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    Ese villano que llevamos dentro

    Así como un buen líder no se limita a ser el “héroe perfecto”, tampoco debe convertirse en el “villano temido”, sino encontrar un equilibrio humano entre firmeza y empatía

    Columnista de Búsqueda

    Desde hace décadas, el cine y las series de televisión muestran una danza eterna entre héroes y villanos, una narrativa que se repite en todas las culturas y que ha capturado la imaginación colectiva. Sin embargo, hay un fenómeno curioso y persistente: aunque los relatos están diseñados para que las personas apoyemos al héroe, a menudo sentimos más fascinación por el villano.

    Darth Vader en Star Wars, el Joker en Batman, Walter White en Breaking Bad o el Profesor en La casa de papel son personajes que, lejos de provocar solo rechazo, despiertan identificación, empatía e incluso admiración. Esto no es casualidad, sino el resultado de una combinación de factores psicológicos, narrativos y sociales que, además, se conectan directamente con las dinámicas del mundo laboral y con la forma en que entendemos el poder, la ambición y la moral en nuestras vidas.

    En primer lugar, los villanos suelen ser personajes más complejos que los héroes. Mientras que el protagonista representa la virtud, el deber y la moral recta, el antagonista encarna contradicciones internas, heridas emocionales y motivaciones profundas que resultan más humanas. La psicología de Carl Jung habla de la “sombra”, esa parte oculta de la personalidad que contiene deseos reprimidos, miedos y emociones que las personas no mostramos en público. Cuando vemos a un villano actuar sin tapujos, sentimos que esa sombra se libera por medio de él. No significa que deseemos destruir mundos o manipular a otros, sino que en la ficción encontramos un espacio seguro para proyectar y explorar emociones que en la vida real mantenemos bajo control.

    Los estudios también respaldan esta idea. Una investigación publicada en Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts encontró que los espectadores sienten empatía con personajes malvados porque reconocen en ellos motivaciones y emociones propias, aunque estén distorsionadas. Estos trabajos demostraron que los personajes moralmente ambiguos causan mayor disfrute narrativo porque nos hacen reflexionar sobre nuestros valores y juicios éticos. En el fondo, el atractivo del villano es que nos desafía intelectualmente, nos obliga a cuestionarnos hasta qué punto la moral es absoluta o depende de las circunstancias.

    Además, los villanos suelen estar dotados de un carisma innegable. Los personajes con gran poder y magnetismo personal activan en nuestro cerebro sesgos que asociamos con liderazgo y capacidad de protección, incluso si sus acciones son destructivas. Esta fascinación por el poder se traduce en una mezcla de miedo y atracción: rechazamos lo que hacen, pero admiramos la forma en que lo hacen. Es el mismo motivo por el cual, en la vida real, ciertas figuras autoritarias logran seguidores leales: encarnan la seguridad y la decisión que muchos desean en momentos de incertidumbre.

    En la ficción contemporánea, además, los villanos rara vez son planos. Series como Breaking Bad o películas como Joker construyen personajes que permiten entender sus orígenes, sus traumas y sus razones. Walter White empieza como un hombre común, con problemas cotidianos y una enfermedad que lo lleva a tomar decisiones desesperadas. El espectador sabe que sus acciones son inmorales, pero entiende el proceso que lo convierte en villano. Este “origen humano” amplifica la identificación. Al ver que el mal no nace de la nada, sino de una suma de circunstancias y elecciones, se da cuenta de que, en condiciones extremas, cualquiera podría recorrer un camino similar.

    Este fenómeno no queda limitado a la pantalla, sino que encuentra un espejo en el mundo laboral. En las organizaciones los individuos también reprimimos emociones y deseos: la ambición, la rabia frente a un jefe autoritario, el deseo de romper reglas. Identificarnos con un villano puede ser una forma simbólica de dar salida a esas tensiones. Así como admiramos al Profesor, que quiere robar la Casa de la Moneda española por su capacidad estratégica, en el trabajo podemos sentir respeto por colegas que, aunque sean duros o manipuladores, logran resultados. El problema aparece cuando esa fascinación lleva a tolerar dinámicas dañinas por la promesa de poder, seguridad o éxito.

