Aun en su eterna inestabilidad, la Argentina de fin de año parece mostrarle al gobierno buenas noticias en lo político, aunque a mediano y largo plazo necesitan bases y coaliciones más sólidas.
Cuál será el tono de Milei en la segunda mitad de su mandato es la pregunta que desvela a actores políticos y a agentes económicos
Aun en su eterna inestabilidad, la Argentina de fin de año parece mostrarle al gobierno buenas noticias en lo político, aunque a mediano y largo plazo necesitan bases y coaliciones más sólidas.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA partir del 10 de diciembre, la fecha en la que cambian los mandatos de los cargos nacionales, el partido de Javier Milei, La Libertad Avanza, se verá muy fortalecido en el Parlamento: en la Cámara de Diputados su bancada pasa del 15% al 37%, y en el Senado aumenta del 10% al 28%. Esto le dará una base mucho más sólida para conseguir un escudo legislativo ante eventuales crisis y para no perder todas (o casi todas) las votaciones en el Congreso, como en 2025. Otras buenas noticias: la oposición (tanto la peronista como la no peronista) sigue desorientada, envenenada con peleas intestinas y con poca reacción; el dólar está quieto, los aumentos en los servicios públicos y en el transporte siguen sin provocar reacciones, y parece venir (por ahora, porque en Argentina nunca se sabe) un diciembre en paz.
El presidente está más tranquilo, casi ha dejado de gritar, está insultando menos, y las gestiones del nuevo ministro del Interior parecen dar sus primeros frutos: ha conseguido hábilmente incorporar a algunos díscolos de otros partidos al bloque oficialista, y también que varios parlamentarios peronistas armaran su pequeño bloquecito propio, lo que debilitará naturalmente a su principal contrincante en la arena legislativa. Podría decirse que Milei se está convirtiendo en un político, y que en este momento tiene más poder que nunca antes. Pero este nuevo paisaje también reduce el margen de acción a la estrategia que Milei venía implementando hasta ahora: la del maverick, el outsider solitario que lucha contra todo un sistema perverso.
La gran incógnita es, entonces, si podrá asentarse en esta nueva situación o si es una máscara pasajera. Ya decía el gran Nicolás Maquiavelo que el buen gobernante sabe comportarse como un león, pero también, cuando las circunstancias lo aconsejan, sabe ser un zorro y usar la astucia en lugar de la fuerza. Saber cambiar es una virtud política. Pero, en este caso, esta incógnita es a la vez un dilema, porque el capital político de Milei consiste en gran medida en ser auténtico (un león enojado y vociferador) mientras que los recursos de los que ahora dispone y el contexto que ahora lo rodea aconsejarían un posicionamiento distinto para implementar su agenda, cuya gestión le hará correr el riesgo de desperfilarse y convertirse en lo que se está convirtiendo: un miembro de la casta política que no le mejora la vida a la gente. De hecho, se la ha empeorado bastante (con excepción, por supuesto, de los dos grandes logros de su administración: haber desacelerado la inflación y haber terminado con los piquetes en el centro de Buenos Aires).
Cuál será el tono de Milei en la segunda mitad de su mandato es la pregunta que desvela a actores políticos y a agentes económicos. Se ha dicho en su favor que el presidente argentino, a diferencia de sus predecesores Fernández y Macri, ejerce efectivamente el poder, que todos saben que el que manda es él. Sin embargo, parece bastante claro que Milei más bien le rehúye al ejercicio de poder político, que prefiere aislarse a estudiar los temas macroeconómicos y delegar las decisiones gubernamentales (y la redacción de sus discursos) en su hermana Karina, a la sazón secretaria general de la Presidencia. Karina, sin ninguna formación política, pero última decisora en casi todas las áreas, llevó al gobierno al borde del precipicio hace un par de meses. Como ya nadie discute, el gobierno, sin embargo, recuperó el oxígeno porque Trump obró el milagro (en el sentido teológico, es decir, de torcer el devenir inevitable de las cosas) no solo de evitar el colapso económico y la crisis total, sino también de hacer que Milei ganara las elecciones de medio término en octubre.
