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¿La búsqueda de destruir la cultura, la ciencia y la educación superior es parte de la batalla cultural de Milei contra lo que él imagina como “zurdos”? Seguramente, sí. En el marco de su extrema ideologización de tipo fascista-neoliberal, todo lo que linde con la cultura y la ciencia se le presenta como su enemigo
Argentina se encuentra en medio de un proceso electoral marcado por la derrota del gobierno en las elecciones locales de la provincia de Buenos Aires y por la incertidumbre sobre las próximas elecciones legislativas nacionales, a fines de octubre. Esa escena y sus derivados ocupan gran parte de la conversación pública. No obstante, a casi dos años de asumido el gobierno de Javier Milei, es buen momento también para realizar un balance y una explicación de varios de los temas centrales de su gestión, en especial la relación con la cultura, tema que no es menor en la propia imagen que Milei transmite tanto a sus votantes como a sus opositores.
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Partamos de una pregunta: ¿Odia Milei a la cultura? Seguramente, sí. Y también al desarrollo científico y a la educación universitaria. ¿La búsqueda de destruir a la cultura, la ciencia y la educación superior es parte de su batalla cultural contra lo que él imagina como “zurdos”? Seguramente, sí. En el marco de su extrema ideologización de tipo fascista-neoliberal, todo lo que linde con la cultura y la ciencia se le presenta como su enemigo. En ese aspecto, el gobierno de Milei es deudor del discurso global de las extremas derechas. Para Trump, por dar un ejemplo, la cultura woke es su enemigo. Son discursos (y políticas) de tipo reaccionario que imaginan que la cultura y el desarrollo científico son campos ocupados por actores progresistas, lo que incluiría, en su imaginación, una mezcla (una ensalada) de marxistas, feministas, relativistas culturales, críticos del cambio climático, grupos indigenistas, etcétera. Sobre ese marco general, Milei la da una vuelta de tuerca argentina: la educación pública y la cultura (que ataca e insulta sin cesar, y a las que desfinancia una y otra vez por decretos) toca directamente el núcleo duro de la identidad positiva de Argentina. La educación púbica es vista (y lo ha sido durante mucho tiempo) como el gran camino de ascenso social. Y la vitalidad cultural argentina es también otro de los rasgos nodales que definen la vida del país. De Borges a los tres premios Nobel de Ciencias (Houssay, Leloir, Milstein), trío surgido de la universidad pública masiva, gratuita y de calidad, la cultura y la educación pública son los pilares de la autopercepción de los argentinos como una sociedad abierta, plural y moderna. Por mencionar un caso, la Universidad de Buenos Aires aparece en todas las encuestas como una de las instituciones mejor estimadas por la sociedad.
Al atacar esos valores, Milei está atacando parte de la esencia de lo argentino. La “batalla cultural”, término usado por el propio Milei (en una lectura que invierte el sentido estricto de su origen, que remite lejanamente a Gramsci), es en verdad un discurso de odio reaccionario contra todo lo que implique una mayor democratización de la sociedad. Frente a esta situación hubo (y seguirá habiendo) una gran reacción social: multitudinarias manifestaciones, toda clase de eventos y discusiones.
Pero estas reacciones muy valiosas, sin embargo, por momentos se instalan únicamente en una demanda puntual, o en un aspecto sesgado, como si fuera un asunto que tocase exclusivamente a la cultura y la educación universitaria pública y no a algo más amplio, que bien podríamos definir como el proyecto de país que expresa Milei (y el bloque de poder económico que lo sostiene). Se trata, para resumir, de un proyecto de país sin clase media. Desde un punto de vista sociodemográfico (que incluye también a la economía, la ideología, las formas de vida), la existencia de una inmensa clase media es un rasgo original de Argentina (y también de Uruguay), que lo diferencia del resto de los países de América Latina, cuyas sociedades son de tipo dual: con un pequeño porcentaje de zonas de clase alta y una amplísima presencia de clases populares, sin casi clases medias y sin por lo tanto movilidad social ascendente. Ni en Perú, ni en Ecuador, ni en Chile, ni en Bolivia, ni en Paraguay, ni en Colombia, ni en Brasil durante décadas y décadas (hasta la llegada del Partido de los Trabajadores al poder y la consolidación de una clase media, sin embargo, más pequeña que la de Argentina y Uruguay), ni tampoco en México y los países de América Central existe una clase media extendida y afirmada, que defina la identidad cultural del país. Dicho de otro modo: sin clase media no hay cultura, ni educación superior, ni desarrollo científico. Porque la clase media es el principal actor de esas actividades.
