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Es esta una breve síntesis de la relación entre peronismo e izquierda, de cómo el peronismo frenó y sigue frenando la existencia de una izquierda popular en Argentina
En 1872, en el marco del V Congreso de los Trabajadores de La Haya, donde marxistas y anarquistas se dividirían para siempre, Marx manda a la Argentina a un enviado con la intención, primero, de hacer un relevamiento de la clase obrera y, luego, intentar encender la chispa para dar la revolución. La persona en cuestión, llamada Raymond Wilmart, tiene 22 años, es belga y, al llegar, rápidamente concluye que en Argentina no hay clase obrera alguna y que, por lo tanto, no están dadas las condiciones para ningún tipo de revolución. Luego, como ironía de historia, se haría amigo de las élites protocapitalistas locales, en especial de Lucio V. Mansilla, militar y extraordinario escritor de las clases altas argentinas. Pero más allá de la anécdota personal, el caso de Wilmart funda una tradición: la de la distancia entre la izquierda argentina y el proletariado al que supone interpelar y representar. Mutatis mutandis, esa historia continúa hasta el día de hoy, ya en el primer cuarto del siglo XXI.
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Es cierto que a principios de siglo XX, como resultado de la inmigración europea, en especial italiana y española, llegaron numerosos socialistas, comunistas y anarquistas, que organizaron fuertes sindicatos con importante presencia en los sectores obreros, surgidos del naciente proceso de industrialización, que se acelerará en los años 30 y 40. Y allí, en los 40, surge un corte en la historia: el peronismo en 1945. El peronismo va a retomar, o tal vez reformular, muchas de las consignas socialistas y sindicalistas, y pasará a tener gran llegada a los sectores populares. La clase trabajadora sindicalizada va a ser el núcleo duro del peronismo. Eso deja a la izquierda argentina en una situación paradójica: es, básicamente, una izquierda sin representación del proletariado (situación que, como decíamos más arriba, perdura hasta el día de hoy). Entre tanto, el Partido Comunista (PC) argentino (de cuño estalinista) describe al peronismo como una forma de fascismo, y se alía con los sectores más conservadores y de derecha para enfrentarlo, con saldo electoral perdedor. La historia posterior del PC es la de sus sucesivas autocríticas, las sucesivas purgas internas y la irrelevancia política en la escena nacional.
A la inversa, la historia del peronismo, aun deshilachado, incluso perdiendo presencia en las clases populares (como quedó claro en el triunfo de la extrema derecha de Milei, que tuvo llegada a algunos sectores de esas mismas clases populares), continúa vigente, y continúa también generando un hecho insoslayable: buena parte de la falta de fuerte presencia de la izquierda en la escena política es resultado del freno que le impone el peronismo. El peronismo, de alguna manera, más de una vez (en los 40, en los 70, luego del 2001) funcionó como un freno a la izquierda. Ernesto Laclau, tal vez el filósofo político argentino de más renombre internacional, ya en los años 90 (el momento en que el peronismo, con Menem, había tomado un viraje neoliberal, sin extrañamente por eso perder presencia entre los trabajadores) escribió, como una premonición de lo que sucedería 15 años después, que “el populismo es la forma latinoamericana de ser de izquierda”. Laclau parecía anticiparse a los triunfos de Lula, Chávez, Evo Morales, Correa, incluso de los Kirchner (con las evidentes diferencias entre ellos, más allá de que a veces se pretende unificarlos como si fuesen lo mismo). El peronismo, en clave kichnerista, a partir de 2003 y hasta hoy, ocupa el lugar del progresismo, el de la centro-izquierda. Cristina Kirchner llegó a decir: “A mi izquierda no hay nada, solo un muro”. Es que en realidad el muro es el propio kirchnerismo: es el muro de contención de la izquierda. Una centro-izquierda muy sui generis, por cierto, pero que pone un límite al crecimiento de la izquierda, de eso que podríamos ubicar más a la izquierda que la centro-izquierda.
