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En la política argentina las cosas no son lo que parecen ni los actores representan necesariamente aquello que dicen representar o creen estar representando. A 80 años del surgimiento del peronismo (1945) y a 40 de su “bautismo de fuego” como oposición en democracia (1983), las elecciones legislativas de octubre de este 2025 mostraron al presidente que prometió “terminar con la casta política” alzándose triunfador y consolidando su base de apoyo en el Congreso. Luego de transitar momentos de zozobra en sus primeros dos años de gobierno, y con una ayuda decisiva del “amigo (norte)americano” Donald Trump, el 26-O Javier Milei tuvo su propio 17 de octubre.
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Con su brutalidad discursiva, Milei había convocado en estos comicios de medio término a “ponerle el último clavo en el cajón” del kirchnerismo. Lo que no dijo es que con ello abriría las compuertas para que el resto del peronismo, ante la crisis de su liderazgo y con su —todavía— jefa partidaria, la expresidenta Cristina Kirchner, cumpliendo prisión domiciliaria y acorralada ante juicios por corrupción, fluyera hacia este nuevo centro de gravitación de la política nacional que, desde la Presidencia de la Nación, luego de los palos, empieza a prometer zanahorias. ¿Es Milei el nuevo líder del país no peronista? ¿O marca un nuevo clivaje, como lo fue el de Perón hace 80 años?
Vale la pena poner el foco en aquel momento histórico. En aquellos últimos meses de 1945, el país vivía el tramo final de la campaña electoral en la que el coronel Juan Domingo Perón, al frente de una coalición liderada por el Partido Laborista, dirimía la presidencia contra la Unión Democrática, que nucleaba un espectro amplio de los principales partidos políticos, desde conservadores y radicales hasta socialistas y comunistas. Tras ganar las elecciones de febrero de 1946 y asumir el poder en junio de ese año, Perón disolvió el laborismo y organizó el Partido Peronista. En 2025, la Argentina asistió a una situación análoga: la de un proceso electoral que alumbra la construcción de un partido del gobierno desde el Estado.
Está claro que el Partido Laborista argentino de mediados del siglo XX y La Libertad Avanza (LLA), partido del presidente Milei, representan ideologías y bases sociales radicalmente opuestas y antagónicas, con diferencias fundamentales en su visión del rol del Estado, la economía y los derechos laborales. Enfocado en la justicia social y los derechos de los trabajadores, el peronismo se basó en la promoción de un Estado interventor, la regulación de la economía y la consagración de derechos sociales, con su base de apoyo en la Confederación General del Trabajo (CGT), “columna vertebral del movimiento” y los sindicatos industriales.
Los libertarios vienen a decir y hacer todo lo contrario, acaso como respuesta al agotamiento de aquel modelo que representó el peronismo. Enfocados en el libre mercado, la propiedad privada y la reducción drástica del Estado, la eliminación de las regulaciones, la privatización de las empresas públicas y la flexibilización laboral, los libertarios encuentran su base de apoyo en los sectores juveniles, las clases medias urbanas y los votantes desencantados con lo que llaman la “casta política”.
Pero no hay que desechar las semejanzas en los modelos de construcción política. En primer lugar, la ruptura con el statu quo: ambas fuerzas surgieron en momentos de crisis o descontento con el sistema político tradicional. El laborismo representó una ruptura con la “vieja política” conservadora y radical de su época, mientras que LLA se posiciona como un movimiento que desafía a los partidos tradicionales.
En segundo lugar, la identificación de un “enemigo” claro, una narrativa política en contraposición a un “sistema” o “enemigo” identificado: Perón contra la “oligarquía” y los partidos tradicionales; Milei contra la “casta” política y lo que genéricamente llama “el socialismo”. En tercer lugar, el liderazgo personalista: ambas formaciones giraron en torno a la figura de sus líderes, apelando al carisma personal y la fuerte conexión emocional con sus bases.
