El domingo 18 de mayo hubo elecciones en la ciudad de Buenos Aires para renovar la mitad de la Legislatura local; es decir, se trataba de elegir 30 concejales. Sin embargo, la elección se convirtió en una batalla crucial de la política nacional.
Más allá de la distribución de las bancas en la Legislatura porteña, el efecto político de alcance nacional es que Macri Mauricio (Macri Jorge también, pero importa menos porque no es una figura nacional) quedó muy golpeado en este mano a mano en el que perdió de local, y por sus propios errores, frente a un partido nuevo que le roba dirigentes que se pasan sin ruborizarse a las filas libertarias
El domingo 18 de mayo hubo elecciones en la ciudad de Buenos Aires para renovar la mitad de la Legislatura local; es decir, se trataba de elegir 30 concejales. Sin embargo, la elección se convirtió en una batalla crucial de la política nacional.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáClaro, Buenos Aires es la cabeza del país, la ciudad más importante y una vidriera inevitable para la política argentina (¿es soberbia porteña decir que está entre las tres más relevantes de toda América Latina?). En otras palabras, dado que, según el viejo dicho, “Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, la reina del Plata no es solo una ciudad ni una provincia más, sino el epicentro de lo que ocurre en los gigantescos 2.780.400 kilómetros cuadrados que tiene el país. En Buenos Aires están el presidente, el Congreso, las oficinas centrales de las empresas, los medios de comunicación nacionales, el Teatro Colón y la cancha de River. Sin embargo, el jefe de Gobierno de la ciudad, Jorge Macri (primo hermano del expresidente Mauricio Macri), adelantó cinco meses las elecciones que habitualmente se celebran junto con las elecciones nacionales (generalmente en octubre) con el objetivo de despegar el resultado porteño local de la ola mileísta que probablemente sobrevenga en octubre.
Jorge Macri pertenece al partido PRO, igual que su primo Mauricio, quien desde que Milei asumió la presidencia viene buscando un acuerdo con La Libertad Avanza, el partido del presidente libertario. En ese lapso, se humilló bastante pidiendo a gritos por televisión que Milei incorporara cuadros y figuras del PRO en el gobierno, o exagerando que compartían las ideas, o reclamando gratitud porque Milei ganó y gobernó todos estos meses gracias al apoyo del PRO. Milei lo invitó varias veces a comer milanesas en la quinta presidencial, pero no le hizo caso en nada. Al contrario, empezó a criticarlo y a agredirlo cada vez más. Por eso, dado que Milei rechazaba al PRO, pensando en robarle el electorado más que en compartirlo, el primo Jorge pensó en proteger el bastión de su partido adelantando las elecciones, que, al estar separadas de las elecciones nacionales, podría tener una agenda municipal para poder hablarles a “los vecinos”, como hacía históricamente (superficial y desideologizadamente) el PRO. Pero la apuesta de “municipalizar” la elección era y fue demasiado riesgosa: la ciudad de Buenos Aires es un distrito nacionalizado por definición, tenían que competir con un presidente popular y populista que arrincona a la sociedad a aceptarle todo (o nada) sin matices, y según algunas encuestas, el 60% de la gente está en contra de adelantar elecciones y el gobierno de la ciudad tiene una imagen pública positiva de aproximadamente solo un 30%. Conclusión: el voto del PRO se desplomó fatalmente (sacó el 15%), y la lista del gobierno nacional ganó la elección (sacó el 30%), con un candidato a la cabeza que no tiene ni idea de lo que ocurre en la ciudad, pero que “nacionalizó” la campaña diciendo “Adorni es Milei”, y con Milei haciendo campaña con él para, según sus propias declaraciones, arruinar a los fracasados del PRO, el partido obsoleto de Macri, que, además, como está grande, hay cosas que ya no entiende. Un caballero.
El PRO perdió 28 puntos, cayendo a un tercio de su cosecha en 2023, y La Libertad Avanza subió 18 puntos, más que duplicándola. El peronismo sacó el 27%, más o menos lo mismo de siempre, consolidándose en el sur (más pobre) de la ciudad. Pero, más allá de la distribución de las bancas en la Legislatura porteña, el efecto político de alcance nacional es que Macri Mauricio (Macri Jorge también, pero importa menos porque no es una figura nacional) quedó muy golpeado en este mano a mano en el que perdió de local, y por sus propios errores, frente a un partido nuevo que le roba dirigentes que se pasan sin ruborizarse a las filas libertarias (el término técnico es transfuguismo, pero en la jerga argentina se habla de garrochazos) y que amenaza con reducir al PRO a un partido minoritario, casi testimonial.
