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Claves para entender a la República Occidental del Uruguay
El Río de la Plata y su afluente, el río Uruguay, no dividen dos países sino dos religiones: en la banda oriental, la sociedad es aburrida pero rinde culto a sus instituciones; en la banda occidental, la sociedad es vibrante pero vive de profanarlas
El Río de la Plata y su afluente, el río Uruguay, no dividen dos países sino dos religiones. En la banda oriental, la sociedad es aburrida pero rinde culto a sus instituciones; en la banda occidental, la sociedad es vibrante pero vive de profanarlas. Para divertirse o innovar es recomendable Buenos Aires; para gobernarse, Montevideo. ¿Cómo explicarle la naturaleza del vecino a un oriental? Quizás sirvan las díadas, porque Argentina ya no es una.
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Asúmanse dos identidades nacionales. Desde 1945, la primera ley de la política argentina es el peronismo. Su ascenso produjo una división del país en dos campos sociales, no ideológicos. A mayor nivel económico y mayor educación formal, menos voto al peronismo; por consiguiente, la identidad bautizada en honor al general Perón quedó asociada a los sectores populares, aquellos que tienen menos ingresos y menos títulos académicos. En una sociedad históricamente de clase media, los sectores populares no constituyen una mayoría electoral automática, sino que compiten con ofertas ancladas más arriba de la pirámide social. El peronismo y el no peronismo se alternan en el gobierno independientemente de sus programas y partidos, que son más plásticos que las identidades. Sociología mata ideología: Menem fue liberal y los Kirchner progresistas, pero ambos representaron al mismo electorado: el peronista. Del mismo modo, Alfonsín fue socialdemócrata y Milei libertario, pero ambos fueron más votados en los territorios menos peronistas.
Asúmase ahora que 20 años no es nada. Eso es lo que duran los ciclos políticos argentinos. Entre 1945 y 1966, el peronismo moldeó al país y a sus rivales. En el gobierno o en el exilio, Perón era el sol del sistema político. Entre 1966 y 1983 se ensayaron distintas versiones de posperonismo, desde el “peronismo sin Perón” del sindicalista Vandor hasta la represión pura y dura de los militares. Nada funcionó. Pero entre 1983 y 2003, en cambio, funcionó la democracia: el peronismo podía perder o ganar elecciones sin que el sistema se rompiera. La economía, en cambio, no tuvo arreglo. Entre 2003 y 2023 prevaleció el kirchnerismo, que mantuvo la democracia pero no arregló la economía: lo que empezó siendo “la década ganada” terminó como dos décadas perdidas. En 2023 habría comenzado el nuevo veintenio, hoy tildado como libertario o poskirchnerista. La democracia se mantiene a pesar de la insatisfacción general; lo que va a determinar el juicio de la historia será, una vez más, la economía. La profesión de Milei, el primer presidente economista del país, no es casualidad.
Asúmanse ahora dos territorios diferenciados, el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y el resto del país. El AMBA alberga al 35% de la población pero constituye el 0,5% del territorio. Desde hace 20 años, en esa región surgen todos los jefes de Estado de la ciudad de Buenos Aires, todos los gobernadores de la provincia de Buenos Aires y todos los presidentes de la República. Durante la pandemia, esos funcionarios establecieron la cuarentena que cerró las escuelas de todo el país durante dos años. El resentimiento que generó la política dictada desde el Obelisco alimentó la desnacionalización de los partidos tradicionales y la emergencia de un candidato presidencial que ganó las elecciones a pura motosierra. En la primera vuelta de la elección presidencial, Milei salió tercero en las dos Buenos Aires, pero ganó en 16 de las otras 22 provincias. La casta argentina, a veces llamada círculo rojo, habita en el AMBA. La mayoría del electorado, de la energía y de los recursos naturales habitan en el interior.
Entren ahora las identidades negativas, que en todo el mundo crecen más que las positivas. El politólogo peruano Carlos Meléndez muestra que el antifujimorismo es más numeroso que el fujimorismo, y explica las recientes elecciones en Chile como una competencia entre anticomunistas (José Antonio Kast), antipinochetistas (Jeannette Jara) y antiestablishment (Franco Parisi). Las identidades positivas son minoritarias y poco movilizantes; las negativas son las que determinan el resultado. Argentina es más prolífica que Perú y menos que Chile en identidades negativas: tiene solo dos, la gorila (antiperonista) y la antigorila, que es algo más suave. Por eso Milei transitó del discurso anticasta de 2023 al antikirchnerista de 2025: la integración a su gobierno de funcionarios macristas y menemistas lo acastaron, y tuvo que albergarse en la identidad negativa que le quedó a mano.
Vamos ahora a las dos estrategias posibles: la dogmática (que deriva de las ideas propias) y la pragmática (que deriva de las condiciones externas). El discurso del presidente es casi siempre dogmático, intransigente. Enarbola “la causa de la libertad” y no hace concesiones para defenderla. En la práctica, sin embargo, se abraza con aquellos a quienes había retirado el saludo, negocia leyes y jueces con la oposición, acepta comerciar con China pese a abjurar del comunismo y se mantiene en el Tratado de París sobre cambio climático, aunque Estados Unidos se haya retirado, porque lo demanda la Unión Europea. ¿Aprende de Trump o lo inspira? Porque el cordial encuentro del presidente norteamericano con Zohran Mamdani, alcalde electo de Nueva York, fue una muestra magistral de flexibilidad estratégica y manejo de la sorpresa. Pocos días después, el gobierno argentino reivindicó la figura de Juan Manuel de Rosas, el arquetipo argentino del antiliberalismo. Pragmatismo en anabólicos, sea para obtener resultados o para desconcertar a rivales.
Si lo dicho hasta acá es correcto, ¿qué debemos esperar? Primero, que Argentina siga siendo dual, con dos identidades políticas que se enfrentan independientemente de la ideología y sin recurrir a la violencia. Segundo, que los electores del AMBA (capital federal y conurbano bonaerense) se neutralicen mutuamente y permitan que el interior defina a los gobernantes. Tercero, que el odio y la rabia sigan motorizando adhesiones, con explosiones esporádicas de esperanza que impulsen candidatos imprevistos. Finalmente, que acuerdos concretos de gobernabilidad florezcan bajo la superficie retórica del desacuerdo.
En un país vehemente pero práctico, las identidades y los resultados pesan más que las ideologías. Por supuesto, la batalla cultural se mantendrá vigente en medios y redes, porque una cosa es acordar y otra es aburrirse. Argentina no es Uruguay.