    Las investigaciones en liderazgo muestran algo similar. En The Leadership Quarterly se ha observado que muchas personas sienten atracción por líderes dominantes y autoritarios porque los perciben como fuentes de control y certeza. Es la misma lógica que opera en la ficción con personajes como Darth Vader. Sabemos que son temibles, pero también transmiten la sensación de que, bajo su mando, todo estará bajo control. En las empresas, esto puede convertirse en un arma de doble filo: por un lado la determinación de estos líderes impulsa resultados, pero por otro lado puede crear climas laborales de miedo y sumisión que a largo plazo erosionan la creatividad y el bienestar de los equipos.

    Algo parecido ocurre con la moral ambigua. Así como en las series justificamos las decisiones de un antihéroe porque entendemos su contexto, en el ámbito laboral muchas veces se aceptan prácticas cuestionables “por el bien de la empresa”. Horas extra no pagadas, competencia interna a veces desleal o decisiones éticamente dudosas pueden racionalizarse de la misma forma en que justificamos a Walter White o a Tony Soprano. Es cierto que no aprobamos lo que hacen, pero entendemos por qué lo hacen. La ficción, al poner frente a nosotros estas tensiones, funciona como un laboratorio seguro para ensayar cómo reaccionamos frente a dilemas éticos y qué tan flexibles somos con nuestros valores.

    Incluso podemos identificar arquetipos de villanos en la oficina. Está el jefe que recuerda a Darth Vader, autoritario y temido, pero que proyecta fuerza y control. El compañero de trabajo que actúa como un Loki, encantador y manipulador, siempre en busca ventaja personal. O el disruptor que parece un Joker corporativo, alguien que rompe normas, genera caos y al mismo tiempo abre espacios para la innovación. Estos arquetipos no son meras caricaturas: reflejan dinámicas reales que conviven en cualquier organización, y comprenderlos nos ayuda a manejarlos de manera más consciente.

    La pregunta es cómo aprovechar esta identificación de forma positiva. Una de las claves está en la autoconciencia. Preguntarse por qué un villano nos atrae puede revelar algo importante sobre nuestras propias aspiraciones o frustraciones. Tal vez admiramos la ambición desmedida de un personaje porque sentimos que en nuestro trabajo no nos reconocen lo suficiente. Tal vez nos atrae la rebeldía de un villano porque deseamos mayor autonomía. Reconocer estas proyecciones da pistas sobre lo que necesitamos cambiar en nuestra vida profesional.

    Otra forma de aprovechar esta fascinación es tomarla como ejercicio de reflexión moral. La ficción nos brinda un espacio seguro para explorar dilemas éticos que en la vida real serían demasiado riesgosos. Cuando seguimos la historia de un villano, ensayamos internamente cómo justificar, aceptar o rechazar sus acciones, y eso nos prepara para enfrentar dilemas reales en el trabajo con mayor claridad. En vez de reprimir nuestras sombras, podemos aprender a integrarlas, reconociendo que la ambición, el deseo de control o la rebeldía no son en sí negativos, sino fuerzas que deben canalizarse de manera constructiva.

    En el liderazgo también hay aprendizajes. Podemos inspirarnos en el carisma, la visión estratégica y la capacidad de romper esquemas que muestran muchos villanos, pero acompañar esos rasgos con valores de respeto, justicia y cuidado del equipo. Es decir, usar las cualidades atractivas del villano sin caer en su destructividad. Así como un buen líder no se limita a ser el “héroe perfecto”, tampoco debe convertirse en el “villano temido”, sino encontrar un equilibrio humano entre firmeza y empatía.

    En definitiva, la atracción por los villanos no es un error moral ni un capricho narrativo, sino un reflejo de cómo lidiamos con las propias tensiones internas. En el trabajo, donde se juegan la ambición, el poder, la ética y las emociones reprimidas, esta identificación puede servir de espejo y como herramienta de aprendizaje. Lejos de temer a nuestra simpatía por los malos, podemos usarla para comprendernos mejor, cuestionar nuestras decisiones y crecer como profesionales y como personas. Porque si algo nos enseñan los villanos es que dentro de cada uno de nosotros coexisten la luz y la oscuridad, y que lo importante no es negar la sombra, sino aprender a integrarla y canalizarla en algo que aporte a nuestro desarrollo y al de quienes nos rodean.

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