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Es muy argentino esto; como alguna vez fueron Maradona, el papa Francisco o Messi, pareciera que la mutación genética del imaginario colectivo sobre la Argentina hoy conduce a Javier Milei
Estaba pagando en un negocio en Copenhague y el vendedor, joven y muy simpático, nos preguntó a mi hijo y a mí de dónde éramos. Cuando le dijimos que argentinos, nos dijo algo que no pudimos entender muy bien, al menos yo, y cuando le pedí que me lo repitiera, tampoco pude entender lo que decía en una mezcla de portugués, espanglish y danés. Pero sí entendí el nombre que pronunció, la palabra mágica del momento, la que convierte a una nación en una persona o viceversa.
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Es muy argentino esto; como alguna vez fueron Maradona, el papa Francisco o Messi, pareciera que la mutación genética del imaginario colectivo sobre la Argentina hoy conduce a Javier Milei. En fin, más que un país complejo somos una sinédoque. ¿Te gusta?, me preguntó. A mí no, a mi hijo sí. Y lo que siguió me descolocó porque, rompiendo con todo el ceremonial existente entre un vendedor de un buen negocio y un cliente (que se supone siempre tiene razón, ergo si a mí no me gusta Milei, a él, mientras me esté atendiendo, tampoco), se lanzó en una especie de apología mileista de manera muy respetuosa, pero inflexible, muy bien estructurada y fundamentada. Lo hizo extrapolando supuestas soluciones (de la Argentina a Portugal, su país), a problemáticas globalizadas y planes políticos fungibles. Lo que funciona en la Argentina funciona en Portugal, al menos en su versión del mundo. Es decir, Milei tenía la fórmula para acabar con la chatura y la falta de oportunidades, que no sé cuántas décadas de socialismo habían terminado por imprimirle a su país.
Muchos portugueses jóvenes emigraron a Dinamarca para trabajar, debido a que, según ellos, la situación en su Portugal no es la mejor para los que recién empiezan. No puedo hablar de Portugal, pero sí puedo inferir que el descontento por la falta de respuestas de la política tradicional igualó las respuestas, aunque los problemas sean muy distintos. A distintas circunstancias, el mismo remedio: ¡rompan todo! Volvieron los punks (y por algo será, muy a mi pesar, de los solos virtuosos y barrocos de Jimmy Page, Ritchie Blackmore y Frank Zappa, a los rasguños de dos acordes de los Ramones, The Clash y Sex Pistols).
Era portugués y mileista, con lo cual no tenía ni una vía de fuga para que la conversación no se descarrilara, de manera que apelé al nacionalismo (él me dio pie, seguramente para salir de ese nudo ciego) y comenzamos con un ida y vuelta de gastadas entre Messi y Ronaldo (solo le acepto esta discusión a un portugués). Más allá de las chicanas futboleras, era profesor de Educación Física, y había trabajado en varios clubes de fútbol en su país. Hincha del Porto y además instructor de Krav Maga, el arte marcial israelí. Además de vendedor en ese local, continuaba con sus otras profesiones en Dinamarca. No me asustó con sus artes marciales y cerré la discusión futbolera diciéndole que me llamaba la atención que los portugueses tuviesen como ídolo máximo de la historia futbolera a un brasilero, por cierto, inmenso jugador: Ronaldo Nazário.
La verdad es que era un joven muy preparado, excelente vendedor y muy sólido en sus reflexiones. Y eso me inquietó mucho. Porque no estaba ante un resentido, sufrido y vejado por políticas abusivas, sino ante uno que racionalmente dijo “basta con el sistema que continúa manteniendo los privilegios de las clases acomodadas, mientras dificulta el esfuerzo de quienes desean un poco más”. Fue un baldazo de agua fría. El que hablaba no era un trabajador precario que había perdido todos su derechos y depositaba su fe en un mesías, ni tampoco un magnate tecnológico que depositaba sus ambiciones en las del mesías. Era un joven equilibrado, con formación, trabajo y un futuro muy probablemente asegurado.
¿Qué había pasado en su vida para hacer tan importante a Milei, ese personaje que vino del sur del mundo, sin ningún punto de contacto con su historia ni la de su país ni la de su continente, salvo quizás una caterva de lugares comunes, esa que habla del hartazgo y de la inmediatez? La historia es percibida por millones de jóvenes como la lentitud del ocaso de la civilización, en su versión de decantadas (y deshidratadas) democracias liberales, y el futuro como la contundencia emprendedora estimulada por eslogans y bebidas energizantes, neurotizantes y psicoactivas.
Es natural que después de tantas generaciones que fueron mutilando la enseñanza de la historia, la literatura y el latín, por poco productivas (y que además nos hablan de algo viejo como el pasado), mientras acumulaban horas de imaginación en la creación de carreras abreviadas para el futuro, nos encontremos en un mundo fungible sobrecargado de precio y carente de valor. La vida se quedó sin espesor, narrada en tuits y con la épica de los golpes de efecto, y los golpes de efecto no se analizan, solo se asimilan. Y es así que siempre habrá una ballena blanca a la que podamos responsabilizar por los males de la humanidad. Moby Dick está en todas partes, subyace cada momento de frustración y de fracaso, y nos convertimos en el capitán Ahab, que poseído por la frustración de verse mutilado deambulando por la vida con su pata de palo, empeñó su vida y su alma en busca de venganza, esa que solo quedaría saciada con la muerte de la ballena blanca, la bestia infernal que le había robado su vida. Quizás un poco de humildad le hubiese hecho comprender que perder una pierna forma parte del riesgo natural de ser un cazador de ballenas. Pero siempre es más sencillo culpar a las fuerzas del mal que aceptar nuestros límites.
Como pocos, el escritor estadounidense Herman Melville entendió la locura de la superstición y el fanatismo, y como nadie la describió. Moby Dick en el siglo XXI se asemeja más a El príncipe de Maquiavelo que a un relato épico. “Y la historia del fanatismo no es ni siquiera la mitad de asombrosa por la desmesurada autosugestión del propio fanático, cuanto por el poder desmesurado que tiene de engañar y hechizar a tantos otros”, señala la novela Moby Dick, en su capítulo LXXI. Pedirles a todos que lean la obra entera quizás es demasiado, pero ese capítulo, solo ese…
El mundo anda con pata de palo y tuerto, no hay dudas, pero no se sabe de ningún gurú punk que haya podido cazar a una ballena blanca, salvo, quizás en algún viaje lisérgico.
Y como le dije al vendedor portugués amante de ídolos: Maradona es más grande que Pelé, y Messi no se compara con cristianos (Ronaldo hubo solo uno, y era brasilero). ¡Ahora vamos a ver quién le arruinó el día a quién!