Por lo tanto, para comprender la relación del gobierno de Milei con (es decir, contra) la cultura, la ciencia y la educación superior, hay que agregar otro matiz, no contradictorio con los anteriores, sino más bien complementario. El plan de Milei y del gran capital que lo sostiene y lo apoya es terminar de generar una estratificación sociodemográfica similar a la de la mayoría de los países de América Latina: una muy pequeña clase media subsidiaria de los sectores dominantes y una pobreza de alrededor del 70% de la población, a la que se la reprime físicamente por las fuerzas policiales y simbólicamente por los grupos de choque mediáticos, hasta generar acostumbramiento social y la percepción de que no hay ningún otro horizonte más que ese. Por supuesto que eso implica —este es el corazón del plan— una formidable transferencia de recursos de los sectores medios empobrecidos y las clases populares hacia los grandes grupos económicos, como nunca antes en la historia de la posdictadura argentina. En ese contexto no hay lugar para la cultura, para la ciencia y para la educación superior. Además de en México y Brasil, ¿cuántos países de Latinoamérica tienen un equivalente al Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnica) con su potencia y su nivel investigativo de elite, como tiene Argentina? Y como Argentina: ¿cuántos han mandado satélites al espacio? ¿Cuántos construyen reactores nucleares? ¿Cuántos tienen una industria cinematográfica desarrollada con instituciones como el Incaa (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales)? ¿Cuántos mantienen un campo editorial sólido y dinámico, con la mayor cantidad de librerías y editoriales independientes en una ciudad —Buenos Aires— del habla hispana? Se podría dar decenas de ejemplos más y la respuesta sería siempre la misma: prácticamente ninguno fuera de Argentina (y un poco Brasil y México, con la diferencia, insistimos, de que la tradición de la clase media argentina es la más fuerte del continente).
En la Argentina el destino de la clase media está necesariamente unido al destino de la cultura, la educación universitaria y el desarrollo científico. Sin clase media todas esas instancias pierden su sentido, su razón de ser. Si la estructura económica del país y la composición sociodemográfica implica un 70% de pobreza, una clase media destruida y una clase dominante —nacional y multinacional— que opera básicamente a partir de políticas extractivistas y especulación financiera (para Milei esas son las dos patas del futuro para la Argentina), ni la cultura, ni la ciencia, ni la educación superior tienen lugar. Están de más, son lo que sobra. Es esta una política estructural, no solo una cuestión de “odio”. Pensar que en Milei (y en el bloque de poder económico que lo apoya) solo hay una cuestión de odio a la cultura es insuficiente. Hay que imbricar dialécticamente el odio a la cultura con su proyecto sociodemográfico y económico. Una pata no va sin la otra.
En Argentina este plan nace con Martínez de Hoz, en la dictadura, continúa con Menem en los 90, sigue parcialmente con Macri, y se profundiza, como nunca antes, con Milei. La singularidad argentina —una clase media amplia y sectores populares organizados— ha sido el objetivo a destruir por esa tradición, con gran éxito, con el fin de lograr una transferencia de riqueza hacia los grupos dominantes, que forman lo alto de la pirámide social. O mejor dicho, en una conformación sociodemográfica no en forma de pirámide, sino de probeta, como lo son la mayoría de las sociedades latinoamericanas: en lo alto un tubito finito y largo, que agrupa a los sectores dominantes, y luego una gran base ancha, anchísima, que expresa a los sectores bajos. Ya sin espacio intermedio, sin clase media en forma piramidal. En Argentina, entonces, sin esas clases medias y populares no hay lugar para la cultura, la ciencia y la universidad masiva y de calidad. En Milei, el “odio” se articula con el plan económico. Ese es su proyecto para la Argentina. Esto también —y sobre todo— se debería discutir en estos tiempos electorales.