En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La resistencia al cambio no siempre se manifiesta con protestas o negativas explícitas; muchas veces se esconde bajo una forma más sutil: deseamos que las cosas cambien sin estar dispuestos a cambiar nosotros
Hay una gran escena en El Padrino 2 en la que Kay, interpretada por Diane Keaton, se queja a su marido, Michael Corleone, el célebre Al Pacino, por su promesa incumplida de hacer que su negocio sea totalmente legítimo y dejar de ser un mafioso. Corleone responde que todavía trabaja en ello y tranquiliza a Kay con énfasis: “Cambiaré, cambiaré, he aprendido que tengo la fuerza para cambiar”. Aunque la mayoría de nosotros no somos parte de la mafia, todavía somos un poco como Michael Corleone en el sentido de que sobreestimamos nuestra capacidad de cambio.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La resistencia al cambio no siempre se manifiesta con protestas o negativas explícitas. Muchas veces se esconde bajo una forma más sutil: deseamos que las cosas cambien sin estar dispuestos a cambiar nosotros. Todos queremos un mundo mejor, pero pocos aceptamos el costo personal de transformarlo. Hay una brecha entre lo que enunciamos como deseo y lo que efectivamente estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
Queremos que no haya personas viviendo en la calle, sobre todo en invierno. Nos conmueve verlas sufrir, compartimos publicaciones en redes, sentimos empatía. Pero cuando la pregunta se vuelve concreta —¿llevarías a alguien a tu casa?— la mayoría de nosotros da un paso atrás. Lo mismo ocurre con el sistema jubilatorio y la reforma de la “caja profesional”. Todos coincidimos en que debería funcionar mejor y garantizar una vejez digna. Sin embargo, no estamos dispuestos a aportar más hoy, a resignar una parte de nuestro ingreso presente por un bien colectivo futuro.
La irrupción de la inteligencia artificial es otro ejemplo claro. Celebramos sus avances, el ahorro de tiempo, la eficiencia, las nuevas oportunidades. Pero al mismo tiempo sentimos temor de que reemplace nuestras tareas, de que nos vuelva prescindibles. Queremos los beneficios del cambio sin las incomodidades de la transición. Queremos que cambie “el sistema”, pero que no nos cambie a nosotros.
También existe una resistencia profunda dentro de las propias organizaciones que necesitan cambiar. Tomemos el caso de los medios de comunicación más tradicionales. Muchos periodistas, editores y responsables comerciales coinciden en que el futuro (presente) es digital y que el modelo de suscripción es clave para la sostenibilidad. Sin embargo, internamente se aferran a prácticas, formatos y métricas del mundo impreso, dudan en priorizar contenidos pensados para audiencias digitales o sienten que cobrar por el acceso traiciona la misión periodística. Hay un deseo de transformación, pero también miedo a perder identidad, a no saber adaptarse, a que lo nuevo no funcione. Es una paradoja común querer un futuro distinto sin soltar del todo el pasado.
Esta tensión entre deseo y acción, entre ideales y sacrificios, es el corazón de la resistencia al cambio. Porque cambiar duele. Implica soltar certezas, alterar rutinas, asumir riesgos. Y aunque todos queremos mejorar, muy pocos estamos dispuestos a pagar el precio del movimiento. Como si esperáramos que las transformaciones sucedan por inercia, mágicamente, sin tocarnos demasiado.
En las industrias y en los sectores, el historial de cambio organizacional no es para nada alentador. Diversos estudios coinciden en que entre el 50% y el 75% de los esfuerzos de cambio organizacional fracasan. Investigaciones de Harvard Business Review, McKinsey y otras consultoras muestran que solo una minoría de las iniciativas logran cumplir sus objetivos, ya sea por falta de compromiso, liderazgo inefectivo o resistencia interna. Esta alta tasa de fracaso subraya la necesidad de abordar el cambio con planificación, comunicación y apoyo sostenido. ¿Por qué es tan difícil el cambio?
El mayor obstáculo para un cambio organizacional efectivo son las personas. Una parte fundamental del trabajo del líder es ayudar a los demás a superar el sesgo inherente y muy humano hacia el mantenimiento del statu quo. Eso se consigue teniendo buenas conversaciones con las personas involucradas en el cambio.
Una fuente universal de resistencia es la necesidad humana de sentirse respetados o tenidos en cuenta, que con frecuencia se intensifica durante los períodos de cambio. Esto es cierto en particular para los empleados que han estado en una organización durante mucho tiempo o que han tenido una gran influencia en algún momento en el pasado y creen que todavía la tienen. Si estas personas sienten que no han tenido la oportunidad de opinar, asumirán que la dirección se ha perdido una perspectiva importante y que la solución propuesta no es la correcta simplemente porque no se las ha consultado. Una solución es escuchar con respeto y asegurarse de que se sientan tenidas en cuenta y valoradas en sus inquietudes.
Otra razón por la que las personas pueden resistirse es porque se sienten presionadas. No tienen tiempo suficiente para digerir la nueva dirección a tomar o hacer frente a la situación de manera emocional. Todos operamos a diferentes velocidades. Aquí, el objetivo debe ser averiguar si se pueden ajustar los plazos para reducir parte de este estrés basado en el tiempo.
Cuando se empieza a hablar con los que se resisten al cambio es bueno tener algunas reglas o ideas básicas para poder lograr un mejor impacto en los resultados y levantar esas objeciones.
Olvidarse de la eficiencia. Motivar un verdadero cambio requiere una conversación sin prisas, cara a cara. El correo electrónico no lo hace, ni tampoco los memorandos o las listas de difusión de WhatsApp. Si un grupo de trabajo o una persona específica es importante para el futuro de tu organización y se resiste al cambio necesario, debe dedicarse tiempo para hablar con ellos en persona y hacerlo con la menor presión de plazos posible.
Concentrarse en escuchar. No importa cuán brillante sea el nuevo plan o cuán persuasivo sea el argumento, hay que hacer que todos se sientan comprendidos. Eso comienza y termina con la escucha. Toca dedicar espacio a conversar, entender, ampliar perspectivas y sumar nuevas miradas. Si te toca tener estas conversaciones, asegurate de no ocupar más del 20% del tiempo hablando y, cuando hables, tratá de repetir lo que has escuchado tanto como sea posible para afianzar lo que el otro dice y no dar lugar a dobles interpretaciones.
Mantenerse abierto a cambiarte a vos mismo. Una persona que siente que estás escuchando solo para que puedas obtener lo que querés no se abrirá y definitivamente no se subirá a bordo. Debés tener una actitud abierta, estar preparado para aprender algo nuevo y, si es necesario, modificar tus planes. Hay que demostrar con hechos concretos que las opiniones y los sentimientos de los que se resisten son importantes para vos y que, llegado el caso, podrían moldear tu pensamiento y tus acciones.
Tener múltiples conversaciones. El diálogo efectivo con aquellos que se resisten al cambio por lo general requiere más de una conversación. La primera conversación puede ser útil para diagnosticar y detallar las raíces de la resistencia. En las posteriores, el objetivo es dejar claro que reflexionaste sobre lo que escuchaste, esbozar lo que será diferente, enfocar la sustancia del cambio basado en esa primera conversación y explicar por qué. Incluso, si no vas a cambiar tu plan general, cualquiera que de verdad escuche a la oposición verá su forma de pensar cambiada de alguna manera. Así que al menos puedes ser sincero al respecto y poner negro sobre blanco los argumentos de un lado y del otro.
El tiempo entre estas conversaciones es crítico. Hay que rumiar lo dicho, decantar lo que escuchaste. Si respondés enseguida, ya sea durante la charla inicial o dentro de unas pocas horas, los resistentes no creerán, tal vez con razón, que has considerado por completo su punto de vista. Esperar demasiado para volver a hablar, por contrapartida, puede hacer que la persona se sienta rechazada y olvidada.
La gestión eficaz del cambio es fundamental para la vitalidad y el progreso de toda organización. La mayoría de las personas tropiezan por no manejar la resistencia de manera efectiva. Hacerlo requiere la capacidad de escuchar, entender su oposición, su antipatía y, sobre todo, los pensamientos y los sentimientos que están en juego. El escritor, filósofo y pensador ruso León Tolstói dijo una vez: “Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Quizás la oportunidad esté en ver que podemos cambiar nosotros para convencer y cambiar a los demás.