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    Condenados a repetirla

    ¿Quiénes son los responsables del descreimiento de parte de los más jóvenes en la democracia como el mejor sistema de organización de un país que conocemos? Las respuestas pueden ser muchas, pero algunas están a la vista y no podemos hacernos los distraídos. Contar nuestra historia depende de todos

    Columnista de Búsqueda

    “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Esta frase simple, potente y sobre todo real debería estar enmarcada en más de un despacho. En centros de estudio, en bibliotecas, e incluso en algunas casas. Menos “vive, ríe, ama”, “inhala, exhala”, “si sucede conviene”. Más “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

    Esta frase simple, potente y real se adjudica al filósofo español George Santayana, nacido en 1863, y, según la BBC, la dejó plasmada en su primer libro, The Life of Reason, una obra de cinco volúmenes publicada entre 1905 y 1906. El concepto, en términos sencillos, habla de la importancia de la memoria. Quien no la tiene, o no la cultiva, volverá a cometer los mismos errores que en el pasado.

    Sin embargo, resulta imposible dejar de asociarla a la serie colombiana Pablo Escobar: el patrón del mal. Para los que no la vieron, primero, véanla. Segundo, la frase se repite capítulo a capítulo, al inicio, seguida de la canción La última bala, de Yuri Buenaventura: “se mata la gente/ pero no las almas/ mi patria no cae/ tropieza o resbala/ se pone de pie/ se limpia la cara…”. La serie, basada en documentos originales, testimonios y en el libro La parábola de Pablo del periodista Alonso Salazar, es una reconstrucción de la vida del narcotraficante más famoso. Sin lugar a ninguna duda, es la mejor que se ha hecho.

    Pero a lo nuestro. La frase penetra, hace pensar, nos choca contra la realidad de decenas de situaciones cotidianas y siempre tiene razón. Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. ¿Por qué traigo y repito esta frase justo ahora, a fin de año, cuando en general en lo único que pensamos es en que llegue de una vez la licencia y poder sacar la cabeza de los asuntos cotidianos? Bueno, porque en la edición pasada de Búsqueda una nota de Victoria Fernández trajo nuevamente un tema que cada tanto aparece, y que parece afirmarse con el paso de los años.

    El estudio titulado Juventudes: asignatura pendiente, liderado por la Fundación Friedrich Ebert, que entre enero y febrero de 2024 encuestó a jóvenes de 14 países de América Latina y el Caribe para conocer su visión sobre la democracia y las agendas políticas actuales, reveló algunos datos preocupantes. El informe del caso uruguayo, donde fueron encuestados 1.108 jóvenes de entre 15 y 35 años, muestra que, contrario a los discursos sobre la “excepcionalidad” local, el país no queda por fuera del fenómeno regional de que la democracia tiene más apoyo entre las personas mayores que entre los jóvenes, y que, entre otras cosas, tres de cada 10 jóvenes creen que un gobierno militar es una opción viable en caso de crisis.

    Es inevitable el hondazo directo a las épocas más oscuras de las últimas décadas de nuestro país. Cuando pensamos en un gobierno militar no podemos dejar de recordar derechos violentados, tortura, asesinatos, desapariciones. Seguramente, no es eso en lo que estén pensando los tres de cada 10 jóvenes que creen que el país liderado por militares sería una opción viable en lugar de una democracia. Pero permítanme pensar también que esos jóvenes probablemente no conocen nuestro pasado. No conocen a fondo los años de guerrilla, no conocen lo que fue vivir bajo una dictadura, no imaginan siquiera que las ideas pueden llevar directamente a la muerte.

    Entonces ahora pensemos. ¿Por qué? ¿De quién es la culpa? ¿Quiénes son los responsables de ese descreimiento en la democracia como el mejor sistema de organización de un país, o por lo menos el mejor que conocemos? Y las respuestas pueden ser muchas, pero algunas están a la vista.