Pero, al margen de esta batalla simbólica, ¿hay algo en el análisis del voto porteño que pueda anticiparnos lo que vaya a ocurrir cuando en octubre se voten diputados y senadores nacionales? ¿Podemos ir oteando (como en el truco) algún indicio de reconfiguración de la competencia política a nivel nacional? Esto es importante porque, en definitiva, es en el plano nacional (mal que nos pese a los porteños) donde se juega el destino de la política y la economía de todos.
Es sabido que Argentina es un país federal y, por lo tanto, hay 24 sistemas políticos (uno por cada provincia) que conviven al mismo tiempo. Y, desde este punto de vista, lo que pasa en Buenos Aires queda en Buenos Aires. Pero quizás la sociología electoral de la ciudad nos permita ver, aunque sea, el palo de las cartas con las que se jugará en octubre. En 2023, La Libertad Avanza había sacado entre cuatro y cinco puntos más en el sur de la ciudad que en el norte (más rico, más cosmopolita, más educado y con gente de más edad), mientras que en estas elecciones de 2025 se dio lo inverso: La Libertad Avanza sacó entre cuatro y cinco puntos más en el norte que en el sur de la ciudad. ¿Están empezando a cambiar las bases sociales del apoyo a Milei? Quizás no, y esta reorientación geográfica sea casual. Pero si este dato dice algo, entonces hay que hacer el siguiente análisis.
En los últimos 80 años, los sectores bajos y medio-bajos del país tendieron a votar al peronismo, y los sectores sociales altos y medio-altos, al no peronismo (en su momento, liderado por la UCR, y luego por el PRO). Esta división nunca fue tajante. De hecho, por ejemplo, el radical Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales de 1983 gracias a los votos de obreros tradicionalmente peronistas, y el peronista Carlos Menem recibió también muchos votos de la clase media radical en 1989 y 1995. Pero en términos generales (y con perdón de mis colegas politólogos más exquisitos) la división sigue siendo una herramienta de análisis válida.
Desde este punto de vista, la novedad de la elección de Milei en 2023 radicó en que su base electoral tuvo en forma bastante pareja votos provenientes del peronismo como votos provenientes del no peronismo. Por primera vez, entonces, aparecía una fuerza capaz de poner en tensión y amenazar a la lógica mecánica de la competencia política del país desde la irrupción de Juan Perón en los años cuarenta. Pero si este cambio en la tendencia de los votos de La Libertad Avanza en la ciudad de Buenos Aires (su corrimiento hacia el norte más rico de la ciudad) dice algo, entonces dice que Milei está mejorando su rendimiento electoral en los sectores medio-altos y empeorando en los sectores medio-bajos. Si esto es así, podría estar ocurriendo que La Libertad Avanza está reemplazando al PRO en el espectro no peronista, y que Milei está reemplazando a Macri en el liderazgo de ese espectro, pero nada más. Y si también esto es correcto, entonces el ascenso de Milei sería una sustitución de actores en el arco no peronista, pero no una reconfiguración completa de la competencia política argentina y, por lo tanto, el peronismo y el no peronismo seguirán estructurando el voto, las identidades políticas y el trabajo parlamentario. Eso podría incluso dar una cierta excusa a los dirigentes radicales que quieren acercarse a Milei: la genuflexión frente al populismo de Milei sería más tolerable si fuera para oponerse al populismo (más antiguo) del peronismo y no solo una desesperada estrategia de supervivencia política de algunos dirigentes traicionando los valores liberales y republicanos de un partido de 130 años de historia.
La otra alternativa posible es que La Libertad Avanza mantenga su atractivo para el voto más pobre y consolide un liderazgo populista policlasista, que obligue a los opositores a replantear su oferta de políticas, de etiquetas, de discursos y de nombres; es decir, una reconfiguración total. Las elecciones (locales y anticipadas) de la provincia de Buenos Aires en setiembre mostrarán si vamos hacia un cambio estructural o si, en cambio, se consolida este viraje en el voto de La Libertad Avanza reemplazando a lo que fue Juntos por el Cambio.
¿Argentina está cambiando para que nada cambie? ¿Peronistas y no peronistas seguirán explicando el proceso político en términos macro? El paso del tiempo es siempre cruel, pero también nos irá refutando o confirmando las especulaciones, que son inevitables en parte porque las incertidumbres de la vida argentina son insoportables.
Martín D’Alessandro es politólogo, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires