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Uruguay recibe desde el exterior aplausos por su estabilidad institucional y su política económica sensata, pero contentarse con eso puede ser riesgoso para un país que encara con lentitud sus desafíos
En las últimas semanas, desde Washington D.C. llegaron elogios para nuestro país. Primero, en el marco de la asamblea anual del Fondo Monetario Internacional (FMI), la delegación encabezada por el ministro Gabriel Oddone encontró buena receptividad entre autoridades de organismos multilaterales, analistas y asesores financieros a su plan de “consolidación fiscal”. Ese respaldo se reflejó en la emisión de bonos en pesos nominales posterior a una tasa de retorno históricamente baja.
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También el FMI dedicó algunas alabanzas a Uruguay. Al aprobar la revisión anual del país, su Directorio Ejecutivo —donde están representados los más de 190 países miembros del organismo— resaltó una vez más la “resiliencia” y la “prudencia” fiscal del gobierno, elogios que, afortunadamente, ya son repetidos gracias a que los ejes de la gestión macroeconómica se han mantenido inalterados en los últimos períodos.
Todas estas son señales positivas para un país que, por cierto, tiene aspectos para destacarse en una región política e institucionalmente inestable. Pero demasiados elogios pueden llevar a una zona de peligrosa complacencia en la que ya hace demasiado tiempo estamos metidos como país. Nuestra dirigencia política debería prestarles menos atención a las palabras dulces y tomar nota de las otras.
En ese sentido, la declaración del FMI incluyó varias recomendaciones que, por cierto, no son demasiado originales: Uruguay necesita hacer más reformas.
No es difícil imaginar lo que pueden pensar los funcionarios de ese organismo que llegan en misión a Montevideo cada año para conversar con autoridades, empresarios, parlamentarios y analistas privados con el fin de recoger insumos para la revisión. Cuando estuvo esa delegación técnica en setiembre, el Parlamento estaba dándole media sanción al proyecto de Ley de Presupuesto, con naturales controversias, pero sin escarceos desmedidos ni grietas irreversibles; seguramente se sientan afortunados de visitar un país con estabilidad institucional y política, muy diferente a lo que se ve en Argentina, por ejemplo. Pero, al mismo tiempo, regresan a Washington D.C. con la resignación de saber que muchas de sus recomendaciones caerán en saco roto, pese a que las repiten un año y otro. Y que, abrazado a sus consensos, Uruguay se mueve extremadamente lento para lo que requiere el momento histórico —en plena revolución de la inteligencia artificial— y geopolítico mundial.
En lo estructural y más determinante para la suerte futura del país, el mensaje del FMI esta vez machacó en la importancia de acelerar el “ritmo de reformas para estimular un crecimiento sostenible e inclusivo”. En concreto, los directores del organismo multilateral alentaron a las autoridades a “mejorar los resultados educativos, reforzar el capital humano y aprovechar la preparación de Uruguay para la inteligencia artificial”. Y a la vez que saludaron los “esfuerzos de desindexación” en la ronda de los Consejos de Salarios que están en marcha, instaron a “mejorar la competitividad, entre otras formas, simplificando las regulaciones de negocios, facilitando el comercio y eliminando los cuellos de botella regulatorios”. Nada que quienes vivimos en Uruguay, ya sea empresarios, asalariados o jubilados, no sospechemos como cuestiones obvias cuando, por ejemplo, pensamos en términos de costos productivos o de vida.
En definitiva, podemos permanecer en actitud complaciente, satisfechos con las expresiones elogiosas que recibimos desde afuera. O está la opción de asumir como país que tenemos importantes desafíos económicos y sociales, los cuales últimamente se están haciendo más evidentes, incluso, a través de inquietantes noticias policiales. Es hora de encararlos como para poder seguir recibiendo elogios en el futuro.