    Me rechina cuando escucho la frase “los políticos son todos iguales”, o “son todos corruptos” o “que se vayan todos”. No, no y no. No son todos iguales y mucho menos son todos corruptos. Sin embargo, el sistema político muestra falencias que llevan al descreimiento. Promesas de campaña que no se cumplen, chicanas permanentes entre unos y otros, mentiras a sabiendas, soluciones que nunca llegan, acomodo de cuerpo según quien sea el que comete errores. Tenemos derecho a quejarnos, a protestar, a votar a otro porque el que votamos no cumplió y a criticar hasta el cansancio al que hace las cosas mal. Pero con todas sus falencias, hemos podido sostener una democracia plena durante 40 años sin riesgo —hasta el momento— de volver al pasado más triste.

    Algunos días atrás, en entrevista primero en Desayunos Búsqueda y luego en el streaming Yunta, el presidente Yamandú Orsi habló sobre la situación de El Salvador y su nuevo líder, Nayib Bukele. “De la seguridad hay que hablar, y creo que el ejemplo es Bukele, es El Salvador. Es el ejemplo de un proceso para analizar”, dijo, ante la mirada atónita de muchos de los presentes. ¿Analizar qué? ¿Un proceso violatorio de todas las garantías? ¿Eso queremos? Bueno, Orsi luego se explicó un poco más y señaló que el ejemplo servía para analizar cómo un país puede apoyar que se violen todos sus derechos individuales con tal de acabar con la delincuencia. Costó, pero creo que finalmente se entendió a dónde apuntaba. También dijo que no son métodos que aplicaría en nuestro país —gracias, presidente— y que analizarlos permitía intentar entender cómo en ocasiones las personas aceptamos modelos impensables para dejar de vivir en la inseguridad total. Polémico, sí, pero es verdad que es un fenómeno analizable. No compartible desde ningún punto de vista a mi modo de ver, pero siempre analizar los fenómenos ayuda a comprender. ¿Por qué llegan los gobiernos autoritarios, o los conocidos outsiders de la política a la presidencia de algunos países? Y entonces, la respuesta tantas veces escrita en esta columna: la gente se cansa.

    Lo que no puede pasar es que los uruguayos nos cansemos. Que olvidemos nuestro pasado y estemos condenados a repetirlo. Y eso depende mucho de quienes nos gobiernan y de quienes son oposición, pero también de cada uno de nosotros. ¿Cuánto hablamos con nuestros hijos sobre lo que pasó en los años 60 y 70? ¿Qué tanto se habla en las aulas del período en el que perdimos todos nuestros derechos y todo lo que costó recuperarlos? ¿Estamos tan tranquilos de que eso en Uruguay nunca más va a pasar? Hasta hace un tiempo yo lo estaba. Hoy no tanto. Y el estudio de la Fundación Friedrich Ebert abona este sentimiento.

    El trabajo también señala que mientras en décadas pasadas los jóvenes fueron el motor de las luchas sociales, hoy se sienten alejados de la política y la mayoría no participó en ninguna organización política o social en el último año. Y que además, tienen baja confianza en los partidos políticos. Tanto que la mitad no se identifica con ninguno. Es verdad que cada generación es hija de su tiempo y no se les puede reclamar a los más jóvenes que tengan luchas ajenas. Y también es verdad que el trabajo plantea que en la comparación regional, los uruguayos son los que muestran mayor satisfacción con la democracia en su país. Pero ojo, el estudio advierte que el respaldo a líderes fuertes y gobiernos autoritarios enciende “alertas”.

    En fin. Ojalá todos los integrantes del sistema político leyeran el estudio, lo analizaran y buscaran la forma de mejorar sus prácticas. Pero no nos hagamos los distraídos. También depende de los ciudadanos comunes transmitir la historia. No es cuestión de echarles el fardo a los políticos, porque de esa forma solo abonamos el “son todos iguales”. Y si queremos mantener la excepcionalidad yorugua, tenemos que hacernos cargo. Si no, estaremos condenados a repetir nuestro pasado y será exclusivamente nuestra responsabilidad.

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