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    Milei, el periodismo y las realidades híbridas

    Vivimos inmersos en una blogosfera global en la que los hechos se confunden con las opiniones, y estas con las expresiones reactivas de apoyo o rechazo, gusto o disgusto; ¿cómo resguardar, en ese torbellino, el valor de la palabra y la conversación pública?

    La frase emblemática del periodismo gráfico, estampada en la primera plana del diario británico The Guardian en la celebración de su centenario, un 5 de mayo de 1921, adquiere hoy una renovada significación, a manera de recordatorio: “Los hechos son sagrados, las opiniones son libres”. Quien era su editor, Charles Prestwich Scott, llevaba 50 años trabajando en The Guardian al momento de la celebración y fue el encargado de redactar aquel editorial que con el tiempo se convirtió en un manifiesto en defensa de la libertad de expresión.

    Mucho ha cambiado en el periodismo y en la comunicación desde entonces, pero algunas cosas permanecen. Como sabemos, el universo de la comunicación y el periodismo se desarrolla en una gran “mediosfera” global —lo que algunos denominan un “pluriverso” o “metaverso”—, el entorno digital que todo lo abarca y envuelve en un mismo espacio virtual interconectado en tiempo real. Además, como señala Franco Berardi, el tiempo de circulación de los mensajes en esta mediosfera electrónica, así de acelerado, supera la capacidad de procesamiento cognitivo, la comprensión y el procesamiento de las palabras.

    Este es el escenario en el que se construyen los imaginarios que dan sentido al mundo caótico y enredado en el que estamos inmersos; las brújulas y los catalejos que informan, organizan y acompañan nuestra cotidianeidad. Periodistas, lectores, audiencias, personas influyentes o “incumbentes”, líderes de opinión o cualquiera con ganas de participar en esa gran ágora, todos nos hemos convertido en “cibernautas”.

    La centralidad del entorno digital en lo que se da en llamar la “crisis de representación” tiene múltiples implicancias. Crisis de la representación política —que afecta a las mediaciones institucionales de la democracia representativa: dirigencias, partidos, parlamentos— y crisis, también, de la representación mediática, la que afecta a los medios de comunicación tradicionales, los que ven desafiado, o pierden, el monopolio de la transmisión de la información y representación de la realidad.

    La pregunta sobre si los medios reproducen una realidad preexistente, la construyen según su ideología o sus intereses o aportan un abanico de realidades que modelan el entendimiento de “lo público” en una sociedad resulta algo trivial: sabemos que hacen todo eso al mismo tiempo y según el cristal con que miremos lo tenderemos a ver de un modo u otro.

    Pero ¿qué ocurre cuando la representación de la realidad se transforma en una realidad en sí misma? Y así opera sobre el sistema de creencias de la sociedad, con algunas derivaciones. Entre ellas, que la distinción entre ficción y realidad, noticias falsas, relatos fantasiosos y hechos reales deja de ser evidente. Hay quienes hablan de un proceso de disolución de la distinción entre verdadero y falso, en el que lo verosímil toma la delantera. En un mundo, además, en el que, como describe William Davies, la comunicación digital ya no solo informa sobre los hechos, sino que se ocupa de “sincronizar la atención y canalizar las emociones”.

    En este contexto, ¿cómo distinguir un hecho noticiable de una “opinión relevante”? ¿Cómo diferenciar entre información y entretenimiento, realidad y relato, noticias verdaderas y fake news?

    Estos interrogantes adquieren particular relevancia en el caso de la Argentina de estos tiempos. Lo que se ha dado en llamar “el laboratorio político Milei” (título de un reciente libro de Liliana de Riz) contiene este rasgo singular: el primer presidente del mundo en definirse como “libertario” y “anarcocapitalista”, y el primer economista en llegar a la presidencia desde la recuperación de la democracia en 1983, es además una figura que no proviene del mundo “presencial” para proyectarse en el “mundo digital”, sino que ha recorrido el camino inverso. Un liderazgo que no ha surgido de un partido político, ni del contacto directo y cara a cara con sus bases ni del ámbito empresarial, sindical o militar, como ocurrió con Juan Domingo Perón hace 80 años y con todos los presidentes del pasado.

