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    Milei pasó seis meses sin aprobar una ley: se viene la primera

    Un gobierno tiene tres patas: programa, rosca y gestión. El programa indica el rumbo; la rosca, la capacidad de tomar decisiones; y la gestión, la capacidad de implementarlas.

    El gobierno de Javier Milei tiene un programa: el equilibrio fiscal con fines desinflacionarios. Todos sus cañones apuntan en esa dirección, sacrificando para ello objetivos secundarios como la dolarización, el cierre del Banco Central, la eliminación de subsidios o la reducción de impuestos.

    La rosca está en proceso de verificación. Una república se gobierna mediante leyes, y durante su primer semestre el gobierno no logró aprobar ninguna. La votación de la “ley bases” por el Senado abre la puerta a que la Cámara de Diputados finalmente la sancione, alborozando a los mercados y demostrando que un gobierno minoritario puede construir coaliciones mayoritarias.

    La implementación es la pata más floja. A un organigrama incompleto por falta de designaciones se agrega una alta rotatividad producida por múltiples renuncias y despidos por semana. Encontrar gente calificada que acepte ser funcionaria se torna cada vez más difícil, recayendo frecuentemente en la tercera opción. El Ministerio de Economía y el Banco Central constituyen islas de excelencia en un océano de impericia.

    La estabilidad del presidente se sostiene sobre expectativas antes que sobre bienestar. Dos tercios de los argentinos admiten estar pasando un mal presente, pero la misma proporción confía en un mejor futuro —y le acreditan al presidente la capacidad de generarlo—. El apoyo legislativo a la “ley bases” se consiguió por la destreza del ministro Guillermo Francos y su equipo, pero también por el apoyo popular que presiona a los legisladores de la oposición no talibana.

    Las giras internacionales de Milei descolocan a los diplomáticos pero seducen a los libertarios. Los que votaron contra la casta nacional celebran el desplante a la casta internacional, manifestado en reuniones con empresarios tecnológicos y políticos extremistas antes que con jefes de Estado. Un influencer global que divulga la religión libertaria y trabaja circunstancialmente de presidente: esa autopercepción enloquece a sus opositores tanto como cautiva a sus seguidores.

    Los analistas siguen difiriendo en sus proyecciones. Para los economistas mainstream, la palabra de orden es desconcierto. Para los politólogos, el éxito no aparece imposible pero el fracaso sigue siendo más probable: en América Latina, los gobiernos minoritarios que aplican tarifazos suelen durar menos que otras combinaciones, por ejemplo, las que involucran presidentes mayoritarios o economías estables. Para traders y grandes inversores, en cambio, el pronóstico de base sigue siendo el éxito: lo contrario solo ocurriría ante eventos extremos.

    El gabinete de Milei está integrado por tres grupos: compañeros de la Corporación América, exmacristas y tarotistas. Los primeros proveen la rosca, los segundos la implementación, y los terceros los escándalos. El programa reside exclusivamente en la mente del presidente.

    Una vez que se complete la sanción de la “ley bases”, el gobierno ingresará en la segunda etapa de su mandato: aquella donde no puede culpar ni a la casta ni a la herencia por los resultados. Vislumbrar el futuro próximo no requiere esfuerzo de interpretación, basta escuchar al presidente: “Amo ser el topo dentro del Estado. Soy el que destruye al Estado desde adentro. Es como estar infiltrado en las filas enemigas: la reforma del Estado la tiene que hacer alguien que odia al Estado”. Lo que resulta más difícil de imaginar es la etapa siguiente, considerando que no hay ejemplos contemporáneos de sociedades sin Estado.

    Trazando un paralelismo salvaje con la crisis de 2001, Milei podría asimilarse a Jorge Remes Lenicov, el ministro al que le tocó desarmar el orden económico anterior mientras se caía a pedazos. Fue Roberto Lavagna el que lideró la reconstrucción y se llevó los laureles, pero su trabajo no habría sido posible sin el que lo precedió. Quizás el libertario aspire a patear el córner y meter el gol, pero su noción de ejercer un trabajo temporario y su autopercepción como destructor no sugieren tanto. Con muchas restricciones y pocos instrumentos, lo que está logrando es más de lo que muchos esperaban. No le pidan que cabecee.

    Mientras tanto, el presidente sigue cosechando éxitos internacionales. La disputa contra Pedro Sánchez la ganó: el jefe de gobierno español retiró a su embajadora de Buenos Aires por una crítica contra su mujer, pero mantuvo a los embajadores en Moscú y Tel Aviv a pesar de condenar las políticas de Rusia e Israel. Más personalista no se consigue. Para peor, perdió las elecciones para el Parlamento Europeo. La caída de los oficialismos también en Alemania y Francia (salieron terceros en ambos casos) dejó a Giorgia Meloni como única gobernante victoriosa de un gran país europeo. Y en la cumbre del G7 ella se encargó de dejar claro su preferencia por Milei, en contraste con la mirada de hielo que le dedicó a Macron y la parada en seco que le propinó a Lula cuando quiso abrazarla. El libertario ya no juega en el borde de la cancha, rodeado de freaks tecnológicos y políticos marginales, sino en el centro del tablero internacional. La Cumbre del Mercosur, que se desarrollará en julio en Paraguay, ofrecerá un nuevo termómetro para medir la temperatura de su protagonismo externo.

    Fronteras adentro, sus rivales domésticos siguen tan desconcertados como los economistas. Con siete senadores sobre 72, el gobierno logró que le aprobasen la “ley bases”; si en Diputados consigue que reviertan las concesiones que tuvo que realizar, se habrá anotado un enorme triunfo legislativo —pero a costa de su credibilidad en futuras negociaciones—. Si la ley se aprueba tal como llegó del Senado, habrá perdido reputación inútilmente. ¡Y justo ahora que empieza el segundo semestre, la tumba histórica de las expectativas oficialistas! Acabada la temporada de liquidar exportaciones e iniciada la de aumentar tarifas, el gobierno buscará mantener la iniciativa. La expectativa es que levante el cepo, un mecanismo de control de capitales, por sorpresa. Para ello debe consolidar las reservas del Banco Central y asegurarse el rollover de la deuda pública, pero seguir esperando erosionaría sus opciones.

    En este contexto, Mauricio Macri recupera el control de su partido (PRO) y espera; Martín Lousteau exhibe incapacidad para liderar el suyo (UCR) pero se desmarca del gobierno; y Cristina Kirchner fracasa en su intento de bloquear las leyes del Ejecutivo pero mantiene al único candidato con territorio, recursos y conocimiento nacional como para anteponer al gobierno: Axel Kicillof.

    Milei, mientras tanto, les sigue soplando dirigentes y militantes. Desde Daniel Scioli, que fue candidato presidencial de Cristina, hasta José Luis Vila, histórico asesor de Alfonsín, exopositores hacen fila para sumarse al gobierno. Su destino dependerá de dos factores: el capricho presidencial, acostumbrado a despedir funcionarios por televisión, y el desempeño económico, habituado a despedir gobiernos sin elecciones.