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El nuevo espacio de coordinación entre las colectividades políticas que hoy integran la oposición es una decisión de sentido común, pero que igual costó muchísimo esfuerzo y estuvo precedida de varias idas y venidas
En los últimos días, como consecuencia de un aumento de la confrontación entre oficialismo y oposición en el Parlamento, el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente lograron concretar un ámbito de coordinación de la coalición republicana, largamente postergado. Ese paso llega en un momento crucial, a unos pocos días de que el Poder Ejecutivo envíe al Legislativo el proyecto de Presupuesto quinquenal.
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El nuevo espacio de coordinación entre las colectividades políticas que hoy integran la oposición es una decisión de sentido común, pero que igual costó muchísimo esfuerzo y estuvo precedida de varias idas y venidas. Por lo tanto, amerita algunas reflexiones.
La primera es que, para que ese ámbito sea de utilidad, todos sus integrantes deben darle la importancia que realmente merece. De nada sirve tenerlo si después se recurre a él solo como forma de disimular las diferencias o para hacer catarsis y denunciar violaciones a los acuerdos preestablecidos.
La segunda es que, para aprovechar la coordinación de la mejor forma, hay varios dirigentes, tanto blancos como colorados, que deberían cambiar el chip y entender que es imprescindible que compartan al menos un denominador común si tienen pretensiones de volver a obtener el gobierno en las elecciones nacionales de 2029.
De nada sirve generar ese espacio común si no se asume de una buena vez que, por más que en la superficie puedan haber muchas diferencias entre blancos, colorados e independientes, en el fondo todos pertenecen a una misma familia ideológica, a un bloque político en contraposición con el otro bloque, que es el Frente Amplio.
La tercera reflexión es que todos los integrantes de esa coordinación deberían primero dar vuelta la página sobre lo ocurrido durante los últimos años y poner la mira en el futuro. No es tiempo de cobrar viejas facturas ni de entrar en una competencia para ver quién es más coalicionista y quién menos. Tampoco para llevar una especie de ranking sobre quién tiene más vínculos con integrantes del oficialismo o jerarcas del actual gobierno. Eso no es lo importante ahora.
En una verdadera coalición política, que realmente funcione como tal, cada cual tiene que ocupar su espacio. Algunos deben mostrarse como los más moderados y otros como los más radicales. Pero todos, más allá de esas posturas coyunturales, deben tener claro que persiguen el mismo objetivo y que están dispuestos a trabajar juntos para lograrlo. Asumirlo es lo primero. Después que se incorpora, la unión se fortalece y no se resquebraja ante el primer conflicto que surja.
En este caso, la concreción de una mesa de coordinación de la coalición republicana es consecuencia de un incremento de la crispación en el Parlamento. Fue después de varios desaires que realizó el Frente Amplio a legisladores blancos, colorados e independientes, que finalmente estos últimos resolvieron unirse de una forma orgánica.
No es el mejor comienzo. Lo ideal hubiera sido que este ámbito surgiera como un paso natural luego de lo que viene ocurriendo en la política uruguaya durante las últimas décadas. Las circunstancias fueron otras: hizo falta que recibieran varios golpes del otro lado para forzar una unión concreta, más allá de las palabras y las intenciones anunciadas previamente.
De todas formas, se puede aprender de esta experiencia. Porque los que están en la vereda de enfrente y que terminan provocando la mesa de coordinación de la coalición republicana con sus desplantes en el Parlamento, también cuentan en sus filas con partidos e ideologías muy distintas. La diferencia es que tienen claro que solo unidos pueden hacerse fuertes. Ellos tienen negociadores y confrontativos, moderados y radicales, socialdemócratas y marxistas, y muchos otros extremos. La diferencia es que siempre priorizan el proyecto político conjunto. Y, en los hechos, proyectos políticos hay dos: el del Frente Amplio y el de la coalición republicana.
Es hora que los segundos terminen de asumir esa realidad, al igual que ya lo hicieron los primeros desde hace décadas. Aunque sea por la negativa y en contraposición, es momento de que se den cuenta de que no hay más tiempo que perder.