    Como tal, el de Milei puede ser definido como un tipo de liderazgo de naturaleza híbrida. Su “pueblo” se sitúa en el ciberespacio, su plaza pública es la plataforma digital, X o TikTok, sus discursos se despliegan en “hilos”: secuencias de publicaciones relacionadas que se van sucediendo sin otra coherencia que la del salpicado de breves comentarios de actualidad, autorreferenciales en su gran mayoría. Un personaje que construyó su popularidad en los set televisivos y las redes sociales puede ufanarse de no deberle nada a nadie ni tener compromisos con nadie. Y naturalmente, por eso mismo, su lógica discursiva opera según las reglas de las redes sociales: espasmódica, disruptiva, exacerbante y polarizante. Un acting permanente que lleva la marca (otra aparente contradicción) de la naturalidad y la espontaneidad.

    La cuenta personal del presidente Milei en X acredita más de 3,9 millones de seguidores. Y si uno entra en ella, curiosamente, lo primero que encuentra es un tuit fijado, como carta de presentación, contra el Grupo Clarín y el periodismo. Milei apunta sus cañones verbales contra los medios de comunicación en general y la prensa en particular. De allí los eslóganes y memes repetidos hasta el cansancio: “NOLSALP (no odiamos lo suficiente a los periodistas), “mandriles”, “ensobrados”, “mentirosos”, “basuras inmundas”, etc., etc.

    Un estudio reciente sobre la conversación digital en la Argentina identificó a Milei como el usuario que más insultos ha publicado en las redes sociales. El análisis de la consultora Ad Hoc, titulado “La provocación permanente”, señala que en los últimos dos años, entre enero de 2023 y junio de 2025, el presidente argentino registró 1.589 agravios, aunque no es el único: el informe advierte que todos los espacios políticos tienen figuras que promueven ese discurso agresivo.

    En las redes sociales argentinas, la agresión y la hiperpolarización se consolidaron como herramientas clave para captar la atención en un ecosistema digital saturado. La competencia por el clic, plantea el mismo informe, ha pervertido el discurso político, erosionando la capacidad crítica y fomentando el tribalismo. Y no tiene nada de espontánea, sino que es un juego de roles con tres perfiles fundamentales en la dinámica del agravio digital: trolls, provocadores y amplificadores. Los trolls son los más intensos: operan con seudónimos o identidades falsas y actúan de forma sistemática para provocar, agredir y marcar agenda con encuadres ideológicos extremos.

    Los provocadores son figuras de autoridad —políticos, empresarios o periodistas— cuya legitimidad proviene de su vida pública fuera de las redes. Ellos replican ocasionalmente las formas de los trolls y cumplen una función clave: conectar ese contenido con los amplificadores y validarlo para una audiencia más amplia. Milei encarna el caso más extremo: es señalado como el “perfil político más provocador” del país y figura sexto en el ranking general de usuarios más agresivos, detrás de cinco cuentas clasificadas como “trolls”. Así funciona esta operatoria en las redes: el troll insulta, el provocador legitima y el amplificador convierte la agresión en noticia. Esa dinámica se refuerza por la lógica algorítmica: la provocación genera interacción y la interacción es premiada. En este ecosistema, todo vale: ironía, datos sesgados, medias verdades y agresiones abiertas. Lejos de democratizar el debate, sostiene el mismo informe, las redes sociales se han transformado en “fábricas industriales de dopamina”, donde una minoría muy activa produce el grueso del contenido que consumen las mayorías.

    ¿Cuál es el verdadero Milei: el insultador serial o el presidente que logró vencer la inflación? ¿El personaje que vocifera y clama por la “batalla cultural” contra la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, la Agenda 2030, la “cultura woke”, las “fuerzas del mal” y “los zurdos de mierda”? ¿O el presidente que viene dando algunas muestras de pragmatismo y, contra todo pronóstico, se apresta a afrontar elecciones de mitad de mandato con encuestas que no le son adversas y cuenta con una estrategia para reconfigurar el escenario político nacional?

    ¿El outsider imprevisible y disruptivo que completará una gestión presidencial sin mayorías propias y a los saltos? ¿O el caudillo populista de derechas en gestación que se prepara para allanar su camino a un segundo mandato? Así planteado el escenario político argentino, el periodismo perdura como herramienta indispensable de la vida social transmitiendo hechos relevantes, fiscalizando al poder y aportando opiniones diversas y contrapuestas, como flujos vitales de la conversación pública. Y ayudando a discernir entre hechos y opiniones, verdad y mentira, noticias y fake news. Espejos de la realidad o espejismos.

    Fabián Bosoer es periodista y politólogo; editor jefe de la sección de Opinión del diario Clarín.

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