En cuarto lugar, la movilización de masas: en su momento el laborismo tuvo una gran capacidad de movilización de las masas trabajadoras, mientras LLA ha demostrado una capacidad significativa para movilizar a sus seguidores, especialmente a través de redes sociales y microeventos, festivales o ferias. En quinto lugar, el uso del Poder Ejecutivo como herramienta central para impulsar su proyecto político, a menudo minimizando o enfrentando a las instituciones tradicionales, como el Congreso o los partidos de la oposición. El uso de decretos, facultades delegadas y la centralización de decisiones han sido también características recurrentes.
Más allá de las diferencias en sus proyectos, se evidencia una clara vocación por establecer un proyecto político hegemónico y a largo plazo que busca desplazar las alternativas políticas existentes y reconfigurar el sistema político argentino. Estas similitudes radican en la estrategia de construcción de poder desde la presidencia, más que en los contenidos ideológicos o las bases sociales de sus respectivos movimientos.
El tradicional diario La Prensa, históricamente enfrentado al peronismo y hoy un medio que expresa su apoyo al gobierno libertario, editorializaba así en nota de tapa: “Los partidos políticos son cosa del pasado en la Argentina, al parecer. Es hora del poder puro y duro” (Otra señal de la agonía de los partidos políticos, 28 de noviembre de 2025).
Tras las elecciones legislativas de 2025, el bloque de LLA en el Congreso quedó conformado por aproximadamente 95 diputados sobre 257, y alrededor de 21 senadores sobre 72, tras sumar 13 nuevas bancas gracias a los buenos resultados en varias provincias. Se consolida de tal modo como primera minoría y logra un tercio de la cámara, un número clave para la formación de alianzas y la neutralización de las iniciativas de la oposición.
No por casualidad, dos de los artífices principales de esta construcción política llevan el apellido Menem: Eduardo Lule Menem, desde la Secretaría General de la Presidencia bajo la conducción de Karina Milei, la hermana del presidente, y Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados. Una segunda generación de dirigentes políticos de fuerte raigambre en el peronismo del interior del país que se referencia en la presidencia de Carlos Menem en los años 90 del siglo pasado.
Estos resultados le otorgan al oficialismo una presencia significativamente mayor en ambas cámaras legislativas en comparación con la que tenía en la composición anterior, lo que facilita la iniciativa del gobierno para impulsar sus proyectos de ley. Una clave está en la actitud que empezaron a tomar los gobernadores peronistas ante el tratamiento de las reformas que impulsa Milei, el Presupuesto 2026 y los proyectos de reforma laboral y tributaria, en primer lugar. Ellos estiman que el presidente libertario, más allá de los costos sociales del ajuste, ha tomado un rumbo correcto con la estabilización de la macroeconomía y la lucha contra la inflación. Y empiezan a arrimar la bocha buscando privilegiar el diálogo con el poder central.
Lo dijo de manera explícita y elocuente en una entrevista televisiva el gobernador de Catamarca Raúl Jalil: “Milei es muy parecido a Néstor Kirchner”. Lo fundamenta en la obsesión de ambos por los ingresos y egresos del Estado, el manejo de los recursos y la defensa del superávit fiscal. Admite también esa similitud en ciertas formas del ejercicio del poder.
Hay otras manifestaciones de estilo y contenido peronista clásico en la conducción del gobierno libertario. El presidente Milei designó al jefe del Ejército, el teniente general Carlos Presti, como nuevo ministro de Defensa, quebrando así una tradición respetada por todos los gobiernos desde la recuperación de la democracia: que el titular de esa cartera debía ser un civil. El flamante ministro publicó su primer mensaje público luego de asumir su cargo en la red social X: “Las Fuerzas Armadas son reconocidas en su labor y partícipes en la instrumentación del proyecto de país grande que impulsa este presidente”. El exjefe del Ejército Martín Balza le respondió elípticamente citando una frase del propio Perón, de 1955: “Las Fuerzas Armadas no pertenecen a un determinado partido o sector, ni pueden servir de instrumento a la ambición de nadie. Pertenecen a la patria, que es el lugar común, y a ella se deben por entero”.
La “revolución libertaria” de Milei se mira en el espejo invertido de la “revolución peronista”. ¿Giro de 180 o de 360 grados?