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El abordaje y estudio de posibles fuentes de errores sistémicos debe ser siempre un objetivo fundamental de quienes trabajamos en opinión pública. Por fortuna, en Uruguay, estos errores no han sido continuos ni tampoco sesgados en contra de ningún partido o candidato particular
Opinión y AnálisisEl término margen de error, que ya forma parte de la jerga ciudadana, alude al error máximo esperable del porcentaje de una variable relevada en una encuesta. Podría ser concebido como el grado de incertidumbre que una encuesta debe “pagar” por no poder consultar a toda la población sino solo a una muestra. Es un “precio” muy económico si pensamos que encuestando a 1.000 casos (bajo una muestra bien diseñada y ajustada) podemos representar las opiniones de varios millones de personas. Esta es una de las razones (aunque no la única) por las que es esperable que las diferentes encuestas publicadas sobre un mismo fenómeno no arrojen resultados idénticos.
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Pongamos, sin embargo, un caso hipotético que va más allá de ese margen de error esperable. Imaginemos que el mismo día de una elección presidencial, diferentes encuestadoras realizaran encuestas de boca de urna, entrevistando cada a una a 1.000 electores luego de haber emitido su voto. Imaginemos también que los resultados estimados para uno de los candidatos variaran entre el 40% y 45%, pero que la votación real por ese candidato fuera del 52%. Si ese fuera el caso, existiría un “error sistémico”: todas las mediciones habrían subestimado a uno de los candidatos, algo que no podría ser explicado apelando al margen de error estadístico. Es decir, habría sucedido algún error de medición común a todas las encuestadoras por el cual un candidato fue subestimado y otro sobrestimado.
Teóricamente, podrían ser varias las causas que generarían un problema de este tipo. Tres caben ser especialmente señaladas. La primera es el “voto vergonzante”. Si los electores por cierto candidato fueran más propensos a ocultar su preferencia real en las encuestas, las estimaciones perjudicarían a ese candidato. En Estados Unidos, se ha mencionado frecuentemente que la subestimación de las encuestadoras del voto republicano (común en 2016 y 2024) podría estar relacionada con este problema. En Uruguay, no hay evidencia firme que indique la existencia de un voto vergonzante en los últimos ciclos electorales. Sin embargo, sí hay datos que sugieren que muchas personas sobrestiman su probabilidad de concurrir a votar en las elecciones internas. Como ir a votar es socialmente bien visto, factiblemente un segmento importante del electorado declara que sufragará en las internas cuando lo más probable es que no lo haga. Esto ha llevado a las encuestadoras a introducir factores de corrección de ese “sesgo de deseabilidad social” existente.
Otra fuente posible de error sistémico es que las muestras empleadas tengan un mismo tipo de sesgo, de difícil corrección y con impacto en la estimación de la intención de voto. Los estudios de opinión pública son capaces de corregir muchos sesgos muestrales. En Uruguay, por ejemplo, las personas con bajo nivel educativo tienen una menor tasa de participación en las encuestas de opinión pública. Sin embargo, dado que el Instituto Nacional de Estadística estima mediante sus censos y encuestas de hogares la distribución por nivel educativo de la sociedad uruguaya, ese sesgo puede ser corregido, evitándose así errores por subestimación de la población de menor educación. El problema puede surgir si existen sesgos sobre los cuales no se conoce su comportamiento en el total de la población de interés. En un caso así, queda latente la posibilidad de que ese sesgo sin ajuste impacte sobre la estimación realizada.
Una tercera causa posible de error sistémico que merece destaque ha estado presente en las elecciones internas. Como las encuestadoras advirtieron acertadamente en 2019 y 2024 al presentar sus mediciones, si hay candidatos cuyos votos están concentrados en territorios muy específicos o que son votados por factores adicionales a su “posicionamiento personal”, es probable que se subestime su intención de voto. Un ejemplo claro es el de Enrique Antía, precandidato presidencial del Partido Nacional en 2019. El voto por Antía estuvo territorialmente concentrado en unos pocos departamentos del país, y en el departamento donde votó mejor (Cerro Largo) se impuso gracias al apoyo del principal referente nacionalista local (Sergio Botana), más que por su popularidad personal en dicha región.
