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Vivimos pendientes de la opinión ajena, de la calificación implícita en cada mirada, reunión o publicación, como si nuestro valor se midiera en un marcador que nunca deja de actualizarse; sin embargo, la paradoja es que solemos equivocarnos al adivinar qué están pensando de nosotros
El sábado pasado me reencontré en una fiesta con José Luis Vera, dueño de Urudata Software, a quien no veía hacía unos 10 años. Luego de ponernos al día, intercambiar anécdotas y contarnos en qué estaba cada uno, la conversación derivó hacia un psicólogo amigo con quien ambos solíamos trabajar. Los dos hablamos bien de él, recordamos lo enriquecedoras que eran sus intervenciones y cuánto lo valoraban en las empresas donde trabajaba. Más tarde, ya en casa, me quedé pensando en lo bueno que sería que Luis, ese psicólogo del que hablábamos, supiera cómo nos habíamos referido a él con tanto aprecio y admiración, sin estar presente. Y pensé también en cuántas veces los demás piensan bien de nosotros y jamás llegamos a enterarnos, como si una parte amable del mundo quedara fuera de cuadro.
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Mi cabeza cinéfila enseguida me llevó a un episodio de la serie Black Mirror en el que la vida de las personas se rige por una puntuación social. Cada gesto suma o resta en un tablero invisible que abre o cierra puertas. Aunque sea una distopía, la metáfora es evidente: vivimos pendientes de la opinión ajena, de la calificación implícita en cada mirada, reunión o publicación, como si nuestro valor se midiera en un marcador que nunca deja de actualizarse. Sin embargo, la paradoja es que solemos equivocarnos al adivinar qué están pensando de nosotros. La psicología social ha mostrado una y otra vez que subestimamos cuánto gustamos. Después de una conversación, de un brindis o de una entrevista, quedamos rumiando silencios y frases desafinadas, convencidos de que el otro notó nuestros tropiezos con lupa; y, sin embargo, lo más probable es que haya visto a una persona más interesante, más cálida o más competente de lo que nosotros mismos creemos.
A esa distancia entre la impresión real y la que imaginamos se la denomina “brecha del agrado”. Creemos caer peor de lo que caemos, y esa creencia, modesta en apariencia, tiene efectos concretos. Diversos estudios sobre esta brecha del agrado confirman que, en promedio, las personas nos subestimamos socialmente. Investigaciones realizadas por las universidades de Yale, Harvard y Sussex mostraron que, tras una conversación, la mayoría de la gente cree haber dejado una impresión más pobre de la que realmente deja. En experimentos controlados, los participantes calificaban cuánto les había agradado su interlocutor y cuánto creían que habían agradado ellos mismos. El resultado fue consistente, ya que todos pensaban que gustaban menos de lo que en realidad gustaban. Incluso meses después, en equipos de trabajo o grupos de estudio, esa diferencia de percepción se mantenía estable.
Esa distancia tiene un origen psicológico claro. Luego de una interacción, solemos concentrarnos en nuestros errores, lo que dijimos mal, el chiste que no funcionó, el silencio incómodo, y pasamos por alto las señales positivas que el otro sí percibe. Así, lo que llamamos “autocrítica” se convierte en un filtro que distorsiona la realidad. Pero lo interesante es que la brecha del agrado no solo afecta cómo interpretamos las primeras impresiones, sino que también influye en nuestra disposición a vincularnos. Cuanto más creemos que caemos mal, menos nos acercamos, menos pedimos ayuda, menos mostramos interés. En otras palabras, no es que los demás nos valoren poco; es que nosotros no alcanzamos a ver cuánto nos valoran.
En el trabajo, por ejemplo, quienes suponen que no son especialmente valorados evitan pedir ayuda, ofrecen menos retroalimentación y se retraen de oportunidades en las que podrían aportar. En la vida cotidiana, ese miedo a no gustar enmudece chistes, frena invitaciones, borra mensajes antes de enviarlos. La profecía se cumple sola y, así, cuanto más desconfiamos del interés del otro, menos oportunidades de vínculo creamos y menos confirmaciones positivas recibimos.
Hay, claro, una raíz antigua. En comunidades donde la supervivencia dependía del grupo, ser rechazados era peligroso. El cerebro aprendió a detectar señales de desaprobación como si fueran alarmas. Ese diseño aún vive en nosotros. Por eso recordamos con mucha más facilidad el peor rezongo que recibimos de nuestros padres y nos cuesta muchísimo evocar la situación más linda en la que recibimos un “te quiero” por parte de ellos. Pero lo que antes protegía, hoy puede desorientar. La mirada ajena se vuelve un semáforo que consultamos para todo, y terminamos dándole autoridad a opiniones que no merecen semejante poder.
