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A diferencia de la mermelada, los libros en general (y la literatura en particular) no tienen fecha de vencimiento; y hay grandes y grandes libros que hace mucho y mucho que no se reeditan, y que, si queremos leerlos, no hay otra opción que concurrir a librerías de viejo
La potencia y el dinamismo cultural de una ciudad se expresa por la presencia de muchas librerías de viejo, o de libros usados, o de segunda mano, o sebos (hermosa expresión del portugués de Brasil, que remite a la grasa que acumulan los libros viejos). No importa cómo las llamen en cada lado del continente y en España, sabemos de lo que estamos hablando. Estamos hablando de que, obviamente además de ser un punto de venta comercial, las librerías de viejos, las librerías que venden libros usados, encarnan sobre todo un acervo cultural, son un yacimiento de libros, de textos que fundan el piso cultural y la memoria intelectual de una lengua, de un país, de una ciudad.
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Primera advertencia: no confundir librerías de viejo con librerías de saldos. Las de saldos son inmensos reservorios, cementerios de libros que no lograron venderse al público en el momento de la publicación y que, entonces, las editoriales (en general los grandes grupos multinacionales de la edición) colocan a mitad de precio, o menos. Por lo tanto, los libros de saldos son libros nuevos, jamás usados, que intentan encontrar una segunda vida debido a la baja del precio. ¿Y qué sucede con los libros de saldos si, pasado un tiempo, tampoco logran venderse? Pues vuelven a los depósitos de las editoriales, donde los pican. Los destruyen. Y esos restos de papel se reciclan para fabricar nuevo papel. Es decir que el ciclo de la comercialización mainstream de los libros de las grandes editoriales multinacionales que no funcionaron comercialmente incluye la publicación de un libro como novedad, el mantenimiento en librerías un tiempo en busca de sus lectores, y luego el pasaje al saldo y más tarde el picado (en algunos casos van al picado sin siquiera pasar por el saldo), o sea, la desaparición industrial de la memoria y el legado cultural de un libro. Pero, a la inversa, si escuchamos el discurso de los grandes grupos editoriales, veremos que explican el picado por la falta de espacio en los depósitos para archivar todos los ejemplares sobrantes, miles y miles de libros a lo largo del tiempo. Triste realidad que, no obstante, no deja de ser cierta. La vida de los libros es compleja, nada evidente, llena de idas y vueltas.
Nada de eso ocurre en las librerías de viejo, donde la cuestión no es industrial sino artesanal. Pero en esa artesanía del libro se juega buena parte de la historia —y también el presente— del campo lector. En las librerías de viejo los libros se exhiben —y se venden— de a uno. A diferencia de las librerías de saldos, en las que cada libro integra una pila con muchos ejemplares de la misma edición, en las librerías de viejo cada ejemplar es único. Y eso ocurre como efecto de la forma en que se abastecen, en la que se construye un stock: en las librerías de viejo los libros provienen de las bibliotecas privadas de los lectores. De la biografía lectora de mucha gente. Un lector muere, y la familia, por diversas razones, decide deshacerse entonces de la biblioteca del muerto. La vende pues a un librero de viejo. O un lector percibe que ya tiene demasiados libros, libros que leyó alguna vez y que sabe que no volverá a hacerlo. Decide entonces vaciar una parte de la biblioteca. Y vende una parte a una librería de viejos. O alguien tiene —por razones económicas, divorcios, etcétera— que mudarse a un lugar más pequeño, donde no cabe ya toda la biblioteca. Allí también vende una parte a una librería de viejo. O alguien decide irse a vivir a otro país, y opta por vender sus libros. Acude entonces a una librería de viejos. Las razones pueden ser esas, o muchas, muchas más, pero el camino siempre es el mismo: las librerías de viejos compran libros usados de bibliotecas particulares, y luego los revenden al público. Y en una biblioteca personal es muy extraño que haya dos ejemplares del mismo libro. Lo que hay en una biblioteca personal son ejemplares de a uno, únicos: un Madame Bovary, en tal edición, un Las flores del mal, en tal otra, un El astillero, comprado en tal ocasión, un Rayuela, comprado en tal otra.
