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Es urgente que se analicen nuevas formas de protesta y atención ante la violencia, que no sea dejar a los niños sin escuela ni a los maestros expuestos a la piña en la cara
Maestros paran 24 horas en Montevideo por la agresión a una colega. Lamentablemente, es un título que estamos acostumbrados a leer cada no tanto tiempo. Y cada vez que aparece, las sensaciones se mezclan. Bronca, tristeza, solidaridad, impotencia. Una especie de desasosiego. Cuando pensamos en una maestra o un maestro, salvo que hayamos tenido muy malas experiencias, pensamos en alguien indispensable, dedicado, alguien que cuida a nuestros hijos, alguien que nos cuidó y nos enseñó, y nos secó las lágrimas cuando nos peleamos con un compañero, cuando tuvimos un problema en casa o cuando nos fue mal en las pruebas, alguien que nos miró con orgullo cuando superamos alguna dificultad. También pensamos en personas que indefectiblemente tienen que tener dos empleos porque con uno no alcanza, y además llevarse trabajo a casa, donde en muchos casos también hay otros a los que cuidar.
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Me cuesta esta columna, para ser sincera. Es imposible no ponerse en el lugar del docente que recibe violencia. Pero creo que hay cosas que al menos es necesario discutir. El mecanismo del paro automático cuando un maestro es agredido es una resolución que lleva ya más de una década y que se tomó ante la secuencia de agresiones. En rechazo a la violencia en los centros educativos, por solidaridad con los docentes agredidos y para visibilizar el problema, los maestros resolvieron que la medida se tome indefectiblemente. Hay golpe, hay paro.
Los motivos son todos válidos, la violencia creciente obliga a rechazar estas acciones de manera firme y unida. Sin embargo, la medida no ha tenido el efecto de frenar el problema. Entonces, es ahí que aparecen las contradicciones. Es obvio y natural el rechazo a que los maestros sean golpeados por una madre o un padre fuera de eje, desubicado, enojado, alcoholizado o cualquier otro motivo que quepa. No se puede admitir ni hacer como que no sucede. Ni tampoco dejar de pensar en la violencia que puede vivir en su propia casa el hijo de quien toma la decisión de ir a la escuela y golpear a la maestra.
Búsqueda informó un año atrás que, en 2023, la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) presentó 366 denuncias a la Justicia en Montevideo por violencia infantil detectada en las propias aulas, y en 2022 fueron 413. Si se toma en cuenta todo el país, en 2023 se registró un total de 1.768 denuncias. Podemos concluir que esos niños víctimas de violencia en sus casas son hijos de madres y padres que entienden que, además de a ellos, también tienen derecho a agredir a sus maestros cuando algo no les gusta.
Sin embargo, ese día de paro que se resuelve ante un hecho violento, miles de chiquilines quedan a su suerte, solo siendo muy chicos durante muchas horas, o en la casa de algún vecino, o con fortuna bajo el cuidado de algún abuelo o hermano. Ya sabemos que las escuelas no son guarderías, pero las familias organizan sus vidas en torno a los horarios escolares de los hijos y hacen malabares para organizar los platos chinos de escuela, trabajo y cuidados.
Y hay otro punto. Hace días nada más la ANEP informó que había detectado que 5.000 niños y adolescentes no estaban vinculados al sistema educativo. En conjunto con otros organismos del Estado salió a buscarlos y logró revincular a casi la mitad de esos alumnos. Es cierto que en muchos casos son adolescentes que trabajan y por eso no van a estudiar, pero también hay niños. Y la interrupción de clases, ya sabemos, no colabora con la asiduidad de la concurrencia a la escuela.
Los maestros tienen entre sus reivindicaciones algo que es incuestionable. Necesitan apoyo. Cuando el viernes de la semana pasada fue agredida la directora de la Escuela 65 de Ciudad Vieja, además de resolver el paro para el lunes en solidaridad con la docente, se pidieron otros apoyos para evitar estas situaciones.
Reclamaron a las autoridades de la educación por “la necesidad que tiene la escuela pública de más recursos humanos, tanto en equipos de portería, que pueden, de alguna manera, anticiparse a situaciones de personas que puedan llegar con un grado de violencia incontrolable”, como de otros profesionales para acompañar a niños que atraviesan distintas situaciones de salud mental, dijo a Telemundo la secretaria general de la filial de Montevideo de la Asociación de Maestros del Uruguay (Ademu), Paola López.
Agregó que los ministerios de Salud y de Desarrollo Social “no están dando con la atención necesaria. Se generan los protocolos frente a una crisis de salud mental de un niño, se llega al hospital Pereira Rossell y, al llegar a la emergencia, no hay psiquiatra disponible y la familia se tiene que retirar. Pasó la semana pasada”, dijo.
La maestra relató que hoy en las escuelas y jardines lo ocurrido el viernes se repite, aunque con otras características. “Quizás no físicas, con violencia verbal y psicológica. Las docentes no estamos libres y precisamos seguridad, no solo nosotros, sino también las familias que están padeciendo esta vulneración de derechos”, advirtió.
¿Cómo no ponerse en su lugar? Maestros que ven todos los días a niños agredidos en sus casas no solo tienen que convivir con la amargura de esa tragedia, sino que, además, tienen que soportar que familiares violentos los ataquen, los insulten, les peguen. Intolerable.
Pero entonces tenemos que ser capaces de pensar alguna alternativa. Los maestros no pueden estar solos. Las autoridades de la educación deben cuidarlos y cuidar a todos los niños en las escuelas. Denunciar los hechos de violencia que descubren en los cuerpos de los alumnos y los que viven ellos mismos en los centros. Quizás el paro no es la única medida que sirva para que hablemos de esto. Quizás dentro del millonario presupuesto que reclama la educación se puede pensar en que la situación requiere de atención y que no se puede esperar a que empeore. ¿O qué vamos a hacer cuando el golpe se convierta en un cuchillazo? ¿Estamos tan lejos de esa situación?
Por todo esto, es importante cuidar a los maestros, es importante que los maestros cuiden a los niños y que se analicen nuevas formas de protesta ante la violencia, que no sea dejar a los gurises sin escuela ni a los maestros expuestos a la piña en la cara.