquierda democrática liberal, de tipo socialdemócrata, que mantuvo hasta el final de sus días. Eso la hizo convertirse en una de las más acérrimas críticas al kirchnerismo, al que le cuestionaba su tendencia populista. Pero, al mismo tiempo, fue igualmente acérrima crítica del gobierno de Macri, al que le cuestionaba su tendencia neoliberal en lo económico y su evidente ignorancia en lo político y cultural. Para el kirchnerismo era vista como una macrista que no se animaba a asumirse como tal. Para el macrismo era una izquierdista que no entendía lo novedoso del modelo neoliberal en curso. Sarlo estaba sola. Sin embargo, a su muerte, muchos intelectuales cercanos al kirchnerismo la elogiaron, y la reivindicaron como una gran intelectual y una firme polemista.
Con Sarlo y con González, como símbolos, parece terminar una época. La del gran intelectual erudito y popular a la vez. Sus muertes cierran un ciclo, pero a la vez, abren otro, o, tal vez, abren una pregunta: ¿Qué es hoy un intelectual, un gran intelectual? ¿Cómo pensar la reflexión crítica, en un mundo sin “Maîtres à penser”? La ausencia de figuras como Sarlo y González, entre muchos otros, deja una estela imposible de llenar. Quizás nuestro desafío, el de nuestra época, resida en pensar nuevos modos de intervención, nuevas ideas, nuevas escrituras.