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    La emoción no se interrumpe

    Umberto Eco solía reflexionar sobre internet y decía que la web no inventó a los imbéciles, sino que les dio, simplemente, el mismo público que tienen los premios Nobel. Y no lo hizo de casualidad, porque sí

    Columnista de Búsqueda

    En 1986, Diego Maradona eludía a todos los ingleses y convertía el gol más imponente de la historia del fútbol. ¡Y el de la mano de D10S también! Como nos recuerda el formidable director de cine italiano (ganador del Oscar por La gran belleza), Paolo Sorrentino, cuando le hace decir al abuelo en Fue la mano de Dios: “¡Ese gol es un acto político, es la revolución!”. Bellísima escena para ver una y otra vez. Porque del que se desangra en sermones moralizantes en nombre de la ética, la justicia y el fair play es mejor desconfiar. Por lo pronto, nunca en su vida gritó un gol en un picado y prefiere el fútbol “mancha” con jugadores que se tiran al piso apenas los miran, mientras cayendo gesticulan implorando por una tarjeta al rival en lugar de aquel glorioso juego que llenó el mundo de épica hasta inicios del siglo XXI.

    Era 1986, la Guerra Fría se acercaba a su fin y había que comenzar a borrar el pasado, tapar la mugre y forjar nuevas alianzas comerciales, esas que se repartirían el botín del nuevo mundo, el que estaba del otro lado del Muro, de la mano de los entrañables amigos de la CIA y la KGB.

    Era 1986 y uno de los equipos de fútbol más emblemáticos de la historia se estaba forjando: el Milan de Berlusconi, y el fenómeno Berlusconi, que habría de sentar las bases de las formas de hacer política de ahí en más, esas que se aferran al culto al ego, a los eslóganes, a los golpes de efecto, a la descalificación total y violenta de lo distinto como argumento, al carisma del caudillo y todo lo que sea necesario para seducir primero y cooptar después a legiones de furiosos, desconcertados y abandonados ciudadanos por los cada vez más corruptos líderes del agotado orden institucional (y, por supuesto, para salvarse ellos de los procesos legales que ponen en peligro su libre circulación, la de estos nuevos líderes tan corruptos como los que dicen combatir).

    La política de Berlusconi dejó las secuelas y los descendientes que su amado Milan jamás tuvo (da para otro artículo quizás, pensar cómo algo tan poderoso y bello como ese Milan y el boxeo de los años ochenta, lejos de crear una escuela, fueron el canto del cisne). Se puede ser el dirigente más visionario de la historia del fútbol, el gran magnate de la televisión y de la configuración de la vida como espectáculo, para convertirse en el patriarca de la política actual, la que se entrega a la seducción de los exaltados seriales, en la que abrevaron Milei, Trump, Netanyahu, Bukele y Bolsonaro (por otro camino, llegaron al mismo lugar Maduro, Putin y Xi Jinping; a los dos últimos Trump dice admirarlos y respetarlos, de manera que en breve es posible que el presidente argentino se adhiera), y además estar involucrado en los escándalos más brutales de corrupción, mafia, prostitución de menores y ser el artífice del vaciamiento de las ideas políticas, algo que, de tan naturalizado, hoy es la regla.

    El mundo estaba excitado con el aroma de la caída del Muro, tan excitado que hasta Fukuyama, uno de los filósofos trendy del momento, se autoinmoló para siempre con su libro El fin de la historia y el último hombre. Pero mientras todos estábamos de fiesta (y en la Argentina, con los dos goles a los ingleses, ni hablar) a plena luz del día, la repartija del futuro había comenzado. Como escribí líneas arriba, los muchachos de la CIA y de la KGB se cobraron los servicios de 40 años de limpiar el estiércol de la política, en una especie de pan y queso para ver quién se quedaba con qué. Desde que el acuerdo cívico-político se desmoronó, cuando Nixon sepultó el pacto de Bretton Woods, el mundo quedó a merced del nuevo sistema de poder, el de las corporaciones financieras, militares, petroleras, algo que duraría hasta que la reforma nacida en Silicon Valley le hiciera creer al mundo que las nuevas tecnologías de la información les devolverían a los seres humanos su dignidad. Pero vino la contrarreforma, a cargo de los mismos que habían hecho la reforma, y ahora todo es igual a lo anterior, pero más sencillo y de rápida asimilación, distribuido en dosis de aplicaciones.

    Era 1986 y mientras el Diego era Dios, Berlusconi era el padre de Dios, y una nueva limpieza étnica se avecinaba en el corazón de Europa, durante la secesión yugoslava: un cambio brutal que modificaría para siempre a la humanidad se aproximaba sigilosamente. Umberto Eco solía reflexionar sobre internet y decía que la web no inventó a los imbéciles, sino que les dio, simplemente, el mismo público que tienen los premios Nobel. Y no lo hizo de casualidad, porque sí. Desde siempre los medios alaban al hombre de la calle para poder manipularlo mejor. Cuando analizó los programas trash, dijo que si el mundo es lo que te hacen ver, entonces vos sos mejor. Los medios no crean, pero cultivan, promueven y gratifican la imbecilidad: porque venden y hacen votar. Antes los imbéciles solo hablaban en el bar, porque existían los agentes de aduana, es decir los periodistas, los editores (en la actualidad muchos son estrellas de programas de chismes que se hacen pasar por periodistas políticos). Esa era terminó y ahora comenzó la de la batalla a campo abierto.

    Perón, un Trump ante litteram (le robo al J. P. Morgan la comparación de ambos líderes populistas, aunque los derechos de autor le corresponden a Guillermo Moreno, que la hizo en 2017), decía: “El bruto siempre es peor que un malo (...). He visto muchos malos que se han vuelto buenos, no he visto jamás un bruto que se haya vuelto inteligente”.

    En 1986 los canales de televisión de Berlusconi tenían el monopolio del gran cine italiano, fuente de prestigio y de negocios. Las películas dejaron de ser lo que eran y se transformaron en plataformas publicitarias, en las que los anuncios comerciales ocupaban hasta el 20% del tiempo de la transmisión. Federico Fellini escribió ese año que de esta manera se acostumbra a los espectadores a un lenguaje lloroso, balbuceante, con interrupciones de su función mental por tantas pequeñas isquemias de la atención que al final harán de él un cretino impaciente, incapaz de concentrarse y de reflexionar. “La emoción no se interrumpe” fue el eslogan de batalla, que ganó trifulcas y perdió la guerra.

    En el 86 se estaba gestando el nuevo espectador multiuso, el que tanto sirve para votar como para hipnotizarse con cuanto reality exista. Todo eso mientras el barrilete cósmico le metía un golazo con la mano a los ingleses… Ah, pero eso no está bien, no es un buen ejemplo para los chicos, dice un señor mientras retuitea reflexiones que son tendencia de alguno de los influencers de la contrarreforma tecnológica, esos que editan nuestras vidas, manipulan elecciones, sepultan al olvido las muertes de millones y la memoria. No fue un cisne negro, fue la banalidad del mal, como intuyó Hannah Arendt.

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