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    Dos nenes víctimas de la amnesia colectiva

    ¿Sabe cuál sería una medida bien populista y que generaría un escándalo?: darle a cada preso que salga 1.000 dólares por mes para que viva; ¿le parece mal?; le tengo una noticia: eso es lo que nos cuesta por mes cada preso que está en la cárcel

    Columnista de Búsqueda

    Un nene de un año asesinado con tres disparos de un arma de guerra. No fue en Medio Oriente ni en Ucrania. Fue en Cerro Norte. En Montevideo. En Uruguay. ¿La causa de su muerte fue la guerra narca de la periferia? Sí. Pero también fue porque vivía en uno de esos barrios donde el Estado está más presente con policías que con maestros o médicos, lugares que solo cobran notoriedad cuando estalla la violencia explícita. El asesinato del bebé salió rápidamente del debate público. Y sí, parece lógico, porque nos vamos acostumbrando, como nos hemos ido acostumbrando a tantas cosas. Y, si no, vean un rápido repaso en Google de las noticias en los últimos dos años: Cuádruple homicidio en el barrio Maracaná, uno de los muertos tenía 11 años; Un joven de 18 años fue asesinado y dos adolescentes de 14 y 17 años fueron heridos en un tiroteo en Villa Española; Murió la adolescente de 14 años baleada en Peñarol; Asesinan a un adolescente de 14 años en el barrio 24 de Enero; Un adolescente de 13 años fue asesinado de un disparo mientras participaba de una pelea de gallos en Lezica; Un adolescente de 14 años fue asesinado de varios disparos en Casavalle; Joven de 17 mató a otro de 14 en Villa Española; Un niño de ocho años fue asesinado luego de que desconocidos dispararan contra su casa en Malvín Norte; Falleció el adolescente que fue baleado cuando quiso comprar un celular en Flor de Maroñas; Murió el adolescente de 17 años que fue baleado en Jardines del Hipódromo; Asesinan a un adolescente de 15 años en la Cruz de Carrasco; Niña de 12 años fue asesinada en la Unión; Una niña de nueve años fue baleada en el Marconi.

    ¿Qué saben las agencias gubernamentales de cómo llegaron esos niños a tamaña situación? ¿Qué saben sobre qué ocurrió con ellos después?

    El adolescente de 14 años imputado por el asesinato del nene de un año hacía dos meses que había recibido cuatro balazos que lo dejaron con un ano contra natura. Así andaba por la vida, buscando sobresalir dentro de la banda que integraba, armado a guerra. Quizás salga del encierro con 24 años, habiéndose perdido toda la adolescencia. Luego de que se detectó que un niño de 14 años había recibido cuatro balazos, ¿qué hizo el Estado? ¿Se controló si iba a estudiar, cuál era su situación familiar, etc.?

    Nos acostumbramos a olvidarnos después, como nos acostumbramos a olvidarlo antes.

    En 1989, Marcelo Roldán, alias el Pelado, cometió el primero de dos homicidios en los que incurrió en su carrera delictiva. Se hizo famoso como otros dos o tres de los llamados entonces “infantojuveniles” (el Negro Sol, el Chino Pato). Y se hizo famoso, entre otras cosas, porque parecía una anomalía lo de un adolescente que cometía esos delitos. Hoy, más de 30 años después, hay muchachos que van por su cuarto homicidio y nadie sabe de ellos, entre otras cosas, porque la anomalía se convirtió en la normalidad.

    El Pelado estuvo la mayor parte de su vida encerrado, primero en instituciones para menores infractores y luego en las cárceles, y es un ejemplo de lo que hace el sistema penitenciario con quienes pasan por él. En 2018, otro preso que compartía celda con él lo decapitó. Otra cosa a la que nos hemos acostumbrado: a que las cárceles, lugares donde el Estado es monopólico, sean infiernos en los que, literalmente, mueren quemados presos a manos de otros presos.

    El Pelado, como los menores violentos de hoy, nació y creció en la pobreza. Niños pobres devenidos en adolescentes y adultos violentos. En todos estos años, no solo el sistema político sino la sociedad toda miró para otro lado. Hubo marchas por los derechos humanos, por la seguridad, por los derechos de la mujer, por los jubilados. ¿Y por los niños?

