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El juego se retiró del triángulo central del parque Rodó que da a la calle Sarmiento; cuando vuelva a girar lo hará metido en un espacio parecido a un patio trasero, con vistas a una pared, y quizás en el futuro se podría renombrar como el gusano claustrofóbico
¡Pobre bicho! A quién le importa si no es más que un juego mecánico. Antes que él se fueron otros. En 2013, la montaña rusa desarmada en pedacitos se vendió a un parque de diversiones mexicano. El tren fantasma cerró en marzo de 2014, mientras afuera los nostálgicos hacían cola para comprar las últimas entradas. A los vagones y esqueletos danzantes del “ícono” montevideano los sustituyó un juego supuestamente más terrorífico, la casa del terror, que aún sigue en pie entre las sombras.
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Pero calma. El gusano loco no se va, se muda. Sin grandes alharacas, con los ojos abiertos y la sonrisa perpetua, tendrá que acomodarse donde quepa. El juego se retiró del triángulo central del parque Rodó que da a la calle Sarmiento —allí también daba vueltas una calesita que desaparecerá— y se está colocando detrás del rock and samba y de los autitos chocadores. Cuando vuelva a girar lo hará metido en un espacio parecido a un patio trasero, con vistas a una pared, las espaldas del estadio del Club Defensor y, algo más lejos, la Facultad de Ingeniería. Quizás en el futuro se podría renombrar como el gusano claustrofóbico.
¿Es también el gusano loco un ícono a punto de ser degradado? ¿Lo era el tren fantasma? Desde hace algunas décadas se advierte la frecuencia abrumadora de las palabras ícono, icónico y emblemático. En 2010 un periodista anglosajón encontró la palabra icónico repetida 18.000 veces en artículos noticiosos de habla inglesa. “Una epidemia verbal, el mundo es icónico”, tituló Marcelo Zapata de Ámbito Financiero. “Se ha vuelto prácticamente imposible leer un artículo, una reseña, una guía turística, una receta de cocina y hasta un obituario sin que aparezca el mencionado adjetivo con su redundante insignificancia. Cuando se abusa de un signo este deja de significar. Y como hoy todo, absolutamente todo, es icónico, nada lo es. (…) En las últimas semanas, la prensa ha calificado de icónico/icónica el bigote de Freddie Mercury, la pizzería Horacito de Neuquén, el árbol de Navidad del Rockefeller Center, cualquier otro árbol de Navidad, una chaqueta de la Reina Letizia, la canción Believe de Cher, la palabra machirulo, (…) el pollo a la naranja, el intercambio de camisetas entre Messi y Zidane, la entrepierna de Sharon Stone en Bajos instintos…”. La lista sigue.
Foto del gusano loco expuesta hoy en el Parque Rodó
¿Y el gusano loco qué es? Un juego ingenuo, anillado, pintado de rojo y amarillo, que da una vuelta completa cada ocho segundos. Un pícaro que emprende la marcha atrás cuando no lo esperamos. En la cabeza lleva dibujada su sonrisa perpetua, entre feliz y diabólica, como cualquiera que ríe por siempre. Estuvo en el mismo lugar 71 años y esa tenacidad le permitió convertirse en referente espacial. Si la cita era “al lado del gusano loco”, no había manera de perderse.
Al parecer, el juego es el mismo que inventaron los españoles Jaime Fuster y Miguel Mengot en 1954. Ellos también le dieron el nombre, inspirados en un libro del humorista Wimpi. No ha sido posible corroborar si hubo reformas importantes en su construcción en los últimos años, más allá del mantenimiento mecánico y los retoques de pintura. De la fabricación se encargaron Guido y Alviero Tafani, dueños de Talleres Argerich, una empresa dedicada a la mecánica en general, chapa y pintura, que sigue funcionando a cargo de Laura Tafani. Cuando Laura oye la mención al gusano loco, se le encrespa la voz. “Me hiciste emocionar —dice—. No sabía que lo iban a cambiar de lugar. Al gusano lo hicieron Guido y Alviero, mi abuelo y mi padre”.
Alviero llegó a Uruguay desde Italia con 13 años. Era un niño, un inmigrante huyendo de la guerra. Lo que nunca imaginó fue que a los 18 años sus manos doblarían las chapas del juego más popular del país. La tarea lo marcó. Hizo otros juegos junto con Fuster y Mengot: helicópteros, calesitas, lanchas de agua…, pero lo del gusano fue un mojón. Ya débil y enfermo, le gustaba decir: “Mirá que yo hice el gusano loco”. Antes de morir, el 26 de setiembre de 2016, lo nombró en la despedida.
Laura quisiera homenajear a su padre, a ese hombre de bajo perfil que no sabía cómo aceptar los reconocimientos. Cuando la banda Níquel, creadora de la canción El gusano loco, lo invitó al homenaje a Jorge Náser en el Solís, por modestia, prefirió no ir. Que ella sepa no quedó ninguna foto de Alviero junto al gusano de sus desvelos. Ironías de la vida.
En el lugar colocarán otros juegos, renovarán los senderos y habrá mejoras en los carteles. La obra avanza. Al otro lado de la calle, ya están colocadas la plataforma y las barandas del gusano loco en su nuevo sitio. Esta vez no hay marcha atrás. Probablemente, la inauguración se concrete cerca de fin de año, aunque se había anunciado para setiembre. Al día de hoy, la Intendencia de Montevideo no tiene una fecha precisa.
El lugar donde irá el gusano loco
Sitio donde instalarán el gusano loco.
Las nuevas atracciones, todas fabricadas en China, asoman por encima de las vallas. Son coloridas, altas, empinadas. Con ellas, se ha prometido, habrá más “emoción y adrenalina”. ¿De verdad, más? Con la adrenalina, al igual que la sal, cuanto más se agrega más se necesita, y menos se perciben los otros sabores.
Cuando se anunció la renovación de los juegos, al pasar se señaló que el gusano loco se trasladaría unos metros. Tal vez el dato pasó desapercibido por lo impreciso, pero era relevante. El lugar es parte de la identidad y el disfrute. Gusanos locos con vista al mar no abundan.
Si a alguien se le hubiera ocurrido colocar un buzón para que los visitantes del parque votaran por sí o por no el traslado del juego, sospecho que hoy permanecería en su sitio. No por icónico ni por emblemático. No por ser el más grande, el más taquillero, el más rápido, el mejor o el último modelo, sino por el cariño que sentimos hacia él, a su modesta alegría. Y —¿por qué no?— en honor a sus inventores y a Alviero Tafani, que le dedicó hasta sus últimos pensamientos.