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El mercado de combustibles: cómo se compone, qué debería mejorar
El mundo de los combustibles fósiles no es un tema sencillo, en medio de un sector todavía mayor, el de la energía. No es sencillo porque la cadena de valor entre la producción y el consumo de los combustibles tiene sus varias partes, y encima entran en juego estructuras y cuestiones locales, con grandes intereses públicos y privados. ¿Qué se puede hacer entonces, dentro de lo políticamente viable, para tener un sector más competitivo y con menores precios?
Hace unos días escuché a uno de los candidatos presidenciales hablando del mercado de combustibles. No parecía saber, o entender mucho, lo que el periodista le preguntaba. No creo que los candidatos deban saber de todo con total precisión, aunque no estaría mal que al menos peloteen y sepan defender sus propuestas principales. Pero, dejando de lado mi deseo por discutir propuestas —cuando el debate, en Uruguay y en el mundo, parece cada vez menos central en las campañas—, es cierto que el mundo de los combustibles fósiles no es un tema sencillo, en medio de un sector todavía mayor, el de la energía.
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No es sencillo porque la cadena de valor entre la producción y el consumo de los combustibles tiene sus varias partes, y encima entran en juego estructuras y cuestiones locales, con grandes intereses públicos y privados. ¿Qué se puede hacer entonces, dentro de lo políticamente viable, para tener un sector más competitivo y con menores precios?
Veamos primero a grandes rasgos la cadena de valor del petróleo. Esta industria se divide en tres segmentos: el upstream, que cubre la exploración y la producción de petróleo; el midstream, que cubre el transporte y el almacenamiento; y el downstream, que incluye la refinación y la conversión a productos finales (combustibles como la nafta, el gasoil o fueloil, para uso del transporte y la industria). El sector upstream es el que en general exige más capital —se trata de enormes proyectos de inversión que llevan años, desde el descubrimiento y la perforación hasta la producción—, tiene más riesgos asociados y potencialmente también mayores retornos. Los otros dos segmentos son en general más regulados y los riesgos y retornos son menores.
Las estructuras de mercado varían por país y dependen también de si es productor de petróleo y gas o no. Por ejemplo, Arabia Saudita y Rusia, grandes productores, tienen modelos donde la mayoría de la cadena de valor está en manos de empresas públicas. Estados Unidos, otro gran productor, tiene un modelo mayormente de participación privada. Entre países no productores, hay mucha variación respecto al grado de participación privada y a la liberación de la importación. En general los países tienen refinerías —a veces estatales y a veces no— y también permiten, o no, la importación de combustibles finales. Nueva Zelanda, por ejemplo, refinaba alrededor del 70% de su consumo e importaba el resto, pero cerró su refinería (que estaba en manos de privados) en 2022 y ahora directamente importa todos sus combustibles fósiles.
En Uruguay tenemos un modelo con una empresa pública, Ancap, que tiene el monopolio sobre la importación y la refinación de petróleo crudo (con algunas excepciones), y luego competencia y participación privada en la distribución secundaria, desde la planta de Ancap hasta las estaciones de servicio. En este segundo subsegmento hay varios actores: las “marcas” de las estaciones de servicio, las empresas de camiones que realizan el transporte entre Ancap y las estaciones y las estaciones, que venden bajo una de las marcas. Algunas empresas, además, están presentes en varias de estas partes, complejizando las relaciones entre las distintas partes y reduciendo los incentivos a la competencia.
Nuestro país tiene una historia marcada por una presencia fuerte de las empresas públicas en los servicios esenciales. En el caso de Ancap, parte de su lógica —como lo fue en empresas similares en otras partes del mundo— era la de velar por la seguridad energética del país (que siempre haya disponibilidad de combustibles), un punto clave para países importadores como el nuestro. Sin embargo, y como pasa en otros países, las empresas públicas se volvieron no solo parte de la operación sino también parte (directa o indirectamente) de la regulación y la fijación de los precios. Es decir, “juez y parte”.