Y algo más, tal vez uno de los aspectos centrales de las librerías de viejo, si no el principal: en sus mesas y bateas se consiguen libros, muchos libros, que de otra manera no se conseguirían. No tendríamos acceso, porque no se los encuentra en las librerías de “nuevos”, las librerías habituales. Les propongo un ejercicio: intenten conseguir en alguna librería tradicional El vampiro de Curitiba, del gran escritor brasileño, recientemente fallecido, Dalton Trevisan, obra maestra del cuento corto. Verán que es imposible. ¿Les parece muy raro el nombre de Dalton Trevisan? Bien, probemos con otros autores más conocidos: intentemos conseguir los Viajes a Italia de Stendhal, o cualquiera de los Testimonios, de Victoria Ocampo; o Escrito en la pared, de Mary McCarthy; o El estilo y la idea, que reúne los escritos del gran compositor Arnold Schoenberg. Podría dar decenas y decenas más de ejemplos, y siempre el resultado sería el mismo: imposible de conseguir. Salvo en librerías de viejos. Porque a diferencia de la mermelada, los libros en general (y la literatura en particular) no tiene fecha de vencimiento; y hay grandes y grandes libros que hace mucho y mucho que no se reeditan, y que, si queremos leerlos, no hay otra opción que concurrir a librerías de viejos.
Pero ese “no hay otra opción” no debe entenderse como algo negativo, sino, al revés, como un gran activo cultural de las ciudades. Nadie lo definió mejor que la ensayista argentina María Moreno, que en Subrayados, el libro que reúne todos sus artículos sobre literatura, escribe: “Tuve muchas vidas, pero me formé en un solo lugar: las librerías de viejo”. Las librerías de viejo son el suelo cultural del mercado editorial. La cantera en que nos espera la historia de la palabra letrada y su actualidad. No se acude a ellas por una cuestión de costos (como sucede con los saldos), sino porque allí descansa un saber que no se encuentra en ninguna otra parte. Dicho en otros términos: si no existieran las librerías de viejo, desaparecería una parte nodal del acervo literario de una lengua, de un país, de su historia. Pero la suya es una historia viva, una historia presente. Y también una historia contracultural, porque muchas veces no se reimprime un libro por razones de imposibilidad (¡es imposible reimprimir todos los libros!), pero también porque el mercado editorial, generalmente, corre hacia donde sopla el viento de la moda. Y los libros de las librerías de viejo son lo que se opone a la liviandad pasajera de la moda: son los grandes textos de la literatura y el ensayo moderno que terminan formando a generaciones enteras. Las librerías de viejo en todo se oponen al mainstream.
Es cierto que, por una cuestión de clima de época ligado a la tecnología, y también a veces por el costo de los alquileres de locales, en los últimos años surgieron muchas librerías de usados de venta por internet. Allí se encuentran los mismos libros y con el mismo vigor cultural que en las librerías de viejo con locales a la calle. Pero son esas librerías las que, además, marcan el pulso urbano de las ciudades. En Buenos Aires se las encuentra en el Centro, en la Avenida Corrientes y alrededores, aunque también hay buenas en San Telmo y Palermo. La librería Kafka, muy cerca del Obelisco, es tal vez la mejor en este momento. En Montevideo muchas de las mejores están en la calle Tristán Narvaja, que, además, los domingos, por la feria, reciben en las cercanías a muchos puesteros que venden libros usados. Ese paseo dominical debería ser obligatorio para todos los amantes de los buenos libros. En San Pablo los mejores sebos están en los alrededores de la plaza Dr. João Mendes, aunque últimamente aparecieron varios buenos en Pinheiros, barrio que se está poniendo de moda. La mejor librería de viejos del mundo está en Nueva York, se llama The Strand.
El escritor francés Jean Echenoz, ganador del premio Goncourt, dijo alguna vez que su sueño no es hacerse famoso, estar traducido a decenas de lenguas ni nada por el estilo, sino que, después de muerto, sus novelas se encuentren en buenas librerías de viejo parisinas. Podríamos cambiar de ciudad, según el gusto y la residencia de cada escritor. Pero ese deseo, el de la presencia en librerías de viejo, es la mejor cosa que se le puede desear a un escritor.