Avancemos retrocediendo: los años 60 y 70 marcan el intento de las organizaciones revolucionarias armadas por aunar peronismo y socialismo (incluso marxismo), y muchos jóvenes de clase media, hijos de padres antiperonistas de los 40, se suman a las filas de Montoneros, o más generalmente a la “tendencia”, es decir, no a las formas armadas, sino culturales y políticas de un socialismo nacional encarnado por el peronismo juvenil (al mismo tiempo, ramas de la izquierda marxista no peronista también forman otras organizaciones revolucionarias). Sobreviene la dictadura, la represión, los desaparecidos, los años más trágicos de la Argentina. La derrota en la guerra de las Malvinas, entre otras cuestiones, propicia el regreso a la democracia, a fines de diciembre de 1983. El peronismo, con Perón ya muerto, pierde por primera vez una elección presidencial. Pero mantiene casi intacta su presencia en los sindicatos y los sectores populares.
Es esta una breve síntesis de la relación entre peronismo e izquierda, de cómo el peronismo frenó y sigue frenando la existencia de una izquierda popular en Argentina. ¿Pero alcanza solo con esta explicación? La sociología nos enseña que nunca un fenómeno complejo puede ser explicado por una única variable (a eso se lo llama “reduccionismo”, que es la forma habitual en que los medios de comunicación y muchas veces también la política explica lo que ocurre). Por lo tanto, hay otro aspecto que revela esa situación casi marginal de la izquierda en Argentina. Y es la propia izquierda. Sus falencias y, sobre todo, sus limitaciones intelectuales y políticas. Extinguido el PC con la desintegración de la Unión Soviética, desde entonces la izquierda argentina mayoritaria es de tradición trotskista, hecho curioso a nivel mundial. Es una izquierda que defiende causas nobles, que tiene cierta llegada al movimiento estudiantil universitario en las carreras humanísticas, algunos apoyos en el norte del país, y en unas pocas comisiones internas sindicales de los suburbios de Buenos Aires. Se presenta a elecciones con resultados magros (actualmente tiene solo dos diputados nacionales, con inmensas chances de que quede uno luego de las próximas elecciones de octubre), bien que participa de toda la lógica mediática de las campañas (debates electorales, entrevistas en medios de comunicación, algunas de sus más destacadas figuras publican libros en mega holdings multinacionales, etc.).
Pero el problema es que, bajo un discurso que se presenta como anticapitalista, expresa, sin embargo, un importante desconocimiento de eso que pretende derribar, es decir, el capitalismo contemporáneo. Es una izquierda que sigue pensando en un mundo de obreros fabriles, casi como en el siglo XIX. El capitalismo contemporáneo se les presenta como un enigma más que como un hecho dado. Todo ocurre como si su bagaje teórico no hubiera llegado todavía a Gramsci o a la Escuela de Frankfurt, pensamientos de hace casi un siglo. La izquierda no comprende que buena parte de las luchas se dan en el plano de lo que se ha llamado “batalla cultural”, en el plano simbólico, en la búsqueda de hegemonía en el sentido común. Ocurre que la izquierda no ha logrado crear una cultura de izquierda, y allí reside parte de su fracaso (en Argentina, la cultura sigue siendo mayoritariamente progresista, no de izquierda).
Participante activa del mercado electoral, su lógica, sin embargo, no supera el aspecto testimonial. Las insuficiencias teóricas, o político-intelectuales, marcan el paso de una izquierda que tendría mucho para crecer hoy, en un momento en el que la centro-izquierda o el progresismo encarnado en el kirchnerismo se encuentra debilitado políticamente, y también desgastado en el modelo social que ofrece. Hay o, mejor dicho, habría una oportunidad para que la izquierda crezca. Pero ¿quiere la izquierda crecer? ¿Quiere y no sabe cómo hacerlo o no quiere? Es una pregunta difícil de responder. Más evidente, en cambio, es que la izquierda, si busca tener mayor peso político, necesita urgentemente adoptar nuevos paradigmas, incorporar nuevas lecturas, crear una nueva agenda de debates y discusiones. Reinventar una nueva izquierda.