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Diciembre instala una distancia breve pero suficiente para mirar hacia atrás y reconstruir la trama de nuestros días; muchas personas realizan su propio balance, aunque no lo llamen así
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Dickens no pensaba en diciembre al escribirlo, pero bien podría haberlo hecho. Hay algo en el cierre del año que captura esa paradoja. Un ritmo doble que nos envuelve, un pulso que combina la alegría de lo vivido con el cansancio acumulado, la esperanza por lo que vendrá y la inquietud por lo que queda pendiente. Por eso la frase sigue vigente, porque diciembre es, en esencia, una contradicción permanente en la que aprendimos a habitar año tras año.
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El fin de año avanza como una corriente que nos arrastra y nos ordena a la vez. Incluso quienes se resisten a los rituales sienten en algún momento que el tiempo empieza a acortarse. Lo notamos cuando comprobamos que quedan pocas semanas para hacer lo que creíamos que haríamos durante meses. Lo notamos cuando las agendas se cargan, cuando las reuniones se multiplican, cuando la mente corre más rápido que el cuerpo. Y también cuando el clima social cambia y todo parece moverse con una mezcla de prisa y nostalgia. La locura de la calle, las colas en los centros comerciales, la agenda desbordada de eventos y compromisos.
En ese contexto surge la necesidad casi automática de revisar lo vivido. Diciembre instala una distancia breve pero suficiente para mirar hacia atrás y reconstruir la trama de nuestros días. Muchas personas realizan su propio balance, aunque no lo llamen así. Se preguntan qué lograron, qué aprendieron, qué hicieron bien y qué repetirían de otra manera. Otros simplemente sienten el peso o la ligereza del año, que también es una forma de comprensión. La reflexión aparece porque el tiempo, en su borde final, se presta a ser pensado.
El impulso de cerrar ciclos se vuelve más fuerte. Ordenamos espacios que llevaban meses reclamando atención. Clasificamos papeles, vaciamos cajones, eliminamos correos que ya cumplieron su función. Cada gesto parece menor, pero tiene un efecto acumulativo. Es como si, al despejar el entorno, despejáramos también una zona interior. Quizás por eso tanta gente siente alivio cuando logra terminar algo antes de fin de año, aunque haya tardado meses en hacerlo. Los finales necesitan su escena, aunque sea de entre casa.
El mundo laboral, sin embargo, suele escribir su propio capítulo de diciembre. Lo hace con urgencias que rara vez coinciden con nuestra necesidad de pausa. Surgen reportes inminentes, cierres presupuestarios, evaluaciones de desempeño, presentaciones improvisadas, pendientes que habían estado dormidos durante diez meses y despiertan justo cuando el cansancio es mayor. Cada empresa tiene su inventario particular de demandas tardías, pero todas comparten la misma sensación. El fin de año corporativo suele anunciarse sin suavidad.
Frente a ese panorama, crece otro movimiento que es tan universal como los brindis: el deseo de proyectar el futuro. Imaginamos hábitos nuevos, objetivos alcanzables o imposibles, cambios que creemos urgentes y otros que venimos postergando desde hace demasiado. Hablamos de hacer ejercicio, dormir mejor, trabajar de un modo más equilibrado, estudiar lo que dejamos pendiente, viajar a lugares soñados o, simplemente, vivir con mayor calma. Aunque sepamos que enero no trae una transformación mágica, nos gusta pensar que el calendario nuevo habilita un margen distinto, más generoso.
La dimensión afectiva también se intensifica en estas semanas. Las familias se reúnen, los amigos se reencuentran, las ausencias se notan más y las presencias adquieren un brillo especial. Diciembre es un mes que ordena y desordena vínculos. Hay quienes encuentran en las fiestas un espacio de contención y quienes sienten que la exigencia de felicidad colectiva les resulta abrumadora. Pero en todos los casos emerge la conciencia de que no transitamos el año solos y de que cada persona que compartió un tramo dejó una marca.
Muchos aprovechan para viajar, aunque sea por unos días. El viaje permite respirar entre dos capítulos, hacer una pausa mental antes de que la maquinaria de enero vuelva a encenderse. A veces es una búsqueda de descanso y otras de perspectiva. Moverse de lugar ayuda a mover ideas que estaban quietas.
Y mientras todo eso sucede en distintos planos, hay una pregunta silenciosa que atraviesa el mes: ¿qué hacemos con el tiempo que se va? No es una inquietud dramática, sino una invitación a comprender de qué modo nos transformó el año. Necesitamos decidir qué parte de lo vivido queremos llevar con nosotros y qué parte conviene dejar ir. No porque sea malo, sino porque ya cumplió su ciclo. Reconocer esa diferencia a veces demanda más energía que cualquier balance formal.
Algunas personas encuentran claridad al escribir; otras, al conversar; otras, al detenerse en silencio. Lo cierto es que el cierre del año nos pide atención. Nos recuerda que no podemos empezar algo nuevo sin revisar, aunque sea brevemente, qué nos trajo hasta aquí. También nos recuerda que la presión por terminar todo antes del 31 es, en gran medida, una ficción cultural. El mundo no cambia en la medianoche. Cambiamos nosotros cuando decidimos mirar el tiempo de manera distinta.
Diciembre funciona como una ventana entreabierta. No es un final absoluto ni un comienzo perfecto. Es un borde en el que conviven certezas y dudas, logros y tropiezos, esperanzas y miedos. Aun así, tiene una capacidad singular para renovar la mirada. Nos permite entender algo que el ritmo cotidiano suele ocultar. Los finales no cierran el sentido de una historia, sino que lo reorganizan.
Por eso vale la pena agradecer lo aprendido y dejar espacio para lo que vendrá. Quizás el mayor gesto de sabiduría sea aceptar que enero no espera perfección, sino disposición. No exige una versión mejorada de nosotros mismos, sino una disposición más consciente hacia el tiempo que sigue.
Cuando el último día del año se acerca y el brindis asoma, la frase de Dickens vuelve a tener sentido. Es probable que cada año haya sido, a su manera, el mejor y el peor de los tiempos. O algo cercano a eso. Contuvo momentos luminosos y otros difíciles. Sorprendió, desafió, ofreció oportunidades y presentó obstáculos. Pero lo importante no es etiquetarlo, sino reconocer que lo atravesamos. Y que lo hicimos con la humanidad imperfecta que nos acompaña siempre.
Al final, cada diciembre funciona como una versión contemporánea de esa novela que abre con una sentencia memorable. No porque el mundo sea tan extremo como en Historia de dos ciudades, sino porque la vida también se compone de contrastes. Cerrar el año es reconocerlos y seguir adelante con la esperanza tranquila de que, con cada comienzo, algo en nosotros se acomoda.