Ahora bien, si pensamos en las dos rondas más importantes del sistema electoral uruguayo (primera vuelta y balotaje), los principales casos que habilitarían a pensar en la existencia de errores sistémicos son dos. Uno es la primera vuelta de 2014, cuando el Frente Amplio votó 48%, pero todas las encuestas previas a la veda lo mostraron por debajo de dicho guarismo, con estimaciones puntuales entre el 43% y 46%. El otro es un caso muy reciente: mientras el Partido Nacional captó un 27% de los votos, las mediciones previas a la veda marcaban intenciones de voto entre el 24% y 25% (tomando como referencia a las empresas integrantes de la cámara de encuestadoras que proyectaron a los indecisos).
Hay un tercer caso más discutible: el balotaje de 2019, donde también hubo una discrepancia entre la estimación previa a la veda de las encuestadoras y el resultado final (la distancia en favor de Lacalle Pou sobre Martínez fue menor a la exhibida por las encuestas). Este caso es más dudoso porque hay encuestas que durante la veda arrojaron un acortamiento de la ventaja. Por tanto, es probable (o, como mínimo, posible) que las encuestas registraran correctamente la distancia entre los candidatos, pero que en los días finales la opinión pública variara en favor de un acortamiento de la distancia. El caso del balotaje de 2019 también advierte que muchas veces no es sencillo desentrañar cuándo estamos ante un error sistémico y cuándo ante un corrimiento real en las preferencias del electorado, sobre todo cuando comparamos encuestas publicadas tres días antes de las elecciones con el resultado electoral y cuando las diferencias entre las estimaciones y los resultados no son de gran magnitud.
Realizando un balance general, un aspecto muy relevante es que no han existido sesgos permanentes en favor de bloques o partidos específicos. Mayor es el problema cuando, elección tras elección, se produce un mismo tipo de error sistémico en favor o en contra de un partido o candidato específicos. Otra noticia favorable es que los mencionados sesgos sistémicos no se reprodujeron durante todo el ciclo electoral, sino en una instancia específica de este. Por ejemplo, en 2014, la subestimación del Frente Amplio en primera vuelta no se replicó en las encuestas de cara al balotaje de ese año. En 2024, a su vez, no hubo subestimación de la votación hacia la fórmula del Partido Nacional en el balotaje; de hecho, en algunas mediciones ocurrió al revés y fue algo subestimada la votación hacia Orsi. Por último, las magnitudes de los sesgos mencionados son moderadas: hablamos de diferencias generalmente de entre dos y tres puntos entre las estimaciones y los resultados.
En suma, aunque en Uruguay no estamos en un contexto preocupante de errores sistémicos, es un problema con el que, de vez en cuando, debemos convivir. En tiempos de redes sociales y algoritmos sesgados hacia los públicos más fanatizados, ideales para la elaboración de teorías conspirativas sobre las encuestadoras del más diverso color, debe recordarse que el mayor incentivo para una consultora de opinión pública es la producción de datos lo más cercanos posibles al resultado electoral real. Al mismo tiempo, el abordaje y estudio de posibles fuentes de errores sistémicos debe ser siempre un objetivo fundamental de quienes trabajamos en opinión pública. Cuando se cumple dicho objetivo, se reduce el riesgo de subestimar o sobrestimar a ciertos partidos o candidatos, un riesgo relevante por las implicancias comunicacionales que presenta. Por fortuna, en Uruguay, los errores sistémicos no han sido continuos ni tampoco sesgados en contra de ningún partido o candidato particular. Que esta tendencia se mantenga sería una excelente noticia pensando en preservar la solidez y confiabilidad de nuestro sistema profesional de encuestas de opinión pública.