    Durante tres décadas apenas hubo media docena de acciones políticas potentes para atacar este fenómeno desde algún lugar (CAIF, centros de tiempo completo, el Ceibal), pero en general hemos ido con tibieza en las políticas públicas para evitar lo que ahora nos asusta. En cambio, el populismo punitivo fue feroz contra algunas consecuencias de la pobreza, como los delitos que llenaron las cárceles de pobres. Un botón de muestra: en el “combate al narcotráfico”, que no solo aumentó la afluencia de pequeños narcos hacia las cárceles sino también de mujeres, se consideró agravante tener unos gramos de droga en una casa, pero no el hecho de tener una tonelada en un depósito. El homicidio se pena con 20 meses de prisión a 12 años de penitenciaría; la violación, con dos a 10 años de penitenciaría; pero tener un poco de droga en el domicilio se sanciona con cuatro a 15 años de penitenciaría y es inexcarcelable, aunque sea el primer delito que se comete. Así, llenando las prisiones de pobres, fue que se formaron las bandas, se hizo de esos lugares estatales un lugar de reclutamiento de sicarios y los rapiñeros aprendieron el oficio y se pasaron al narcotráfico.

    ¿Sabe cuál sería una medida bien populista y que generaría un escándalo? Darle a cada preso que salga 1.000 dólares por mes para que viva. ¿Le parece mal? Le tengo una noticia: eso es lo que nos cuesta por mes cada preso que está en la cárcel. Con 16.000 presos, cada mes salen de su bolsillo US$ 16 millones, US$ 192 millones por año, con destino a los presos. ¿Usted creía que era gratis? Es lo que tiene el populismo: parece barato, pero sale muy caro.

    Le tengo otra noticia. ¿Sabe cuánto cuesta por mes cada estudiante?: unos US$ 300. Hermoso.

    En mayo de 1996, hace casi 30 años, publiqué en Búsqueda un informe sobre Cerro Norte, que luego incluí en el libro Matar al mormón. La nota llevaba un larguísimo título y bajada a dos líneas que ocupó dos páginas del semanario: Cerro Norte: un gueto de pobreza, marginalidad y violencia, cuna de la generación del cemento, con una tasa de mortalidad infantil parecida a la del Líbano y refugio de delincuentes en el que la Policía evita entrar y, cuando lo hace, se arma a guerra.

    Hace casi 30 años, en el mismo barrio donde mataron al bebé. “A esta hora se puede transitar; en un rato más, ya no”, me dijo entonces una trabajadora social que me acompañó a recorrer el barrio. Eran las 12 del mediodía. Y la pasta base de cocaína aún no había llegado; la droga de aquel momento entre los adolescentes pobres era el cemento de contacto.

    El entonces director de Seguridad de la Jefatura de Montevideo, Ricardo Bernal, declaró: “(En Cerro Norte) es muy difícil para la Policía hacer operaciones, se está tornando un lugar impenetrable, pero hace un tiempo no era tan así”. ¿Nadie escuchó esta advertencia? Hace casi 30 años de eso y ya entonces las tasas de mortalidad infantil allí triplicaban a las de la costa, la repetición escolar superaba el 50% y la mitad de sus habitantes no eran capaces de entender un texto simple. Tres décadas.

    El psicólogo social Antonio Pérez García advirtió en 1996 que, en ese barrio, como en otros, estaba surgiendo “una subcultura diferente dentro de la sociedad, cuya característica es no pertenecer al sistema normal. Esa gente vive en medios donde el desarraigo y la pérdida de valores tradicionales crean otros sistemas de valores que sirven a esos sectores para sobrevivir, pero que entran en contradicción con el resto de la sociedad”.

    Y una asistente social sentenció, y lo vemos hoy, con una gran precisión: “Las generaciones que viven en Cerro Norte tendrán un nivel educacional más bajo y serán más agresivas que las actuales”.

    Tres décadas después, aquí estamos.

    Y, por último (sé que aburro con estos temas pero hay otras páginas interesantes en el semanario, nadie está obligado a leer), otra remembranza que muestra cómo nos hemos acostumbrado y, si miramos para atrás y vemos el periplo de estos 30 años, quizás no nos dé la imaginación para proyectarla otras tres décadas hacia adelante: en los años 90 había en el país menos de 3.000 presos (hoy son 16.000); había unos 180 homicidios por año y se aclaraban un 80% (hoy se duplicaron los asesinatos y la tasa de aclaración llegó a reducirse hasta un 50%); había 1.200 denuncias de rapiñas al año (ahora hay 13.000). Con aquella realidad que hoy anhelaríamos, el expresidente Julio Sanguinetti declaró a mediados en 1994: “Uruguay tocó fondo en seguridad pública”. Hoy estamos en un pozo en el que, al menos yo, no veo la salida.

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