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En la película, ambientada en 1964, el pueblo entero estaba tomado por la peor basura blanca. El apacible señor de lentes que está en la cafetería es racista. La señora sentada en el banco del parque es racista. El niño que juega a su lado ha crecido entre el odio y la segregación como algo natural. Los jueces y magistrados creen que debe haber bebederos para blancos y bebederos para negros. El sheriff y los principales policías son miembros del Ku Klux Klan. Así, el gobernador, unos cuantos empresarios y casi todos los hombres blancos de la zona. A esa inmunda madriguera sureña arriban dos agentes del FBI, Gene Hackman y Willem Dafoe, en Mississippi en llamas (Mississippi Burning, 1988), de Alan Parker, tras los rastros de tres activistas por los derechos civiles, dos jóvenes judíos y un negro, que han desaparecido.
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Apenas llegan los agentes ya son mal recibidos. La policía evita darles información, los ametrallan con ironías sureñas, les ponen todos los palos en la rueda que tienen a su alcance y les alientan a que se vayan lo más pronto posible. Y la comunidad negra no habla por auténtico pánico a las represalias. Pero Dafoe, un funcionario recto y legalista, así como su compañero Hackman, más mundano y calentón, no se dan por vencidos.
Llegan más funcionarios del FBI, todos de riguroso traje negro y corbata negra, a peinar la zona. Intuyen, saben que los tres activistas por los derechos civiles han sido asesinados. Poco a poco, y porque alguien se quiebra, dan con los cadáveres, pero el asunto es lograr pruebas para enviar a juicio a los culpables. Dafoe, siempre del lado garantista (“respetemos la ley, no somos matones como ellos”), y Hackman, que ha sido educado en el Sur y su padre era un declarado racista, con más calle y dispuesto a cruzar ciertos límites con tal de llevar a los asesinos a los tribunales. La disyuntiva se hace cada vez más clara: por el lado de la ley no pueden avanzar porque el pueblo está absolutamente podrido. Entonces Dafoe se cansa y le confiesa a Hackman: “OK, hagámoslo a su manera”. Así aparecen otros funcionarios del FBI, esta vez un tanto más oscuros y que juegan sucio como la gentuza del Ku Klux Klan. Lo que sigue es un desenlace que el público festeja pero que está lejos de la legalidad.
Ahora la realidad, siempre más intensa y sorprendente que la ficción. Sesenta años después que los sucesos de la película de Alan Parker, en la localidad rural 9 de Julio, en la provincia de Corrientes, Argentina, muy cerca de la frontera con Brasil y Paraguay, un niño de cinco años llamado Loan ha desaparecido en pleno almuerzo familiar.
A 35 días de su ausencia no hay noticias del niño, que se esfumó un mediodía en la casa de su abuela. Hay familiares muy sospechosos y lo mismo algunos invitados al almuerzo. El comisario del pueblo, más que corrupto, es siniestro. Pululan otros policías, fiscales y abogados opacos y un senador y un gobernador de muy feo proceder. Es decir, otro pueblo tomado, cuyas autoridades provinciales —por mediocridad u ocultamiento— hicieron todo mal desde un principio, a tal punto que debió intervenir la fuerza federal, que tampoco parece aclarar qué fue lo que realmente sucedió. Otra vez palos en la rueda, otra vez indagados que mienten, otra vez gente que no habla por temor.
Se presume que sea un caso de trata de personas, tal vez, una red de pedofilia, aunque no se descarta un accidente que se quiso encubrir o un asesinato. Vemos cantidad de allanamientos, nos enteramos de la información de los celulares de los sospechosos (buena parte fue borrada antes de entregar los teléfonos a la Policía), infructuosos rastreos en campos y ríos, una pericia de ADN que anuncian y nunca llega. No están Dafoe ni Hackman, aunque a uno le gustaría que estuviesen y se llevasen al comisario del pueblo y a otros funcionarios hediondos y les metieran un poco de miedito en el cuerpo así cantan. Pero eso no se debe hacer. Si creemos en la verdadera democracia y en un sistema garantista, hay que aguantar y la mayoría de las veces saber perder.
Harry el Sucio, el personaje que inmortalizó Clint Eastwood, siempre fue tildado de fascista. Error. No tenía paciencia y por momentos hacía las cosas a su manera (también Philip Marlowe, y nadie lo tildó de fascista), y en Magnum 44 debe lidiar con una organización parapolicial que se dedica a exterminar a la escoria de la sociedad (traficantes, chulos, asesinos), esos que pueden comprar jueces y salir en libertad. Cuando Harry descubre que el mal viene de la misma Policía, se enfrenta al jefe de la banda.
—Matamos basura que está al margen de la ley, ¿cuál es el problema? —le dice el jefe de los verdugos.
—¿Y cuál será el límite? —responde Harry—. ¿Cuando alguien cruce un semáforo en rojo?
Esto no lo dice ningún fascista.
Una vez más estamos ante el problema de los extremos, cada vez más extremos. No faltan en estos días quienes dicen que fue una lástima que no hayan matado a Trump, que por más execrable que sea como político no puede ser ajusticiado porque alguien así lo decidió. Aquella máxima de Voltaire sigue siendo la más difícil de cumplir, pero es la esencia de la única democracia auténtica: “Señor, estoy en total desacuerdo con lo que usted dice, pero daré mi vida para que usted tenga el derecho a decirlo”.