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Lo generado durante los últimos días por el director técnico de la selección uruguaya, Marcelo Bielsa, va más allá del fútbol, de la Copa América, de la Conmebol y de sus declaraciones y acusaciones, que se hicieron virales en gran parte del continente. Tiene una lectura que trasciende al ámbito futbolístico y al político vinculado a ese deporte y que habla mucho de la idiosincrasia uruguaya, esa de la que solemos enorgullecernos pero a la que recurrimos demasiado poco.
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Lo que hizo Bielsa fue criticar con dureza a la organización de la Copa América 2024, desarrollada en Estados Unidos, y en forma indirecta a las autoridades continentales y mundiales del fútbol, agrupadas en la Conmebol y la Fifa. Habló del poder del dinero, de periodistas comprados, de presiones a técnicos y jugadores para que se mantengan en silencio y de intereses ocultos que siempre se terminan ubicando muy por encima de lo deportivo.
Defendió además a un grupo de jugadores uruguayos que, luego de perder una semifinal con la selección de Colombia, se enfrentaron en la tribuna a golpes de puño con algunos hinchas de ese país, que habían tenido actitudes hostiles hacia sus familiares, presentes en el estadio. Justificó la ira de los futbolistas y reclamó que no sean sancionados, acusando a los organizadores de ser responsables de los desmanes por no contener a las hinchadas.
Y lo que provocó Bielsa con esa catarsis es muy significativo de lo que somos como país y especialmente como nación. Porque logró lo que no pudo ni la pandemia de Covid hace unos años: unirnos a todos atrás de una misma causa. Desde los dirigentes políticos oficialistas más radicales hasta los opositores más intransigentes, todos utilizaron sus redes sociales o apariciones públicas para apoyar al entrenador argentino. Hacer una recorrida en la tarde del viernes pasado por la red X era entrar en una galería de halagos de todo tipo y color a Bielsa, que llegaban desde derecha, izquierda, centro, Nacional, Peñarol, oficialismo, oposición… no faltaba nadie.
Es más, el senador suplente blanco Sebastián da Silva, que se caracteriza por ser uno de los principales guerreros del gobierno en las redes y por tener casi a diario enfrentamientos con referentes de la oposición, destacó ese día el hecho de que Bielsa se había transformado en una “política de Estado” en Uruguay, de esas que muchos reclaman pero que casi nunca llegan.
Interesante todo este ruido causado por Bielsa. Primero porque tenía que venir un argentino para lograrlo, lo que le da como ventaja no tener a priori ninguna supuesta pertenencia a uno de los dos bloques en los que muchos quieren dividir a los uruguayos. Y segundo porque suscitó esa unanimidad al ponerse en papel de víctima ante los supuestos poderosos que mueven los hilos del fútbol y con ellos los de gobiernos, periodistas y empresarios.
Esos dos factores funcionaron como una combinación perfecta para despertar ese amor un tanto descontrolado a la camiseta celeste con el que conviven la inmensa mayoría de los compatriotas. Ante la amenaza externa y con un general independiente, todos nos alistamos de forma casi inmediata en la guerra, como no ocurre con casi ningún otro tema.
No deja de ser sintomático de una idiosincrasia muy instalada pero mal utilizada en la mayoría de los casos. Porque el problema no es que los uruguayos no nos queramos a nosotros mismos ni que nunca podamos ponernos de acuerdo. Vaya si tenemos la autoestima alta cuando surgen desafíos externos y vaya si sabremos pegar hombro con hombro ante una amenaza supuestamente venida de los poderosos.
Pero lo bueno sería utilizar ese potencial para otras cosas un tanto más trascendentes y no solo para cuestiones relacionadas con competencias deportivas o con luchas contra molinos de viento invencibles. Porque estar de acuerdo en las cuatro o cinco cuestiones fundamentales que hacen al futuro de todos los uruguayos es lo que puede hacer la diferencia. Y, teniendo en cuenta el actual escenario electoral para las elecciones nacionales de octubre, no parece ser tan difícil, gane quien gane. Ojalá que así sea.