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Paradójicamente, la actual sobreoferta de fuentes informativas vuelve cada vez más difícil discernir entre lo verdadero y lo falso; ejemplo cabal de este problema es la situación en Gaza; sin embargo, la lucha por la buena evidencia no está perdida
Desde hace varias semanas, la catástrofe humanitaria en Gaza constituye uno de los principales temas de debate público internacional con repercusiones que también se han hecho sentir en Uruguay. Por desgracia, no es sencillo formar una opinión fundada del tema, es decir, basada en evidencia de buena calidad. Estamos en medio de una auténtica guerra paralela de narrativas y bajo una limitación fundamental: la imposibilidad de la prensa internacional de ingresar en Gaza (Israel lo impide aduciendo motivos de seguridad). Además, los algoritmos de algunas plataformas perjudican más de lo que ayudan. En X, por ejemplo, es frecuente toparse con contenidos virales llenos de afirmaciones inexactas o directamente falsas.
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En este contexto: ¿cómo podemos saber lo que de verdad está sucediendo en Gaza? En esta nota, mencionaré seis medidas que he intentado aplicar de manera sistemática desde el 7 de octubre en adelante para formar mi propio diagnóstico de situación.
La primera es distinguir claramente entre fuentes periodísticas y no periodísticas. Por definición, el periodismo de investigación busca confirmar la ocurrencia de hechos sobre un tema de interés aplicando una metodología de trabajo que requiere el chequeo y el cruzamiento de diversas fuentes. De eso depende su prestigio y, por tanto, su supervivencia. Es importante distinguir en especial entre el periodismo de investigación y dos fuentes alternativas. Una son las cuentas presentadas como “sitios de noticias”, pero que no tienen estatus periodístico. Por desgracia, estos sitios pseudoperiodísticos, que desinforman más de lo que informan, abundan en las redes sociales, sobre todo en contextos políticos “calientes” como guerras o campañas electorales. Si una cuenta de noticias no provee datos básicos, como sus propietarios, el staff de periodistas integrantes o la procedencia específica de las informaciones brindadas, mejor silenciarla y buscar fuentes más confiables. Otra fuente no periodística son los grupos de presión, es decir, organizaciones que difunden información de calidad muy dispar y sesgada en función de sus objetivos políticos. Un ejemplo cabal es Aipac, grupo americano proisraelí dedicado a realizar una defensa cerrada de todas las acciones del Estado de Israel en el marco de la guerra. Del otro lado, tenemos casos como Palestina hoy, cuenta de redes sociales con cientos de miles de seguidores cuyo objetivo declarado es “romper la censura informativa palestina”. Navegando por X, los lectores podrán comprobar con facilidad la clase de contenidos que difunden este tipo de organizaciones y su claro sesgo propagandístico. Por cierto, no hay nada de malo en militar de manera organizada por una causa política; gracias al esfuerzo militante existen partidos políticos robustos y una sociedad civil vigorosa. Lo que no podemos es aceptar mansamente las afirmaciones y los recortes de la realidad que estas organizaciones realizan solo porque se alinean con nuestros valores o deseos. El objetivo de estas organizaciones no es la persecución de la verdad, sino la utilización de información para la defensa de sus causas políticas.
La segunda medida es tomar con suma cautela las afirmaciones y los datos aportados por las autoridades políticas involucradas en un contexto de guerra. La razón es la misma que en el caso de los grupos de presión: en tiempos de guerra cada bando procurará distribuir evidencia que fortalezca su relato y justifique sus acciones. Toda la campaña informativa de Hamás, por ejemplo, se basa en la estrategia de echar a Israel la culpa completa de la catástrofe humanitaria en Gaza. A la inversa, la narrativa del oficialismo israelí ha machacado una y otra vez que todo el sufrimiento de los gazatíes se debe a las acciones de Hamás, salvo algún episodio admitido como “error involuntario”.
La tercera medida es “consumir con responsabilidad” evidencia producida por particulares y difundida por estas mismas personas o por terceros interesados. De nuevo, si no hay un método de verificación periodístico o científico de esas imágenes, audios o mensajes de texto que circulan en abundancia por las redes y las aplicaciones de mensajería, no hay forma de corroborar su autenticidad. Esto no quita validez al esfuerzo de registrar y difundir hechos en el terreno, por parte de ciudadanos de a pie, aprovechando las bondades de las nuevas tecnologías digitales y teniendo en cuenta la ausencia del periodismo internacional en Gaza. Sin embargo, solo los métodos de fact checking, propios de la investigación periodística, pueden establecer el grado de confiabilidad de este tipo de documentación.
La cuarta medida es apelar a una dieta periodística diversa. Esto es crucial porque, en función de criterios tanto valóricos como periodísticos, los medios tienen agendas informativas diferentes. Sobre Gaza en particular hay medios más preocupados por investigar los crímenes cometidos por Israel y otros más enfocados en documentar las responsabilidades de Hamás. Una buena dieta basada en el periodismo israelí, por ejemplo, podría ser desayunar a diario con el Jerusalem Post, Haaretz, Yehidot Aronot y The Times of Israel, cuyas líneas editoriales, sus equipos periodísticos y las coberturas informativas son bien diferentes. Naturalmente, la calidad periodística de tales o cuales medios siempre será objeto de debate. Lo importante, más allá de esta discusión, es estar dispuestos a seleccionar un conjunto de medios (y periodistas) con diferentes enfoques y recortes de la realidad. Tan importante como un ecosistema de investigación periodística plural es un público dispuesto a aprovecharlo.
La quinta medida es recurrir a investigaciones científicas. Un buen ejemplo son los trabajos académicos que han estimado la mortalidad en Gaza a causa de la ofensiva israelí. Dado que los datos de fallecimientos oficiales son proporcionados por el Ministerio de Salud dependiente de Hamás, es razonable sospechar sobre su confiabilidad. Por esta razón, varios estudios —incluyendo algunos publicados en revistas arbitradas— han procurado corroborar la veracidad de estos datos mediante la utilización de métodos alternativos. La conclusión a la que han llegado estos trabajos es que las cifras oficiales aportadas por el Ministerio de Salud de Gaza son una estimación entre ajustada y conservadora. Este caso también sugiere que algunos datos oficiales (incluso de alta sensibilidad) son producidos con independencia técnica y pueden llegar a ser confiables. Desde ya, nueva evidencia puede discutir o ajustar tales o cuales estimaciones, del mismo modo que nueva información periodística puede generar aclaraciones o desmentidos sobre hechos informados con anterioridad. Ni el periodismo ni las ciencias sociales producen conocimientos irreversibles, sino que todos son pasibles de falsificación mediante la aparición de nuevos datos, nuevas fuentes y nuevos métodos.
La sexta y última medida es la más importante de todas. No es un procedimiento técnico, sino actitudinal: estar genuinamente dispuestos a aceptar evidencia que contradiga nuestras convicciones previas. Sin esta permeabilidad a modificar nuestras posiciones en función de nuevos datos, no hay ejercicio informativo que valga. El desafío no es simple. Entre los múltiples sesgos cognitivos de la especie humana, uno central es el de “confirmación”: cuanto más nos afecta en lo emocional un tema, más propensos estaremos a buscar y replicar información que coincida con nuestros valores y posicionamientos previos. No hay nada cognitivamente más difícil que interpelar a nuestras vacas sagradas. Y todos, sin excepción, tenemos alguna. No hay escape: en temas como Gaza, que nos conmueven, la búsqueda de la verdad será siempre una lucha titánica contra nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a librarla?