Entonces, tenemos un sector que por un lado posee una gran empresa pública monopólica —lo que exige un fuerte esfuerzo de regulación, un aspecto débil de nuestro sistema— y por el otro tiene participación privada, en la que existen varios actores y varios intereses, a veces entrelazados, que también dificultan la competencia y su regulación.
¿Qué cuestiones hay por mejorar? En primer lugar, continuar avanzando en que Ancap sea una empresa más eficiente, de primer nivel. La introducción del precio de paridad de importación (PPI) en esta administración fue en este sentido. El PPI es un indicador elaborado por el regulador a partir de los costos de un importador modelo, teórico, que haría lo mismo que Ancap. La tarifa entonces se define como el PPI más un factor equis, donde equis corresponde a lo que se le exige a Ancap pero que no se tendría en cuenta en un caso teórico. Esta práctica de tener un precio de referencia reduce la discrecionalidad del Poder Ejecutivo para definir el precio de ANCAP, o al menos otorga mayor transparencia a los sobrecostos y a los potenciales impuestos encubiertos. Eso sí, el Poder Ejecutivo sigue teniendo cierta discrecionalidad y, si bien el factor equis debería tener un tope, permite cierta flexibilidad, haciendo alusión a su nombre.
Otro aspecto a mejorar de Ancap, y de las empresas públicas en general, es tanto su gobernanza como la separación de los objetivos comerciales de los fiscales. Me parece bien que el Poder Ejecutivo, en representación de los accionistas (todos los uruguayos), defina el directorio, pero el directorio debería ser elegido vía un proceso público y competitivo, que busque a la gente más idónea. Los directores luego deberían cumplir con objetivos comerciales claros, separados de cuestiones políticas, y ocuparse de lo estratégico, de mediano o largo plazo, no de la operativa diaria. Los tiempos de los directores podrían incluso ser diferentes a los tiempos electorales. En la misma línea, cuando la empresa pública decide hacer operaciones o inversiones que no son parte de su objetivo comercial (como el caso del Antel Arena por parte de Antel), estas deberían ser aprobadas y pagadas por el Estado en forma separada e idealmente ser absolutas excepciones.
Una alternativa podría ser cesar el monopolio de Ancap, pero creo que eso es políticamente inviable, y algo que no está realmente sobre la mesa hoy.
En segundo lugar, también hay que seguir avanzando en introducir mayor competencia entre empresas privadas, dado que acá también parece haber lugar para mayor eficiencia. Hoy se define el precio máximo de venta al público y todas las estaciones básicamente cobran el mismo precio, ese precio máximo. La regulación es clave ante la presencia de empresas monopólicas como Ancap, pero también lo es cuando hay estructuras horizontales complejas, con jugadores que están en varias partes, como en este segmento. El actual gobierno intentó una reforma en este sentido, pero tuvo mucha resistencia de los actores privados, dejando en suspenso esta parte de la reforma.
En tercer lugar, y capaz el corazón de todo, tener una mejor separación de roles, con un regulador independiente, que otorgue más transparencia, y con apoyo político. Para saber qué subsidios o sobrecostos son necesarios, o cómo mejorarlos, lo primero es saber dónde están, cuál es su monto y a quiénes llegan. Sin una regulación transparente es imposible.
Todos estos cambios implican tocar grandes intereses económicos, públicos y privados, y cambiar el statu quo, un enorme puzle de 1.000 piezas con mucha inercia. Sería ingenuo pensar que es un cambio sencillo, pero este puzle tiene un enorme efecto sobre el bolsillo de los consumidores y la competitividad del país. Hay muchas piezas y habrá que ser pacientes, pero son cambios que harán la diferencia para el crecimiento que se necesita. Ojalá el próximo presidente comprenda a fondo este tema y tenga voluntad política de mover otras piezas para tener un sector más competitivo, con menores costos y menores precios.