El resultado es una autocensura persistente: limamos aristas, apagamos convicciones, cambiamos de tono y hasta de metas para encajar en expectativas supuestas. Por eso conviene ensayar una corrección de foco. Primero, distinguir hechos de interpretaciones. “Se aburrió” rara vez es un hecho; es, la mayoría de las veces, una lectura teñida por nuestras inseguridades. Segundo, desplazar la atención del espejo al interlocutor: escuchar con curiosidad, hacer preguntas genuinas, estar presentes en la charla en lugar de auditarnos por dentro. Hay una paradoja amable en juego: cuando dejamos de intentar agradar y nos interesamos de verdad por el otro, solemos resultar más agradables. La conexión humana no se arma con perfección, sino con presencia. Tercero, construir una brújula interna. Tener claros los propios valores —la idea de integridad, de aprendizaje continuo, de respeto, de coraje— reduce la dependencia de la aprobación. Una suerte de filosofía personal, breve y recordable, ordena las decisiones en momentos de duda: me critiquen o me aplaudan, ¿esto está alineado con lo que quiero ser? Cuando ese eje está firme, las opiniones dejan de ser veredictos y se convierten en insumos. Podemos escucharlas, ponderarlas y seguir, sin vivir a la intemperie de cada gesto ajeno.
También ayuda elegir con cuidado a quién otorgamos autoridad emocional. No toda voz merece el mismo peso. Un círculo pequeño de personas que nos conocen y nos quieren bien vale oro para crecer; el resto, en especial la crítica anónima o interesada, debería pasar como viento de costado. Este filtrado no es soberbia: es higiene psíquica en tiempos de sobreexposición. Y, sin embargo, hay algo más sencillo que a menudo olvidamos: decir en voz alta lo bueno que pensamos de los demás. La escena de la fiesta con José Luis lo evidencia claramente. Es frecuente hablar bien de alguien que no está y que nunca se enterará. Si hiciéramos el esfuerzo de devolver esas palabras a sus destinatarios, quizás ayudaríamos a reducir su propia brecha del agrado, esa distancia íntima donde tantos se sienten menos queridos de lo que realmente son. A la vez, conviene acostumbrarnos a la posibilidad de que algunos no coincidan con nosotros, y está bien.
Ser auténticos tiene un costo y es el de no gustar a todos. Pero el intento de agradar a todo el mundo tiene un costo aún mayor: no gustarnos a nosotros mismos. La libertad empieza cuando aceptamos que habrá disenso y aprendemos a convivir con él sin renunciar a lo esencial. El mundo, por supuesto, no dejará de opinar. Las redes, los pasillos, las mesas de trabajo y las sobremesas seguirán siendo escenarios donde circulan impresiones, etiquetas, elogios y críticas. Lo que sí puede cambiar es el lugar que les damos. Si reencuadramos nuestros temores, si escuchamos más y nos juzgamos menos, si anclamos el rumbo en valores y no en aplausos, la mirada del otro pierde el filo con el que tantas veces nos corta.
Es en esos momentos cuando aparece algo parecido a la serenidad. Ya no vivimos midiendo cada gesto para sumar puntos, sino para estar a la altura de lo que consideramos valioso. Quizás por eso aquella anécdota aún sigue en mi mente con tanta fuerza. Me gustaría que Luis supiera lo que dijimos de él, que su trabajo deja huella, que su presencia calma, que su oficio mejora conversaciones y equipos. Y me gustaría también que cada uno de nosotros pudiera escuchar el eco de lo que el mundo dice cuando no estamos. Más respeto del que sospechamos, más afecto del que admitimos, más reconocimiento del que nos damos. Hasta que eso ocurra, podemos hacer algo inmediato y suponer un poco más de benevolencia en la mirada ajena, dar por probado que el otro nos valora más de lo que nuestra autocrítica permite creer, y actuar en consecuencia.
Aun si ese tablero invisible existiera, el juego no sería acumular puntos, sino evitar perderse de uno mismo en el intento. Porque, al final, lo que los demás piensan de vos importa menos que cómo decidís vivir cuando esa pregunta deja de gobernarte. Ahí empieza la conversación que de verdad cuenta, la que tenés con tu propio criterio, ese que no puntúa, pero orienta. Y, si además nos animamos a decirles a tiempo a quienes admiramos lo que pensamos de ellos, tal vez hagamos el mundo un poco menos parecido a Black Mirror y un poco más parecido a esa fiesta donde, sin darnos cuenta, alguien está hablando bien de nosotros.