A pesar de lo anterior, la hermanísima (así la llaman varios columnistas dominicales) es el vértice del poder del Estado. Como en las antiguas cortes monárquicas, los funcionarios buscan congraciarse con ella, caerle bien, declararle su fidelidad. Es una fórmula (y una práctica) ancestral. Nada más informal, nada más personal, nada más precario. El poder se desinstitucionaliza a paso firme.
La Libertad Avanza, por más que haya sido la única etiqueta que este año se presentó a elecciones en todas las provincias del país, no es un partido político. Sigue siendo solo un vehículo electoral, sin raíces territoriales propias, y, por lo tanto, demasiado vulnerable a los vaivenes de la opinión pública. No es un anclaje que pueda aportar previsibilidad a la hora de representar intereses sociales que vayan más allá de la expresión de descontentos, ni una identidad, ni un espacio que condense coincidencias ideológicas, ni tampoco es una herramienta útil para coordinar las acciones del elenco gubernamental. Así, el gobierno no es —ni tiene— un proyecto político. Es una hoguera de las vanidades muy fértil para oportunistas y arribistas de toda clase y color, sin nada que los una más que el anhelo de obtener ventajas (y la persistencia sobreactuada del miedo a un retorno del ya herbívoro kirchnerismo).
¿Es posible, con este management, cambiar un orden, implementar y sostener con solidez y experticia reformas estructurales que lleguen a impactar en la vida de la gente? Hasta ahora el gobierno no ha podido mostrar mucho más que un ajuste fiscal, ni ha sido más que un indicador de una descomposición previa. No proporciona un equilibrio político al sistema social. En otras palabras, Milei ha sido depositario de muchos votos, pero hasta ahora no ha sido un verdadero líder, ni un buen gestor, ni un inspirador. ¿Cuál será su legado cuando deje el gobierno, y cuán sustentable será su obra? Cristina Kirchner, con todo el daño económico, conceptual y moral que le ha hecho a la Argentina, juzgada, condenada y presa, sigue vigente 10 años después de haber dejado el poder. En cambio, a juzgar por lo mostrado hasta ahora en los hechos (no en la retórica), no parece que Milei pueda lograr algo similar. Todo en él es improbable.
Por eso, el signo de interrogación se abre también para los agentes económicos. Según la Unión Industrial Argentina, en lo que va del actual mandato se han perdido 19.000 empresas y 138.000 empleos privados, y la utilización de la capacidad instalada está en el 58%. Un centro de estudios contabilizó en total 276.624 empleos menos (432 por día). Todos los sectores de la economía perdieron empresas, con excepción del financiero y la hotelería. Y en la última semana las noticias informaron que tres empresas bien conocidas dejan de producir en el país y se reconvierten en importadoras de los mismos productos que hasta la semana pasada fabricaban.
Por supuesto, la tragedia argentina no es producto de Milei, sino a la inversa: hay una pobreza estructural de aproximadamente el 25% de la población, que ya está cristalizada, es decir, que es prácticamente irreversible (y eso que el 42% de la población recibe ayuda social), y en los últimos 15 años la clase media se redujo a la mitad. Sobre esa base, ahora hay sectores amplios de la sociedad que no ven mejoras en sus bolsillos ni en sus expectativas (más allá de las mejoras en el índice de pobreza, que es muy sensible a los detalles técnicos de la medición, y, sobre todo, a la estabilización de los precios, que fue evidente en 2025). Por ejemplo, empleados estatales y docentes de todos los niveles (que suman aproximadamente un 20% de la población económicamente activa del país) han perdido alrededor de un 30% de su poder adquisitivo en los últimos dos años.
Aun si Milei, con la ayuda de una oposición impotente, prolongara sus éxitos políticos, igual habría que mirar un poco por debajo de la superficie de la coyuntura electoral. Aun si llegara a concretarse, el tipo de crecimiento económico que busca el gobierno es excluyente, y, por lo tanto, no es políticamente sustentable para un país con una sociedad históricamente horizontal como la argentina. No sería descabellado esperar que los sectores que siguen perdiendo generaran, tarde o temprano, demandas airadas que, de una manera u otra, se harían oír.
Lo que voy a decir es bastante improbable, pero los actores económicos que estén mirando algo más lejos que las ganancias del año que viene deberían estar pensando en las condiciones necesarias para generar, de una vez por todas, un orden político y social (o al menos un ciclo de desarrollo) legítimo y estable.
Martín D‘Alessandro es politólogo, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA)