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La inteligencia puede impresionar, pero la amabilidad inspira; y en los entornos en los que necesitamos no solo resultados sino también vínculos sostenibles, la inspiración vale más que la imposición
Bajar la ventana del auto en un semáforo a alguien que se acerca a pedir. Saludar con un “buen día” a cada persona que nos cruzamos en el camino a la oficina. Preguntarle a un colaborador cómo sigue un familiar querido que atravesó algún quebranto de salud. ¿Por qué nos resuenan incómodas estas afirmaciones? ¿Estamos siendo inteligentes o amables? Durante años, la inteligencia ha sido glorificada como el activo más valioso en el mundo profesional. Desde los promedios académicos hasta los títulos en nuestras firmas de correo, la sociedad ha construido una narrativa según la cual ser inteligente es la llave maestra del éxito. Sin embargo, esa visión se ha ido matizando con el tiempo. Hoy, más que nunca, el entorno laboral y social clama por una virtud que parece humilde, pero tiene un poder transformador
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La frase “es más importante ser amable que inteligente” no tiene una atribución precisa ni académica, pero su sabiduría es cada vez más evidente. En un mundo hiperconectado, competitivo y muchas veces fragmentado, la inteligencia sin empatía puede volverse fría, incluso destructiva. La amabilidad, en cambio, crea puentes, alivia tensiones, genera lealtad y construye culturas saludables. ¿Puede haber algo más valioso que eso en una organización?
Esta idea no solo resuena en teorías o estudios, sino también en experiencias reales y en relatos que el cine ha sabido capturar con sensibilidad. Un ejemplo emblemático en el mundo empresarial es el de Doug Conant, ex-CEO de Campbell Soup Company. Cuando asumió el liderazgo en 2001, la empresa atravesaba una grave crisis interna. En vez de aplicar únicamente estrategias duras, Conant apostó por algo poco común en el mundo corporativo: la amabilidad. Durante sus 10 años al frente, escribió a mano más de 30.000 notas de agradecimiento dirigidas a empleados de todos los niveles. Reconocía gestos, esfuerzos y logros cotidianos. Este acto, tan simple como poderoso, elevó la moral, mejoró la cultura y contribuyó a la recuperación de la compañía. Para Conant, “no se puede ganar en el mercado si no se gana primero en el lugar de trabajo”.
La película Up in the Air, protagonizada por George Clooney, cuenta la historia de Ryan Bingham, un consultor que viaja por Estados Unidos despidiendo empleados en nombre de grandes empresas. Su vida está definida por la eficiencia, el desapego y una filosofía personal que promueve evitar todo tipo de vínculo emocional. Cree que las relaciones son una carga y vive obsesionado con acumular millas de viajero frecuente. Sin embargo, su rutina comienza a resquebrajarse cuando conoce a una joven colega idealista, Natalie, y a Alex, una mujer con quien establece una conexión más profunda de lo que esperaba. A partir de esas relaciones, y de la exposición a las emociones reales de las personas que despide, Ryan empieza a cuestionar su estilo de vida basado en la distancia y la desconexión.
Lo que cambia a Ryan no es una lección moral explícita, sino el roce íntimo con la amabilidad, la empatía y el dolor humano. Escuchar, acompañar y mostrarse vulnerable se vuelven experiencias nuevas para él, que lo enfrentan con su propio vacío emocional. La película evita una redención hollywoodense clásica, pero deja claro que la inteligencia y la eficiencia, sin compasión, resultan estériles.
En momentos de ansiedad colectiva y moral baja, la amabilidad deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad. Ser amable no es sinónimo de debilidad ni de condescendencia. Todo lo contrario, requiere valentía, presencia, conciencia emocional y voluntad de actuar por el bien común, incluso en entornos de alta presión. Un líder amable es aquel que se ocupa del bienestar del equipo sin dejar de perseguir resultados. No posterga conversaciones difíciles, pero las aborda con respeto. No evita dar retroalimentación, pero la ofrece con sensibilidad y propósito. La amabilidad impacta directamente en la retención de talento, la productividad y el clima organizacional. Y además, es contagiosa, una cultura basada en el respeto y el reconocimiento tiende a replicarse de forma natural.
Los actos de bondad tienen una capacidad única para multiplicarse. Investigadores de Stanford hallaron que quienes presenciaban donaciones o actos generosos tendían luego a comportarse de manera más afable y solidaria. Incluso, escribían notas más empáticas si habían observado generosidad previamente. Esto sugiere que no solo imitan los gestos, sino el espíritu que los motiva. Cuando alguien recibe un cumplido o un gesto amable, es más probable que lo devuelva, no solo al emisor original, sino a cualquier otra persona del entorno. Así, la amabilidad se convierte en un efecto dominó que fortalece la cultura organizacional.
Una de nuestras creencias erróneas más comunes es confundir la amabilidad con la complacencia. Ser amable no significa evitar el conflicto ni decir que sí a todo. Significa actuar con consideración, con empatía, con respeto. El concepto de care-frontation fue introducido por el Dr. David Augsburger, un profesor de Teología Pastoral y experto en resolución de conflictos y relaciones interpersonales. Augsburger propuso el término en su libro Caring Enough to Confront, donde plantea que confrontar a alguien no debe ser un acto agresivo, sino una expresión honesta de verdad desde el respeto y el amor. Significa “ofrecer comentarios honestos pero sensibles”, reconociendo las fortalezas de la otra persona y señalando áreas de mejora con intención constructiva.
También implica autoconciencia y cuidado propio. Una persona agotada, sobreexigida o desbordada difícilmente podrá ofrecer lo mejor de sí a los demás. Por eso, la amabilidad empieza con uno mismo. Poner límites saludables, priorizar tareas, descansar, cuidar el cuerpo y la mente no es egoísmo, es responsabilidad.
Pese a su impacto demostrado, la amabilidad sigue estando subestimada en muchos entornos laborales. ¿Por qué? Quizás porque no se puede medir tan fácilmente como un KPI. Quizás porque se confunde con debilidad. O tal vez porque muchos todavía viven bajo la lógica de que “el mundo es para los fuertes” y que la vulnerabilidad es un riesgo.
Las personas sobreestiman lo incómodo que puede resultar dar un cumplido y subestiman el impacto positivo que eso genera. En otras palabras, somos más reacios a ser amables de lo que deberíamos, porque no anticipamos correctamente los efectos de nuestras acciones. Lo paradójico es que hay decenas de estadísticas que demuestran que dar cumplidos puede hacernos incluso más felices que recibirlos. ¿Por qué? Porque activa una forma profunda de conexión social. Al pensar en lo que valoramos del otro, nos salimos de nuestra burbuja y nos acercamos genuinamente. En ese movimiento está el núcleo de la amabilidad.
En entornos de trabajo remoto, dispersos y marcados por la incertidumbre, la amabilidad puede convertirse en un factor diferencial. Iniciativas como reservar unos minutos en las reuniones para agradecer, implementar sistemas de reconocimiento entre pares o simplemente preguntar con honestidad “¿cómo estás?” pueden marcar una gran diferencia. No se trata de gestos grandilocuentes; muchas veces, lo más poderoso es lo más simple.
La inteligencia puede impresionar, pero la amabilidad inspira; y en los entornos en los que necesitamos no solo resultados sino también vínculos sostenibles, la inspiración vale más que la imposición. Por eso, cada vez más personas y organizaciones están redescubriendo la verdad esencial de que ser amable no es opcional, es esencial.
Podemos seguir promoviendo la inteligencia como una virtud central, pero si no la acompañamos de amabilidad, corremos el riesgo de construir culturas frías, competitivas y frágiles. En cambio, si cultivamos entornos en los que las personas se sientan vistas, valoradas y reconocidas, habremos dado un paso hacia un mundo y hacia un trabajo más humanos.
Porque al final del día, como decía Maya Angelou, “la gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir”.